José Rubé Sanabria. Encuesta intelectual sobre su obra
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz.
Advertencia
El artículo que hoy comparto con los lectores de El Comunicador Puebla es parte de un extenso trabajo que he venido realizando a lo largo de varios años de investigación, en cuyo contenido he reunido testimonios de intelectuales importantes de México, Europa y América Latina. Son trabajos que he juntado de artículos, estudios, monografías, reseñas, actas de congresos, entrevistas y especialmente en la correspondencia o epistolario de José Rubén Sanabria. Por ejemplo, el filósofo argentino Octavio Nicolás Derisi, al referirse a la Filosofía del Absoluto de José Rubén Sanabria escribe: “La obra de José Rubén Sanabria ha sido elaborada con orden, fundada en una sólida doctrina, pensada y expresada con un lenguaje capaz de ser entendido por el hombre de nuestro tiempo; asimismo relacionada constantemente con el pensamiento, la filosofía y la cultura contemporánea”. (Recensión del libro Filosofía del Absoluto, en Revista de Filosofía, año I, núm. 1, UIA, México 1968, p. 86).
Por su parte la Reverenda madre y maestra María Elena Torreblanca Trujillo habla de José Rubén Sanabria con una profunda admiración: “Cuando conocí al padre José Rubén Sanabria era muy joven, había cumplido cuatro años de su ordenación sacerdotal. Era el año de 1948 cuando vino a Puebla al Colegio Esparza, él celebró la Eucaristía con ocasión de los cincuenta años de nuestro Colegio. Recuerdo que en esa ocasión estuvo varios días en Puebla, de modo que pude hablar varias ocasiones con él. Desde ese año nos comunicamos mucho, a veces personalmente, y otras veces por correspondencia. Pienso que desde aquel año nos hicimos buenos amigos, así continúo nuestra amistad, y en los años de 1951-1952, estando en el noviciado tomé clase con él, de Derecho Canónico de la vida religiosa. A pesar de que tenía poco tiempo de iniciarse en la docencia, en sus clases mostraba una profunda sabiduría y un conocimiento completo de la materia. Tengo la impresión de que el Padre Sanabria siempre fue un sacerdote cabal, su silencio y su espiritualidad me hacen pensar que meditaba con los grandes místicos de la historia de la Iglesia. Fue un verdadero maestro y un filósofo en el sentido estricto, enseñaba con claridad y sabía transmitir sus conocimientos, ya que fue un conocedor de la naturaleza humana. Recuerdo que cuando hice mi tesis para titularme de maestra en educación, “el carácter: su formación”, me hizo algunas anotaciones, comentarios y sugerencias con la psicología vigente hasta 1950, asimismo unos test con el modelo de Heymans Le Senne. Sus observaciones me ayudaron profundizar mi investigación”. (Entrevista personal a la R.M. María Elena Torreblanca Trujillo, Directora del Colegio Esparza, 13 de mayo del 2001).
En correspondencia el doctor David Mayagoitia lo llama uno de los pensadores más cultos de la cultura católica: “Muy estimado Padre José Rubén Sanabria, con verdadera satisfacción me permito informarle a usted personalmente acerca de la celebración del Primer Congreso Nacional de Cultura Católica que nos proponemos realizar en la ciudad de Guadalajara del 13 al 23 del próximo mes de enero. Dado el interés que ha mostrado por esta clase de actividades y por ser usted uno de los mejores representantes de la cultura católica en nuestra patria, en nombre del comité organizador tengo el gusto de invitarlo a participar en dicho Congreso reservándonos la satisfacción de cubrir todos los gastos que origine su permanencia en Guadalajara”. (Carta, 31 de diciembre de 1952).
El padre Carlos Carrillo, uno de los condiscípulos del P. Sanabria recuerda bellamente una experiencia: “Nos extrañó que los superiores no lo hubiesen enviado desde estudiante a especializarse en una universidad; más tarde entenderíamos que la congregación no estuvo en posibilidad de enviarle, ni a él, ni a ningún otro, durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente después, ya siendo sacerdote y con la madurez que le había dado desempeñar en nuestro seminario la Cátedra de Filosofía durante varios años, tuvo la oportunidad de hacer la licenciatura y el doctorado de Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y la licenciatura de Teología en el Angelicum”. (Carrillo Ojeda Carlos, Josefología del Padre José Rubén Sanabria, Opu. cit. p. 399).
Mi maestro el doctor Antonio Ibargüengoitia Chico escribe también con tanta pasión sobre nuestra autor lo siguiente: “Nuestra revista no es solamente una publicación puntual, sino que tiene calidad, porque este es uno de los grandes logros de su director, además su buen criterio y su amistad con filósofos de todo el mundo; por eso esa revista de filosofía ha adquirido una calidad académica de primer orden, pues su director ha buscado colaboradores que han sido plumas privilegiadas en los campos nacional e internacional de la filosofía, así como buenos traductores de los artículos escritos en otras lenguas. Esta última sección le ha dado merecidamente, este gran esfuerzo del doctor Sanabria un prestigio internacional”. (IBARGÜENGOITIA CHICO Antonio, Discurso pronunciado con motivo del XX aniversario de la Revista de Filosofía, el 26 de agosto de 1987, en Revista de Filosofía, año XX, núm. 60, UIA, México 1987, p. 456). En esa misma línea el erudito y polémico, el doctor Fernando Soto-Hay en 1996 en su discurso durante un homenaje al doctor José Rubén Sanabria en la entrega de la medalla de oro Ignacio de Loyola dijo: “Y qué decir de la Revista de Filosofía, años en que has sido el director, años en que has hecho que esta revista se publique regularmente tres veces al año, y creo que hay que resaltar que es la única revista en esta universidad que desde el año de 1968 ha existido y se ha publicado regularmente tres veces al año. Qué fácil es hablar de la revista de Filosofía, pero tenemos que tomar en cuenta lo acreditado que es esta publicación, no solamente en México sino también en el extranjero; bastaría pedir a la Hemeroteca que nos de la lista de publicaciones periódicas que se intercambian con nuestra revista para probar así esta tesis que solamente he enunciado. José Rubén Sanabria, ésta es una labor tuya, una labor de años, una labor de selección de artículos de alta calidad que aparecen cada cuatro meses, artículos que te envían muy importantes filósofos tanto mexicanos como extranjeros, artículos que muchas veces tienes que corregir o traducir, artículos que han dado fama y que goza la Revista de Filosofía, en mucho por tu labor al frente de ella”. (SOTO HAY Fernando, en Revista de Filosofía, Año XXXV, núms.. 104-105, UIA, México 2002, p. 442).
Podría pasarme muchas horas reuniendo testimonios sobre la obra de José Rubén Sanabria, pues todos estos aspectos son útiles para quien pretenda hacer un estudio en cualquiera de los tres grados académicos universitarios. Comparto un último testimonio, extraído de la correspondencia de nuestro autor, en esta ocasión viene de la pluma del reconocido filósofo español Eudaldo Forment: “Doctor Sanabria me he empezado a ocupar ahora de su pensamiento, para ir comprendiendo la filosofía actual en México. Y claro está, las dos obras “Filosofía del Absoluto y Filosofía del Hombre” me son imprescindibles. Además, sé que su obra conocida, sobre todo, a través de la revista, interesa mucho en España. Ya sabe usted que el nombre de José Rubén Sanabria es en Europa apreciado y valorado, pero creo que es necesario que se escriba más sobre los grandes iberoamericanos, principalmente los que cultivan una filosofía de inspiración cristiana de un modo original y creativo, que por desgracia en Europa está en una cierta crisis”. (Carta a José Rubén Sanabria, 29 de octubre de 1987).
