Invitación a la literatura clásica. Una forma interesante de estudiar el humanismo en sus fuentes históricas
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz
Advertencia
En esta conferencia reúno muy apretadamente varios artículos sobre el humanismo en sus distintas perspectivas, los cuales he abordado en mi libro Grandeza y miseria del humanismo. He titulado este trabajo con justa razón, Invitación a la literatura clásica. Una forma interesante de estudiar el humanismo en sus fuentes históricas. porque el lector encontrará en cada fragmento una invitación al humanismo, y con la lectura y las fuentes, a las que aquí aludo, podrá hallar más que nombres, autores y títulos de obras históricas. Al menos me queda la satisfacción de que el humanismo no se reduce a un mero nominalismo, porque abarca elementos interculturales, interdisciplinarios, y especialmente, trata de llegar a la sabiduría del humanismo, esto es, a la filosofía, ya que esta, como refiere Mauricio Beuchot: “continuará en el hombre por siempre. Pues ella contiene las preguntas fundamentales para cada ser humano. No hace falta ser profesional de la filosofía, pero a los que hemos optado por esa carrera, nos toca ayudar a los demás a examinar las formulaciones de esas preguntas y a evaluar las soluciones que se han ofrecido para ellas”. (Encuentro con Mauricio Beuchot, Juvenal Cruz Vega, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, Puebla, Pue; 2014, p. 98).
Así pues, en este artículo trataré tres aspectos a saber: Un primer acercamiento al humanismo clásico, El ideario del humanismo a través de la escuela; y Filantropía, erudición, virtud y encomio al humanismo. Ojalá este trabajo toque los corazones de las nuevas generaciones, las cuales andan inquietas en busca de una orientación nueva en su vida, no sólo por el lado del conocimiento, sino también por la formación humana y su encuentro con la verdad, un tema inagotable en todos los tiempos y vigente en todas jerarquías de valores.
Ojalá que esta conferencia contribuya al incremento de los estudios sobre el humanismo, si se prefiere, al humanismo mexicano, pues desde mi sencillez y originalidad lleva impreso el sello del amor a Dios, a la patria y al hombre mismo.
1). Un primer acercamiento al humanismo clásico
Un acercamiento al humanismo en cualquiera de sus vertientes tiene que ser a través de la etimología, la literatura, la gramática, la filosofía, la poesía, el derecho, la historia, o través de uno de los géneros literarios. De lo contrario no tendrá seriedad en su contenido, y sólo tendrá perspectiva, o superficialmente, sólo será una ideología, casi como suele verse en nuestro tiempo.
Al estudiar este tema se pueden ver aspectos semejantes y diferentes, gracias a la analogía que le da mucha elasticidad al tratar de expresar algo de su contenido, estructura, metodología y perspectiva. De allí que se hable de humanismo clásico, humanismo, histórico, humanismo cristiano, humanismo novohispano, humanismo mexicano, entre muchos otros modos de ser.
En efecto, la etimología de las palabras litterae y γράμματα nos da una idea más amplia y nos ayuda a entender una parte fundamental del humanismo. La palabra griega γράμμα-γράμματος-τό significa: signo escrito, letra, escritura; en plural: alfabeto, escrito, escritura, libro, tratado, Sagradas Escrituras, carta, documento, ley, índice, lista, inscripción, dibujo, pintura, enseñanza, doctrina, ciencia. Su correspondiente en latín es la palabra littera-ae; el plural es litterae-litterarum, que además de los siginificados de su correspondiente griego, significa: letras, bellas artes, gramática, erudición, cultura, literatura. Los plurales γράμματα y litterae en su momento fueron muy cercanos a los términos históricos y simbólicos: παιδεία, humanitas, cultura y humanismo.