Así pues, estas líneas que escribo, son un prenotando al artículo que hoy comparto, en el cual he reunido 5 fragmentos de pensadores reconocidos mundialmente sobre la obra de José Rubén Sanabria, los cuales han escrito: Mauricio Beuchot, Humberto Encarnación Anizar, Virgilio Ruiz, Eudaldo Formen y Juan Manuel Silva Camarena. Como alguna vez expresé en otro artículo: Todavía nuestro autor tiene mucho qué decirnos, principalmente en esta época de desconcierto, materialismo, consumismo y ataque de todo posmodernismo, el cual está fagocitando al hombre contemporáneo en todos los niveles. Su filosofía me da la impresión, que es la voz agustiniana, porque en este primer cuarto del siglo XXI, vuelve a decirnos repetidas ocasiones: “Noli foras ire, in teipsum redi, in interiore homine habitat veritas: no salgas afuera, regresa hacia ti mismo, porque en el interior del hombre habita la verdad”. (S. Aug. De vera religione. Cap. 39, n. 72).
Sólo me resta decir a los lectores: “disfruten esta lectura”, la cual será motivo de otras más, de colegas que tienen intereses comunes al seguir investigando sobre nuestros autores mexicanos. Sólo así, podremos darle contenido, estructura, metodología y perspectiva a la parte más reciente de lo que hemos venido llamado desde hace mucho tiempo: humanismo mexicano.
1). Dr. Mauricio Beuchot Puente. Profesor Emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sobre la naturaleza de la filosofía y la existencia y esencia de Dios en José Rubén Sanabria
Como un homenaje al que fue mi profesor y amigo, el padre y doctor José Rubén Sanabria, deseo destacar dos puntos importantes de su filosofar. Ellos serán el de la naturaleza de la filosofía, el de la existencia de Dios y el de su esencia o propiedades. Son temas primordiales en la filosofía, y creo que en ellos el padre Sanabria nos da enseñanzas notables. Por ello me ha parecido conveniente aludir a sus planteamientos, en los que encuentro novedad y verdad. Es decir, también fueron elementos constitutivos de su filosofía, de su propio filosofar.
En efecto, si son importantes los temas y problemas, también es importante el modo de abordarlos y tratar de resolverlos. Eso hace que en la manera peculiar del padre Sanabria, aunque se inspira en toda una tradición cristiana, resulte de invaluable prestancia y oportunidad. Nos ayuda a desarrollar nuestras respuestas acerca de esos temas imperecederos. En todo ello se nos muestra como un gran filósofo, pues los aborda con cuidadosa atención a su historia, pero, del mismo modo, porque trata de dar su respuesta propia, con toda honradez y valentía. Por eso, el padre Sanabria es un paradigma o modelo del filosofar.
La filosofía
Comencemos por su tratamiento de la filosofía. Veamos lo que nos dice acerca de la filosofía misma; parece sencillo y se supone que todos tenemos alguna respuesta para cuando se nos haga esa radical pregunta de qué es la filosofía en sí, pero todos nos hemos visto en aprietos cuando hemos tenido que responder a ella desde nuestras convicciones más íntimas. Esto es lo que hace el padre Sanabria en su libro Introducción a la filosofía. (J. R. Sanabria, Introducción a la filosofía, Porrúa, México, 3a. ed., 1980.)
Aun cuando es un libro introductorio, por demás muy sencillo y didáctico, debido a la claridad que alcanza, también es un ejemplo de profundidad filosófica. En él, Sanabria se da a la tarea de definir la filosofía misma. Divide su obra en tres partes. Una es sobre el concepto de la filosofía; la segunda, sobre los temas de la filosofía, y la tercera es una antología de textos.
En la primera parte, sobre el concepto de la filosofía, comienza con la noción o definición misma de nuestra disciplina, partiendo de la definición etimológica, pasando por el origen histórico, y abordando además algunas de las características de este saber, como su «inutilidad» y su «inactualidad». Éstos son entendidos, claro está, en relación con la mentalidad funcionalista y tecnocrática de la sociedad actual, que no deja mucho sitio a la meditación filosófica, y prefiere lo que es útil de manera inmediata.
Pasa a hablar de la actitud filosófica, y aprovecha para plantear aquí la necesidad de la filosofía, la cual la coloca por encima de la utilidad que se le pueda demandar; ella es necesaria, y no sólo útil, porque es necesaria al hombre según su esencia o naturaleza, que es la racionalidad. Por eso, más allá de la práctica, está la teoría, la contemplación de la verdad de las cosas, la cual es el núcleo de la actitud filosófica.
Luego se relaciona la filosofía con otros tipos de conocimiento: la ciencia, el mito, la religión y el sentido común. Respecto de cada uno de ellos, la filosofía adquiere su especificidad. En efecto, a diferencia de la ciencia, que inquiere al nivel empírico o de la abstracción matemática, la filosofía se mueve con mayor universalidad, al nivel de la sabiduría; por eso, hay continuidad entre ciencia y filosofía. (lbidem, p. 55.) El conocimiento mítico tampoco es el filosófico, pero es cierto inicio de éste, ya que los mitos son formas de respuesta a la admiración, y después de ello se puede profundizar en el camino filosófico. Tampoco la filosofía es religión; ésta se cierne en un ámbito más alto, sobrenatural; pero la filosofía ayuda a la religión a vertebrar sus contenidos, y, asimismo, debería estar abierta a la religiosidad. Finalmente, el sentido común es un buen comienzo para la filosofía, pero no llega a constituirse como dicho saber, pues éste avanza más allá del sentido común en busca de razones lo más universales y necesarias que se pueda. Mas, como se ve, la filosofía no se desliga completamente de estos saberes, guarda cierta continuidad con ellos. Al menos así lo expresa el padre Sanabria.
Hay dos aspectos que el padre Sanabria confronta con la filosofía. Son la problematicidad y la historicidad.
Lo hace porque siempre fue muy consciente de que hay filosofías que dan demasiado relieve a las respuestas, aun cuando las preguntas o problemas son los que dan sentido al filosofar. Igualmente señala que hay filosofías que reflexionan sin tomar mucho en cuenta a la historia, esto es, el devenir temporal o proceso evolutivo de la filosofía misma, lo cual las hace repetir planteamientos o perderse en caminos ya explorados.
Él mismo nos da un ejemplo de lo que quiere procurar, y hace una síntesis de la historia de la filosofía, breve pero suficiente, de las distintas etapas de su caminar: la época antigua, la medieval, la moderna y la contemporánea, para darnos la contextualización del decurso concreto de nuestra disciplina. En ese recorrido histórico, como es coherente, hace mayor hincapié en el planteamiento de los problemas, para que se entiendan las soluciones que son aportadas. Termina esta parte histórica con una sección sobre la mujer en la filosofía, donde destaca la vocación filosófica de la mujer y señala a algunas mujeres que se han destacado por su labor filosófica.
En la segunda parte de esta obra introductoria a la filosofía, el padre Sanabria aborda los temas de la filosofía. Para él son los siguientes: el mundo, el hombre, Dios, el conocimiento y la existencia humana. Pero también muchas cosas implicadas por ellos, y, así, nos da el siguiente esquema: la filosofía abarca el conocer con sus leyes, y es la lógica, y con su valor, y la teoría del conocimiento; asimismo abarca el ser, en general, y es la ontología, como también en particular, y nos da la filosofía de la naturaleza, la filosofía del hombre y la filosofía del absoluto; también abarca el actuar, en cuanto al bien, y es la ética, en cuanto a la belleza, y es la estética, y en cuanto a la eficacia, y es la filosofía de la técnica. (lbidem, p. 206.) En cuanto al método de la filosofía, Sanabria enumera varios métodos que se han usado: el análisis conceptual, el análisis lingüístico, la fenomenología, el método histórico-existencial, el método intuitivo, el racional, e incluso el irracional. Él parece abogar por un pluralismo, esto es, tomar, según se necesite, distintos métodos, pues, como dice, no es que lleguen a distintas verdades, sino a distintos aspectos de la verdad.
Esboza, en primer lugar, el problema del conocer, centrándose en el difícil problema del criterio del conocimiento. En cuanto a la posibilidad del conocimiento, examina el dogmatismo y varios escepticismos, a saber: el total, el metódico, el relativo a la metafísica o positivismo, y otros que son relativismos: el historicismo, el escepticismo pragmático, el psicologismo, el sociologismo y el biologismo. Estos últimos son escepticismos en el sentido de que el relativismo, si es muy extremo, puede llevar a un escepticismo total. También examina el criticismo o realismo crítico, el empirismo, el realismo, el idealismo. Sanabria defiende, por supuesto, el realismo, pero no el ingenuo, sino el crítico; y pone como criterio de verdad la evidencia formal, esto es, no puramente subjetiva, sino también objetiva, alcanzada mediante la intuición de su concordancia. (Ibidem, pp. 226-227.)
Viene después el problema del ser. En este capítulo, Sanabria examina el tema de la noción del ser, de su trascendentalidad, de la analogía, del ser y la nada, de la potencia y del acto, del ser y el devenir, de la esencia y la existencia, de la sustancia, de la causalidad, y de la relación de los entes con el ser subsistente. Una nota del acendrado existencialismo del padre Sanabria es su atención al problema de la nada o del no ser. Lo hace con relación a los existencialistas, en este caso, frente a Heidegger, pero también, implícitamente, frente a Sartre. No se trata de una nada absoluta, pues hablar de ella es hacerla algo, lo cual es contradictorio, sino de una nada relativa, la cual sí se puede pensar y decir, pues se lo hace por relación a algo. (Ibidem, pp. 234-235.)
Aparece, enseguida, el problema del hombre. Comienza por el cuerpo, buscando su significación frente al compuesto humano. Pasa después a las relaciones del hombre, singularmente la del diálogo. Luego la actividad, que es uno de los despliegues del ser mismo del hombre. Aborda el difícil y espinoso problema de la libertad. Pasa al tema de la persona. Valiente y honestamente, accede al de la muerte y la supervivencia que, como veremos, será uno de los temas principales de su filosofía, que era un existencialismo cristiano, como él muchas veces me lo dijo. Y llega al tema del espíritu y la cultura, esto es, del espíritu como factor de cultura. En cuanto a la libertad, no se detiene a ofrecer argumentos para demostrar su existencia, alude al hecho cotidiano de que tenemos elección de alternativas, y más bien llama a un buen uso de la libertad, para que nos ayude en el camino de la personalización auténtica. Igualmente, en cuanto a la inmortalidad, no da argumentos para demostrarla, sino que procede por el sinsentido que significaría morir para siempre, sin considerar la veta de sentido que nos abre el pensamiento de la inmortalidad.
En cuanto al problema del actuar, lo desarrolla según el esquema que ya nos ha puesto. Primero, el actuar ético, que es el más importante para el hombre en cuanto hombre. Pero también aborda el actuar cultural, que después desdobla en estética y técnica, pues ambas cosas son aspectos del mundo de la cultura. Llama la atención el que haya puesto a la cultura como una parte del filosofar, apuntando, así, a una filosofía de la cultura, la cual se ha vuelto actualmente una de las ramas de la filosofía más estudiadas. Y, ya que en el actuar involucra también al trabajo, Sanabria pasa a detallar algunos instrumentos para el trabajo filosófico, como libros y revistas.
En la conclusión de su obra, Sanabria recoge en síntesis lo que se ha estudiado acerca de la filosofía, pero dice que ella es más de lo que dicen esas definiciones. Trata de elaborar su propia síntesis, y nos dice que la filosofía es preguntar profundamente, es alejarse de la interpretación que de los entes dan los que no son filósofos, es un mirar amoroso, esto es, contemplación, pero también es praxis. Aunque no es útil, la filosofía es necesaria al espíritu humano, porque él es «exigencia de totalidad, tendencia a la fundamentalidad, afán de plenitud». (Ibidem, p. 302.) El padre Sanabria termina diciendo:
¿Qué es, pues, filosofía? Cada quien tiene que dar la respuesta. Al fin y al cabo la filosofía es una forma de vida, una actitud existencial, un compromiso individual, una cosmovisión personal, una manera singular de responder al llamado del ser. La filosofía es un saber. Pero no un saber por saber. Sino un saber para vivir. Para saber vivir. Y para saber morir. La filosofía enseña a vivir como hombre cabal. Porque «el hombre es demasiado grande para bastarse a sí mismo». (Ibidem, p. 303.)
De esta manera, el padre Sanabria nos deja un concepto de la filosofía que es al mismo tiempo riguroso y vivo, bien estructurado y abierto. Con ello nos ha dejado un panorama de la filosofía bastante general. Pasemos ahora a ver con más detalle dos temas que él estudió, por así decir, con mayor especialización. Y el primero de ellos es el de la existencia de Dios o del Absoluto. Él nos abrirá al otro problema que es el de su esencia o naturaleza, sobre todo en relación con la condición humana.
2). Dr. Humberto Encarnación Anízar. Universidad Pontificia de México. La filosofía del amor en la obra profética de José Rubén Sabnabria.
Filosofía del amor, de línea agustiniana. San Agustín fue filósofo del amor. («Agustín de Hipona, filósofo de la interioridad y del amor», en Revista de Filosofía, UIA, enero-agosto 1987, números 58-59, p.155.) Filosofar es ante todo amar. (Introducción a la filosofía, p. 23.)
La filosofía del doctor José Rubén Sanabria puede verse, sin duda alguna, como una genial recuperación de la filosofía del amor de San Agustín: genial, porque no es una mera repetición sino un apropiarse del espíritu y las estructuras del pensamiento del obispo de Hipona elaborando una filosofía para nuestro tiempo y circunstancia, en un diálogo crítico con el pensamiento moderno y contemporáneo, más allá del intelectualismo de la Escolástica. Que en esto se encuentra él con grandes espíritus de nuestro tiempo, como Max Scheler (el cristiano), Blondel -«¡oh Blondel, tan injustamente olvidado en nuestros días, se puede ver fácilmente. Que aquí tenemos un modelo de cómo se debería filosofar en un tiempo de crisis de la filosofía, ¿quién lo podrá negar? !-«, (José Rubén Sanabria, Mi concepción de filosofía, en Revista de Filosofía, Año XI, No. 31, UIA México, 1978, pp., p. 134.)
Personalismo existencial o humanismo cristiano. La filosofía del doctor José Rubén Sanabria ha sido presentada de esta suerte:… un personalismo existencial -si se prefiere, un existencialismo personalista- que cabe muy bien en el campo del humanismo cristiano. Es un humanismo, porque Sanabria piensa que el hombre es el centro de la filosofía; el punto de partida y el punto de llegada de toda investigación filosófica es el hombre. Por eso la filosofía es filosofía del hombre, desde el hombre y para el hombre…. Es personalismo en cuanto que la persona -viviente con capacidad de autotransparencia, autoposesión, de comunicación y de autotrascendencia- es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza (ST. I, 29, 3).
Es existencial, porque la persona es este hombre concreto, ‘de carne y hueso’, que siente la mordedura del dolor y las avenidas del gozo, que trabaja, que ama, este hombre sumergido en el río del tiempo y que sabe que no podrá escapar a la humillación de la muerte -transformación dolorosa y enigmática-, que experimenta en su propia carne el dolor de sus hermanos los hombres. No le interesa el ‘animal racional’ de los griegos y de los escolásticos- impasible, eterno, inmutable y abstracto. (Ibidem; Cristianismo y Filosofía en México, Cuaderno de Filosofía No. 19, UIA, México, 1993, pp. 46-47.)
Aunque el humanismo tiene una de sus auténticas raíces en el cristianismo (si bien esporádicamente algunos pensadores de la Antigüedad, como Sócrates o Séneca, han sido vistos como humanistas), y se plasma ya tanto en el Nuevo Testamento como en los escritos de algunos santos padres, -en la Edad Media no parece haber tenido presencia plena, sino hasta la época del Renacimiento, con pensadores como Giovanni Pico della Mirandola, Marsilio Ficino, Erasmo, Luis Vives, etcétera, cuando vuelve a resurgir con toda su fuerza un pensamiento humanista cristiano, que ha sido visto con razón como pre- cursor del personalismo cristiano del siglo XX.
El doctor Sanabria se inserta indudablemente en esta corriente del humanismo o personalismo cristiano, que -como señalábamos- se puede encontrar ya en algunos santos padres, por ejemplo, en San Agustín:
El personalismo en sentido estricto -escribe uno de los maestros del doctor Sanabria, J. B. Lotz- está en forma más directa en San Agustín y ve al hombre no sólo como un ser pensante, sino como una persona que ama, valora, toma posición y actúa. Ahí no hay que considerar únicamente su núcleo substancial, sino sobre toda su experiencia vivencial, sólo por la cual la persona es plenamente ella misma… El personalismo ve a la persona en su autorrealización siempre referida a otras personas: para ella es esencial la relación yo-tú o la existencia dialógica, que a través de las otras personas se extiende hasta el Dios personal. («Personalismo», en Lexikon für Theologie und Kirche.)
El Hombre y la filosofía, constituidos por el amor. Superación del intelectualismo de la Escolástica. «El amor es la esencia de la persona» («La dignidad de la persona, p. 102.) es la tesis del padre Sanabria. Remarca continuamente que San Agustín es el filósofo que advierte a la persona humana constituida, no ya como los griegos por el saber, sino por el amor:
El amor es algo ontológico. En este sentido dijo acertadamente el de Hipona: «Hay que juzgar al hombre, no por lo que sabe, sino por lo que ama. Sólo el amor hace de él lo que es: el amor bueno lo hace bueno, el amor malo lo hace malo’… (Antropología, p. 195. Esto es consecuencia del espíritu del cristianismo, que había introducido un cambio radical de valores con relación al mundo antiguo. «La libertad y el amor, que en la filosofía griega tuvieron tan poco relieve, adquirieron en el cristianismo un valor preponderante; ibidem, p. 39.)
Aquel gran amador que fue Agustín de Hipona dice: todos viven de su amor, o hacia el bien o hacia el mal –“ex amore suo quisque vivit sive bene sive male”… “cada quien es como es su amor -‘talis est quisque, qualis eius dilectio’- … por el amor se decide lo que cada uno es»… (Ibidem, p. 185. En la misma línea escribe Agustín Basave Fernández del Valle: «Agustinianamente hablando, podríamos decir que un hombre es su amor. El origen de la actividad humana, la fuerza creadora y constructiva del hombre, se llama amor. Todo impulso, toda pasión, todo sentimiento tiene su raíz en el amor- fuerza. Y hasta nuestro entendimiento requiere un objeto (valor) que suscite en nosotros un deseo (amor) por conocerlo; Filosofía del hombre, Espasa-Calpe Mexicana, México, 1989, pp. 269-270.)
El centro del hombre-misterio es (para Agustín) el amor… “mi amor es mi peso; él me lleva a dondequiera que voy -pondus meum, amor meus; eo feror quocumque feror”. (Antropología, p. 41.)
La filosofía de Agustín está centrada en el amor… El pensador de Hipona coloca justamente el amor como fundamento de su filosofía… Agustín fue filósofo del amor… («Agustín de Hipona, filósofo de la interioridad y del amor», Revista de Filosofía…, números 58-59, 148. 154-155.)
Una concepción que nuestro filósofo josefino rescata, superando el «intelectualismo» de la Escolástica (Cf. Antropología, p. 243.) -como ya lo habían hecho los humanistas cristianos del siglo XVI, o un Blondel en nuestro siglo (en contra de una neoescolástica anquilosada), con su filosofía de la acción, -acción que en su más profunda autenticidad es amor-: filosofía no es -ni puede ser-, dice Sanabria, un acto puramente intelectual, es un acto de amor… Filosofar es un acto, un quehacer, de toda la persona. De aquí que el filosofar sea ante todo amar… No hay filosofía sin amor. (Introducción a la filosofía, pp. 23, 43.)
La filosofía es para vivirse y no para simples discusiones estériles o teóricas. (Filosofía y hermenéutica, p. 85.)
Esta orientación se puede contraponer a la de la filosofía occidental: «Occidente ha considerado a la filosofía como la cumbre más alta de la razón y se conforma cobardemente con tal excelencia». (Ibidem, Historia de la filosofía cristiana en México, p. 354.)
Los escolásticos, es cierto (fuera de las corrientes franciscano-agustinianas), fueron olvidando estos planteamientos, para caer en una concepción de la filosofía de tipo intelectualista, como la de los griegos (esto lo han recordado Scheler, Sanabria, etcétera). El filósofo josefino, en este sentido, apoya su pensamiento en el obispo de Hipona y se aleja del Aquinate: «En una antropología, de corte aristotélico y por lo mismo intelectualista, la voluntad y los sentimientos ocupan un lugar secundario. Además, la problemática existencial del hombre concreto queda relegada al conocimiento sensorial. Hay en esta antropología un dualismo explícito que no se requiere admitir. Tomás de Aquino -‘pese a ser teólogo y estar obligado, por tanto, a saber del hombre real, del que dice ‘yo’ y al que se le dice ‘tú’, con él, como con Aristóteles, el hombre habla ‘siempre, en cierto modo, en tercera persona’… Tomás ‘no conoce un problema especial ni una problemática particular del ser humano, tales como los sintió y expresó Agustín con el corazón angustiado’ (Martin Buber)… En síntesis, el hombre agustiniano es el hombre concreto ‘de carne y hueso’, y que vive y trabaja, que sufre y ama, mientras que el hombre tomista es el ahistórico y abstracto ‘animal racional’ de la tradición griega». (Antropología, pp. 44-45.) Más adelante apunta el doctor Sanabria: «La filosofía escolástica siguió el intelectualismo aristotélico». (Ibidem, p. 243. El doctor Vittorino Girardi, en la recesión de este libro (que él califica de «extraordinaria… y valiosísima obra,» cuyo último capítulo bien podría titularse: «En defensa del hombre»), escribe: «El P. Sanabria -al menos en esta obra- se separa y explícitamente de la filosofía escolástica y del tomismo; Efemérides mexicana, No.19, enero-abril 1989, 121, 125, 122. Nosotros pensamos que, el padre Sanabria, lo positivo de Santo Tomás sí lo conserva.)
En la búsqueda de un «filosofar concreto», del «hombre concreto». Nuestro filósofo habla de su orientación «hacía una filosofía personal y concreta -de inspiración cristiana- enraizada en los múltiples problemas que plantea la vida». (Mi concepción de la filosofía, p. 136.) A varios autores del Renacimiento «les interesa el hombre concreto. Éste es el que se ve expuesto a los acontecimientos y azares de la vida». (Antropología, p. 45; E. Coreth, a quien el autor remite aquí, apunta: «ya desde el siglo XVI el título de ‘antropología’ contiene una orientación que se separa tanto de la filosofía especulativa tradicional como de la mentalidad matemático-científica, postulando una consideración del hombre en su autoexperiencia concreta»; ¿Qué es el hombre?, Herder, Barcelona, 1985, p. 61.) De hecho, como es sabido, en esta época vuelve a resurgir el agustinismo. Es también cuando aparece «la antropología explícita». (Antropología, p. 38.) Por el contrario, en el pensamiento cartesiano, que surge poco después, no puede haber una antropología, porque no tiene como objeto al hombre total. (lbidem, p. 47.) Un «filosofar concreto» (Ibidem, p. 53.) lo encontramos, en cambio, en la corriente del pensamiento existencial, «que pretendió llegar más profundamente al hombre» (lbidem.) y cuyos precursores se pueden ver en Agustín y más tarde en Pascal, quien en oposición a la visión racionalista de Descartes, destaca la importancia del corazón en el hombre. Por corazón entiende Pascal la síntesis de intuición, instinto, sentimiento, delicadeza y agudeza del espíritu; con él estamos en ambiente existencial. (Cf. Ibidem.) En el siglo XIX nos encontramos con Kierkegaard, al que se considera fundador del existencialismo: «al danés le interesa el hombre singular en la totalidad de su experiencia, de su libertad y de su responsabilidad». (lbidem.) Ya en el siglo XX encontramos, en esta línea agustiniana, a Max Scheler, quien «dio gran importancia a los sentimientos, a la simpatía, a la moral y que rescató para la filosofía el imprescindible coeur pascaliano», (Ibidem, p. 57.) él es también el «fundador -uno de los fundadores- de la nueva antropología filosófica», (lbidem, p. 56.) «el iniciador del personalismo en Alemania». (lbidem, p. 246.)
3). Dr. Edualdo Forment. Universidad de Barcelona. Consideraciones sobre el personalismo de José Rubén Sanabria
Personalismo existencial
En Cristianismo y filosofía en México, sobre el filósofo José Rubén Sanabria, en el apartado de la filosofía cristiana se lee: «Su postura filosófica es un personalismo existencial -si se prefiere un existencialismo personalista- que cabe muy bien en el campo del humanismo cristiano. Es un humanismo porque Sanabria piensa que el hombre es el centro de la filosofía; el punto de partida y el punto de llegada de toda investigación filosófica es el hombre. Por eso la filosofía es filosofía del hombre, desde el hombre y para el hombre. Porque el hombre, como persona, es la exigencia radical y última del ser». (Sanabria, Cristianismo y filosofía en México, Cuaderno de filosofía N° 19, Universidad Iberoamericana, México, 1993, p. 46.)
Sobre Filosofía del hombre, una de las obras más importantes del doctor Sanabria, (lbidem, Filosofía del hombre (Antropología filosófica), Porrúa, México, 1987.) en la Historia de la filosofía cristiana en México, se dice: «Esta disciplina es el núcleo de la filosofía porque si el filósofo no sabe qué es el hombre, qué es ser hombre no estará -ni podrá estar-, en el campo de la filosofía […] Concluye con la descripción -que no definición-del hombre: es el viviente que tiene la capacidad de autotransparencia -reflexión-, de autoposesión -libertad-, de comunicación y de autotrascendencia». (Sanabria y Mauricio Beuchot, Historia de la filosofía cristiana en México, Universidad Iberoamericana, México, 1994, pp. 247-248.)
En la doctrina personalista de Sanabria la autoconciencia desempeña un papel nuclear. Gracias a ello ha podido dialogar con la modernidad. Además, en este punto coincide con la auténtica concepción de la persona de Santo Tomás. Nunca se consideró un «tomista ortodoxo». (Sanabria, Cristianismo y filosofía en México…, p. 46.) Sin embargo, dos de las tesis fundamentales de su «existencialismo personalista» (Ibidem, Cf. Sanabria y Beuchot, op. cit., pp. 247-252.) pueden encajarse perfectamente en la exposición del Santo, e incluso servirle de base.
La primera es la siguiente: «El hombre es persona. O sea, una unidad sintética de elementos biológicos, sensitivos, intelectivos, volitivos, afectivos. Lo que constituye a la persona es, fundamentalmente, la capacidad de reflexión de autodeterminación». (Sanabria, Introducción a la filosofía, Editorial Porrúa, México, 1988, 7a ed., p. 256.)
En la segunda más concreta, y que está unida a la anterior, se afirma: «Soy un ente que piensa. Por tanto soy un espíritu. El pensamiento se manifiesta no sólo por la razón sino ante todo por la visión de mi propio yo. No hay pensamiento sin un yo pensante. La con- ciencia es un centro original que refiere a sí mismo todos los actos de pensamiento, el centro es el yo; la referencia es la reflexión». (Ibidem, Ética, Porrúa, México, 1986, 10a ed., p. 52.)
En las páginas que siguen, como homenaje póstumo, al admirado y querido amigo José Rubén Sanabria, fallecido el pasado día 31 de diciembre de 2001, se exponen algunos puntos de la doctrina del Aquinate sobre la persona, que muchas veces, por el intento de sólo destacar los elementos aristotélicos de su síntesis, han pasado inadvertidos. Intentaré mostrar que todos ellos pueden considerarse como un desarrollo de las dos tesis sanabrianas citadas. En definitiva, deseo probar que el personalismo del filósofo mexicano José Rubén Sanabria, por lo mismo que es «existencial», (Ibidem, Cristianismo y filosofía en México…p. 46.) es «tomista», y confirmar de este modo la sugerencia del eminente hispanista francés Alain Guy, al sostener que el fundador de la Revista de Filosofía, a pesar de la incorporación, en su filosofía, de muchos elementos modernos resté thomiste. (Alain Guy, Panorama de la philosophie ibéro-américaine. Du XVIe siècle à nous jours, Ediciones Patiño, Genève, 1989, p. 211.)
Persona, individualidad y subsistencia
Como es sabido, el concepto de persona apareció en el ámbito teológico cristiano. La noción filosófica de «persona» es una de aquellas que, por su origen, pueden llamarse «cristianas», pero por su contenido estrictamente filosófico. Estas nociones son una auténtica aportación directa del cristianismo al pensamiento filosófico. Quizá hubieran permanecido siempre inaccesibles a la razón, si no se hubieran propuesto junto con las verdades de contenido religioso.
Los grandes escolásticos medievales, siguiendo la tradición de la filosofía cristiana y especialmente el pensamiento de San Agustín y de Boecio, trataron la problemática de la persona, especialmente al ocuparse del misterio de Cristo, el Hombre-Dios. San Anselmo, Alejandro de Hales, San Alberto Magno y San Buenaventura, entre otros, al distinguir la persona de la mera naturaleza insistieron en las propiedades personales, como la unidad, la singularidad, la incomunicabilidad, la dignidad, la sustancialidad y la racionalidad.
Sin embargo, el primero que se ocupó propiamente de la fundamentación metafísica de la persona en su entidad y dignidad fue Santo Tomás. Destaca entre todos los autores medievales por la construcción especulativa de una doctrina sobre la persona, que sintetiza y continúa las anteriores, y además, en sí misma y en sus consecuencias, se revela en nuestros días más actual que nunca, por su congruencia con las verdaderas necesidades del mundo contemporáneo.
En la doctrina de Santo Tomás, se afirma, en primer lugar, que la persona significa lo más individual, lo más propio que es cada hombre, lo más incomunicable, o lo menos común, lo más singular. Una individualidad única, que no se transmite por generación, porque no pertenece a la naturaleza humana genérica, ni a ciertos accidentes suyos, a los que esta predispuesta la misma naturaleza, que es transmitida con ellos de los padres a los hijos.
Lo estrictamente personal no se transmite, porque es propio de cada cual. Indica el Aquinate: «El hombre engendra seres iguales a sí específicamente, pero no numéricamente. Por tanto, las notas que pertenecen a un individuo en cuanto singular, como los actos personales y las cosas que le son propias, no se transmiten de los padres a los hijos. No hay gramático que engendre hijos conocedores de la gramática que el aprendió. En cambio, los elementos que pertenecen a la naturaleza, pasan de los padres a los hijos, a no ser que la naturaleza esté defectuosa. Por ejemplo, el hombre de buena vista no engendra hijos ciegos si no es por defecto especial de la naturaleza. Y si la naturaleza es fuerte, incluso se comunican a los hijos algunos accidentes individuales que pertenecen a la disposición de la naturaleza, como son la velocidad de cuerpo, agudeza de ingenio y otros semejantes. Pero no las cosas puramente personales”. (Santo Tomás, Summa Theologiae, I-II, q. 81, a. 2, in c.)
El término «persona» no tiene el mismo significado que el de hombre, por expresar esta individualidad. En el lenguaje corriente, el término «persona» se emplea como equivalente al de hombre. Es una utilización correcta, porque todo hombre es persona. Sin embargo, el nombre «persona», por significar esta individualidad, tiene una caracterización lógica y gramatical distinta de hombre y de todas las demás palabras.
El nombre de persona tiene un significado universal, en cuanto puede suponerse en muchos sujetos, en los distintos seres personales, y a los que, por ello, puede predicarse a cada uno. En este aspecto coincide con los nombres comunes. Sin embargo, el término «persona», a diferencia de estos nombres, no significa una naturaleza universal que se diga de muchos, una esencia objetiva, que se puede predicar de cada uno de ellos, porque lo son, porque realizan esta naturaleza universal en su individualidad.
La palabra «persona» tampoco coincide plenamente con el nombre propio, porque persona, aun significando siempre lo individual o lo distinto, tiene la posibilidad de significar indeterminadamente a todos los individuos personales. En este aspecto es comparable con el nombre común, porque también adquiere esta característica. (Cf. ibidem, i, q. 30, a. 4, in c.)
La persona posee un estatuto lógico-gramatical único. No sólo porque hay que situarlo entre el nombre común y el nombre propio, sino porque, además de no significar una naturaleza o esencia, como todos los nombres, significa directamente el ser personal propio de cada uno. El término persona, y el significado que expresa, no son como las otras palabras y conceptos. No sólo por el modo que se predican, sino también por su referencia objetiva.
Los nombres se refieren siempre a características esenciales, generales o individuales, que son expresadas con más o menos precisión en los diccionarios o enciclopedias. La persona, a diferencia de todos lo demás nombres, sin la mediación de algo esencial, se refiere recta o directamente al ser propio, que es inefable, porque no es de orden esencial.
Sostiene Santo Tomás que, en segundo lugar, la persona nombra al ser, al fundamento individual inexpresable de cada hombre, que sólo percibe intelectualmente en su conciencia el propio poseedor y que puede así atribuirlo a los demás y en un grado inferior a las cosas. El Aquinate asumió la definición clásica de persona de Boecio, precisamente por considerar que en ella se denota el ser propio personal. En su obra sobre el misterio de la Encarnación, el filósofo romano define la persona como «Sustancia individual de naturaleza racional». (Boecio, Liber de persona et duabus naturis, ML, LXIV, 1343.)
También el Aquinate definió la persona, con términos parecidos pero más precisos, del siguiente modo: «Persona es el subsistente distinto en naturaleza racional». (Santo Tomás, De Potentia, q. 9, a. 4, in c.) Con estas dos definiciones de persona, quería indicar que: «El ser pertenece a la misma constitución de la persona». (lbidem, Summa Theologiae, III, q. 19, a. 1, ad 4.) El principio personificador, el que es la raíz y origen de todas las perfecciones de la persona, tanto las generales como las individuales, su individualidad total, es su ser propio.
Todas las perfecciones del ente, que son expresadas por su esencia, se resuelven en último término en el acto del ser. La persona, sin embargo, sin la mediación de algo esencial, directamente se refiere al ser. Por ello, debe comprenderse como vinculada inmediatamente al ser, y a los trascendentales, que funda este principio entitativo básico.
La persona guarda una conexión directa y estrecha con los conceptos trascendentales. En este sentido, la persona tiene un carácter «trascendental». Nombra al ser propio, y a los trascendentales, sin designar directamente la naturaleza participante del ser, tal como hacen todos los otros nombres. Menciona inmediatamente al ser, la entidad, la realidad, la unidad, la división o incomunicabilidad, la verdad, la bondad y la belleza, propias del ente personal.
Al igual que por expresar la individualidad, por significar inmediatamente al ser, que en la persona creada es participado, aunque en un grado superior a los otros entes materiales, el término «persona» no es como todos los demás. La persona trasciende todos los géneros y todas las categorías o géneros supremos, puesto que no se explica por determinaciones sobre géneros o especies, ni por ninguna de las categorías, como si fuese algo meramente substancial o accidental.
Lo que hace que un individuo de naturaleza humana, compuesto de cuerpo y alma, sea una persona, no es algo que pertenezca propiamente a esta naturaleza. Es su ser propio, acto primero y fundamental, y que constituye a la misma esencia. El ser propio y proporcionado de cada ente es una realidad metafísica, que no sólo no es captable por los sentidos, como todas las otras, sino que tampoco es objeto de la inteligencia.
El conocimiento es posible, y permite que sepamos que somos personas, porque a cada persona se le revela su ser propio en su conciencia intelectual, en la percepción intelectual de que es o existe; experiencia que proporciona una absoluta certeza y cuyo objeto, su ser propio, indica como la palabra «yo». Este núcleo interior se distingue de su naturaleza, tanto en su dimensión común como individual o singular, por su carácter permanente y a la vez desconocido, en cuanto su contenido por el mismo sujeto.
El constitutivo formal de la persona, lo que la distingue de la mera naturaleza, es el ser propio y proporcionado a esta esencia. Por este ser personal, la persona subsiste, existe por sí y en sí, de una manera autónoma e independiente. La persona es subsistente y, por tanto, una substancia, tal como se indica en sus definiciones.
4). Dr. Virgilio Ruiz Rodríguez. Departamento de filosofía, UIA. La ética en el pensamiento de José Rubén Sanabria.
El padre José Rubén Sanabria fue una persona siempre preocupada por el hombre y su mundo en la manera como se desenvuelve y vive en relación con su actividad personal y social. Esto era muy manifiesto, pues estaba al día de cualquier noticia transmitida por los medios de comunicación, que lastimaban su convicción profunda de cómo debe actuar y proceder el hombre; se quejaba con tristeza, entre otras cosas, de verlo imbuido, desorientado y arrastrado por la banalidad y el hedonismo.
Consciente de esto, escribe en 1978, citando a Nietzsche, el profeta del nihilismo: «los valores superiores ya no tienen validez».
Y afirma, nos ha tocado vivir este nihilismo, esta época del absurdo. El hombre es absurdo: todo es absurdo. En este panorama no tiene lugar la ética, pues el nihilismo la elimina. El hombre es radicalmente autónomo. Desde Descartes será solamente el hombre. Así, Hegel diviniza al hombre al precio de la muerte de Dios. Para Marx, el ser supremo de la filosofía es el hombre, pero el hombre que se crea a sí mismo en la praxis, la raíz del hombre es el hombre mismo. Sartre afirmará: el hombre es el ser cuya aparición hace que el mundo exista; pero un ser autónomo con su libertad y razón.
Sin embargo, este lugar privilegiado que el hombre mismo se ha dado, él mismo se lo quita. Lévi-Strauss y Foucault declaran la muerte del hombre con el fin de que sean posibles las ciencias humanas. A pesar de este cambio, el propio hombre sufre una gran decepción frente a la técnica, pues había soñado que en ella encontraría su salvación y por supuesto la felicidad, cuando paradójicamente la infelicidad es algo cotidiano y la propia civilización es, en gran parte, responsable de nuestra miseria.
Los jóvenes, dice el padre Sanabria, sufren este desconcierto que los lanza en busca de la evasión mediante las drogas, y a la «contestación» masiva, es decir, a la rebelión y a la protesta. Vivimos -continúa diciendo- una época peligrosa. El humanismo que el hombre ideó para alcanzar la felicidad y la plenitud, fue apenas un abrigo provisional a su existencia. El hombre ha quedado en radical desamparo, inexorablemente, solo frente a la naturaleza. Vive un abandono radical. «El hombre privado de una patria perdida, no espera una tierra de promisión». (J. Rubén Sanabria Tapia, Ética, Porrúa, México, 1998, 12.)
El hombre buscó afanosamente hacerse un mundo habitable; forjarse alegremente la felicidad. Pero se ha desvanecido su esperanza. Éste es el hombre de nuestros días. Sísifo absurdo y desesperado, que se imagina ser dichoso, aunque no lo sea; que se esfuerza por ser auténtico porque sabe que ser auténtico es embarcarse sin miedo y hasta el fin de cada acto, porque sabe ser auténtico significa comprometerse.
En consonancia con lo anterior afirmará: una existencia arrojada exige una ética de arrojo y del compromiso. Una existencia autónoma y del absurdo postula una actitud -una ética- de rebeldía; ni obedecer ni arrepentirse.
Pero a pesar de todo esto, la ética en connivencia con la metafísica trata de dar al hombre un camino y una esperanza incitándolo a convertir en vida heroica su misma desesperación. (Ibidem, 14.)
De acuerdo al planteamiento anterior, para el padre Sanabria, la ética es la ciencia normativa de la actividad humana en orden al bien. (Sanabria Tapia, Ética, Porrúa, México, 1998, p. 20.) Con su objeto material constituido por los actos humanos, la actividad específicamente humana; y su objeto formal, un determinado aspecto del objeto material, que es el bien, es la relación de la actividad humana con la norma ética. Es una ciencia teórico-práctica, pues por ella se realiza en la vida lo conocido en los principios. Quien vive éticamente está actuando lo que conoció que debía hacer.
En forma descriptiva, escribirá que la ética es la ciencia de lo que el hombre debe hacer para vivir como debe vivir, para ser lo que tiene que llegar a ser, para alcanzar su valor supremo, para realizar en su naturaleza lo que se presenta como la justificación de su existencia, aquello hacia lo que y por lo que existe. (Ibidem, 21.)
Una vez que ha quedado en claro qué entiende y qué es para él la ética, despliega su estudio de esta disciplina en tres apartados: conceptos generales, líneas éticas fundamentales y la ética aplicada. Todo ello lo expone a través de una profunda reflexión sobre su relación con la filosofía y otras disciplinas afines; sobre el hombre; y se congratula que hoy día sea el hombre el punto de partida de la filosofía. Y escribe: la persona es el centro de donde surgen los problemas que preocupan al mundo. La persona es el objeto de la filosofía porque la persona es la síntesis misteriosa de materia y espíritu, de tiempo y de eternidad, del yo y del no-yo, de libertad y necesidad. ( Ibidem, p. 51.) Sobre la libertad hace una llamada de atención al señalar que es una palabra demasiado gastada; se le ha exaltado tanto que casi se le ha convertido en una palabra vacía. La libertad es ya un mito y los hombres sus víctimas. Y, sin embargo, todos los hombres actúan por una obsesión: la libertad, la cual entiende como propiedad de la voluntad por la que puestas todas las condiciones para la acción puede actuar o no actuar. (Ibidem, p. 59.) Sobre la axiología o teoría de los valores señala, que si el fin de la ética es indicarnos el camino del bien, vivir bien consistirá en realizar el valor moral, ya que éste es el que hace buena a la persona. (Cfr. ibidem, pp. 68 y 78.) Sobre la conciencia en relación con la obligación moral -porque si esta última se funda próximamente en el amor al valor y últimamente en el amor al valor supremo-, la conciencia será la aceptación o el rechazo del valor moral y constituye la postura fundamental de la persona frente a su propio destino. (Cfr. ibidem, pp. 94 y 116.)
Al abordar el padre Sanabria los modelos éticos fundamentales manifiesta su agudeza y sensibilidad intelectual. Así, de la ética aristotélica señala que si bien tiene como centro a la virtud y como punto de partida la búsqueda de la felicidad, sin embargo, con relación al punto de llegada no ve que la verdadera felicidad esté en realidad más allá de la felicidad puramente humana. Por eso la juzga ineficaz. (Ibidem, pp. 138-139.)
De manera semejante, con Kant está de acuerdo que afirme que el hombre es un fin en sí, pero que no tiene justificación porque Kant no trata del fin último del hombre. Hace personas correctas, cumplidoras del deber, pero no hombres buenos. No podemos negar -señala- la magnífica intención de Kant: fundar una ética válida para todos los hombres, pero el intento fracasó porque, a fin de cuentas, la ética de Kant ¿puede llamarse humana? (Ibidem, p. 161.)
La reflexión que realiza sobre la aplicación de la ética en los diversos aspectos de la vida humana, como son el matrimonio, la vida sexual y el amor, la familia, la educación, hace hincapié en la crisis real que se detecta en todas estas instituciones y vivencias humanas, desviaciones del verdadero amor: divorcios, hedonismo, drogadicción, falta de responsabilidad y entrega. Todo lo cual es signo inequívoco de que en nuestro mundo el hombre ha perdido el rumbo, la claridad de su destino por el desconocimiento de sí mismo; es el hombre prometeico; y por consiguiente, la ausencia de ética es manifiesta.
Nuestro mundo -dice- rechaza la ética. Pero no todo es caos y tinieblas. Hay quienes todavía buscan afanosamente el crepúsculo del bien y se esfuerzan por con- quistar las alturas de la dignidad y de la grandeza humana. Externa su confianza en la juventud que es la aurora del mañana. De un mañana que será de paz, de justicia y de fraternidad, si así lo forja la juventud, que siempre fue noble y heroica. Hoy lo sigue siendo. (Ibidem, p. 243.)
Un rasgo importante en la manera de concebir la ética fue la profunda convicción de que sin estar orientada hacia Dios, ésta perdería en buena medida su objetivo último: ayudar a que el hombre sea bueno. ¿Para qué? Si el hombre actual niega a Dios es porque, sin saberlo, tiene sed de Él, lo anda buscando a su manera. Y si vive atormentado y en angustia es porque extraña al Absoluto. El hombre, a pesar de todo, es una flecha que apunta hacia el infinito. (Ibidem, p. 244.)
5). Dr. Juan Manuel Silva Camarena. Universidad Nacional Autónoma de México. La pasión por la difusión de las ideas filosóficas. In memoriam José Rubén Sanabria
El recuerdo es el único modo de hacer presente el pasado. Por esa razón, con el ánimo enlutado, me otorgo el derecho de recordar a Sanabria por medio de la palabra. Me concedo esta facultad para decir algunas cosas acerca de este hombre que, entre otras tareas, se fijó a sí mismo la noble misión de difundir las ideas filosóficas para entender mejor nuestro mundo.
Su nombre apareció por primera vez en mi vida hace mucho tiempo. Lo leí sobre el color verde de una fea portada, sin diseño alguno, de un manual de lógica, editado en 1966; o sea, antes de que yo comenzara a estudiar filosofía, pero el mismo año en que una revista de la Escuela Nacional Preparatoria publicó mi primer artículo, cuyo tema era el de la vocación. En 1971, en París, durante mi encuentro singular con Gabriel Marcel, tuve la oportunidad de contemplar, en lo que él llamada su «socratismo cristiano» (sin que este filósofo francés, padre del existencialismo, fuera sacerdote), la reunión de dos vocaciones, la de la filosofía y la de la religión, aparentemente irreconciliables. De paso puedo señalar que cuando comencé a aprender filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, también viví el pensamiento filosófico como algo incompatible con la política. Por mi estudio de la historia de las ideas filosóficas y la historia de la religión, especialmente del cristianismo, supe bien que eso no era algo insólito, pero al mismo tiempo me di cuenta de que tampoco era algo que cualquiera podría llevar a cabo. Heidegger me había enseñado claramente que el enunciado «filosofía cristiana» era equivalente a la expresión «hierro de madera». Pero mi querido maestro Nicol pronto me hizo entender que no se valía en el ejercicio ético de una vocación era la posesión de segundas intenciones. Entonces, «filósofo cristiano» no era exactamente lo mismo que «filosofía cristiana». Varios años después, en la Universidad Iberoamericana, Sanabria me permitió advertir de nuevo, en su propia persona, la presencia simultánea de esos dos compromisos vocacionales.
José Rubén Sanabria Tapia nació en el pueblo de Istaro, Santa Clara del Cobre, en el estado de Michoacán, el 8 de mayo de 1920; un estado con pasado y presente filosófico: todos sabemos que en ese estado, en Tiripitio, el padre agustino Fray Juan de la Vera Cruz impartió la primera clase de filosofía en el continente americano, muy poco tiempo después de la conquista española. Después de la espada, así nos tocó vivirlo, hizo efecto el pensamiento, la palabra. En Zitácuaro, Samuel Ramos vio el mundo por primera vez en 1897, y en 1975, en la ciudad de Morelia, celebramos el Primer Coloquio Nacional de Filosofía; en el 2000, el I Congreso Latinoamericano de Ciencia y Tecnología, y en agosto de este año uno sobre filosofía y cultura…
Sanabria se ordenó sacerdote en 1944, y en 1958 estudio filosofía y teología en Roma, en la Universidad Gregoriana y en el Angelicum, de los padres dominicos, bajo la dirección de Joseph de Finance y Johannes Bautista Lotz. A partir de 1962 se integró como profesor a la Universidad Iberoamericana, encargándose de cursos, seminarios y asesoría de tesis. Y algunos años después, con verdadera tenacidad y un entusiasmo a prueba de cualquier fatiga, se ocupó también de la dirección de la Revista de Filosofía: desde 1969, hasta el final de su existencia, fechada el 31 de diciembre del 2001.
En 1985, siendo ya profesor titular de la cátedra de metafísica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, dejé de recibir el dinero que me proporcionaba esta casa de estudios por medio de una beca para realizar mis estudios de maestría y doctorado, y por lo mismo, mi atención se dirigió hacia el concurso de oposición público y abierto al que había convocado la Universidad Iberoamericana para cubrir el puesto de profesor de tiempo completo, precisamente en el Departamento de Filosofía. No creí que pudiera decir algo importante en relación con el tema de los universales. Pero así se abría para mí una posibilidad ventajosa. Por decisión general, que no por unanimidad (puesto que hubo un voto en contra), gané dos cosas al mismo tiempo: la plaza que estaba vacante, y algo que, desde otra óptica, fue lo más importante.
Por supuesto, hablo de las personas. De gente que conocí en esta institución y que jamás voy a olvidar y dejar de querer. Esto fue lo de mayor importancia, porque así pude salvarme de ese vacío de amistad en el que a veces uno puede hundirse muy profundamente cuando se llega a un lugar en el que no se conoce a nadie. Ese «no tener amigos» al que me refiero, extrañamente, lo sé, no es lo contrario de la amistad ni representa su negación. No es el perder amigos, sino el no haberlos ganado todavía. Es raro, pero ni siquiera tenemos un término que adecuadamente sea capaz de dar nombre a esta vivencia especial. A la amistad, obviamente, la echa a perder la enemistad. Quien tiene muchos amigos es amigable. Es bien sabido que hay gente de pocas palabras; y de modo similar, las hay de pocos amigos. Y el que no los tiene, ¿qué es?, ¿cómo se le llama? O mejor: ¿qué le sucede?, ¿qué tipo de vivencia peculiar experimenta? En todo caso, es conveniente no confundir la soledad con la falta de amigos. La soledad y la compañía no son punto por punto equivalentes a la amistad y la carencia de amigos. La amigabilidad, ciertamente, no representa una especie de seguro vital contra la eventualidad de hallarse solo alguna vez.
Pero había buenos candidatos para una amistad perenne. Profesores y profesoras, alumnas y alumnos que, aunque los recuerdo bien, ahora no se trata de nombrar a todos. El director del departamento, Miguel Ángel Zarco Neri, me ofreció siempre su apoyo con un trato gentil; en particular, me obsequió en verdad algo inestimable: me asignó un cubículo junto al de dos profesores que no sólo sabían filosofía, sino que sabían del cultivo de la amistad: Miguel Manzur Kuri (1928-1993), excelente catedrático y conversador único, a la antigua, y Héctor González Uribe (1918-1988), miembro eminente del departamento, jesuita, estudiante del austriaco E. Coreth. Y luego aparecieron otras personas valiosas, dotadas de la misma virtud: José Rubén Sanabria y Antonio Ibargüengoitia. No se podía pedir más. Como es natural, hubo quienes en su momento supieron ser malos amigos. Como en todas partes. El peligro de la enemistad puede asomar su desagradable rostro de la noche a la mañana. No es la expresión de una incapacidad para hacer amigos y mantener su amistad, sino la perversión o degeneración del sentido de la amistad (que implica un estar siempre dispuesto, un modo de arreglárselas para saber siempre por decirlo así, cómo y de qué manera le molesta al amigo el clavo en su zapato). La amistad se cultiva y con el paso del tiempo, pronto o más tarde puede disfrutarse de sus frutos. Por el contrario, la enemistad, que la vuelva una migaja, es algo que llega fácil y rápidamente, y suele disfrutar de una longevidad semejante a la del rencor, pues se alimenta de cualquier envidia, de cualquier malentendido, se nutre con cualquier intriga, y además se fortalece significativamente con cualquier difamación o calumnia.
Pero algo había en la universidad (no sé si nada más en ese momento), algo que pude percibir como ambiente de paz, que no suele haber en otros grupos de filósofos. Así pude trabajar serenamente con buenos colegas y buenos alumnos. Y ahí, en ese pasillo flanqueado por los cubículos de los profesores, inesperadamente podía uno toparse de frente con el placer que invariablemente produce una buena mezcla de conversación cotidiana y diálogo filosófico, que lo mismo podía venir de mi derecha, en la voz de Manzur Kuri, o de mi izquierda, en la de González Uribe. Del primero, por fortuna y diligencia de buenas personas, pude despedirme ante su féretro, con el dolor vivo de la pérdida irreparable; del segundo, no. El encuentro con Ibargüengoitia, a quien le gustaba aclarar que no era filósofo sino historiador de la filosofía, siempre fue, y todavía sigue siéndolo, un encuentro con un hombre honesto y magnánimo.
Pero había otro colega, mayor que yo, como los demás que he mencionado, que siempre me dejaba la sensación grata de un cuidado especial en su trato conmigo, aunque no lo veía frecuentemente, pues eran muchas sus ocupaciones. Era el padre Sanabria, cuyas obligaciones con su comunidad religiosa, como padre josefino, y con la universidad, como profesor y asesor de tesis, creo que nunca fueron demasiado, en comparación con el esfuerzo físico e intelectual que diariamente desplegaba para que pudiera realizarse la publicación de la Revista de Filosofía.