En este sentido, entiendo el humanismo como la evolución, la actualización y la asimilación del espíritu de la paidéia, la humanitas, la cultura medieval, el humanismo, el pensamiento novohispano y el humanismo cristiano con sus características fundamentales: escuela, lengua, literatura, plan de estudios, ideario, maestro, discípulo, valores, costumbres, pensamientos, etcétera. Varios mundos en uno solo: Grecia, Roma, el cristianismo, la patrística, la escolástica, el Renacimiento, el humanismo, el mundo prehispánico, la nueva España y México independiente. El humanismo es en parte la filología y la literatura, es en sentido amplio litterae y grámmata, algo así como lo que entienden por literatura muchos alemanes contemporáneos, esto es, diversos tipos de manifestación escrita, sea histórica, religiosa, científica, filosófica y artística, para no reducir y empobrecer la literatura y las letras, a poesía, cuento, novela, fábula y narración, tal como lo presenta la mayoría en la actualidad.
Académicamente, el humanismo es aquello que muchos estudiosos han llamado letras clásicas, humanidades, cultura y muchas realidades estrechas que tienen que ver con los autores y con los libros más considerables de la historia del pensamiento. Así fácilmente podemos estar de acuerdo con lo que escribe el doctor Carlos García Gual de la Universidad Complutense de Madrid al examinar con detalle lo que significa el término clásico. “Clásicos son los autores y los textos que han perdurado en el naufragio incesante del tiempo, escapando de la oscuridad, el polvo y la desidia de los siglos. Representan esos textos lo que Schopenhauer llamaba la literatura permanente, frente a la enorme masa de los libros de efímero consumo. Clásicos son los que se resisten a ser engullidos por el vasto olvido. De ellos unos se han mantenido siempre a flote y otros han vuelto, como Jonás, regurgitados del vientre de la ballena, pero firmes y frescos después del largo encierro. En palabras de J.L. Borges, clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad. Son, en efecto, los lectores, los muchos y renovados lectores quienes vienen a confirmar a lo largo de algunas generaciones la calidad sólida de un texto clásico. Y está bien recordar que en esa lealtad reiterada y secular hay siempre un aspecto histórico y subjetivo. Y que, junto a los clásicos universales, hay clásicos nacionales y hay además unos clásicos particulares y más personales. (García Gual Carlos, Los clásicos de Grecia y Roma, Biblioteca Básica de Gredos, Madrid, 2002, p. 2).
Cada lector tiene sus propias preferencias entre ellos; distribuye sus simpatías y elige a sus amigos de verdad. Pero todos los clásicos están avalados por su largo prestigio y arraigados en una tradición, antes recordada y reavivada en la formación escolar. Son esos libros que una persona de sólida formación cultural según las normas debería leer y haber leído. Son los que los retóricos citan y muchos hipócritas afirman haber releído, y que uno, para quedar bien, desearía tener leídos o se promete que los leerá alguna vez. Como escribió Calvino. Constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero también una no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos. Los grandes clásicos tradicionales, los clásicos de siempre y, por antonomasia, en todo nuestro mundo occidental, los que tienen más siglos de supervivencia, los que acumulan comentarios y relecturas y ecos múltiples, los más traducidos y comunes a todos los europeos, son los griegos y los latinos. Están, por decirlo así, en las raíces más hondas de nuestra larga tradición literaria. Aunque haya perdido en la enseñanza universitaria actual el puesto privilegiado y central que tuvieron en la Antigüedad y recobraron en el Renacimiento europeo, y ya no los tengamos como modelos constantes para imitar, siguen conservando su añejo esplendor. (Ibidem, p. 3).
La palabra clásico tiene origen grecorromano, su raíz es el adjetivo classicus-a-um: de primera clase, ciudadano de la primera clase, de la armada, de la caballería. Metafóricamente significa: clásico, inmortal, indestructible, imperecedero y trascendente. Este sustantivo se compuso de las palabras κλᾶσις-εως y classis-classis (f): ejército, armada, flota, escuadrón, clase (con relación a la división del pueblo romano en clases y centurias), rango, contingente, nave, categoría, etcétera. La diacronía de la palabra clásico comenzó en la educación militar, primero griega y luego romana. El ideal de formar al militar era espiritual, religioso, físico, académico y cultural, con el fin de defender la patria. El soldado espartano, el ateniense y el alejandrino fueron un paradigma para el soldado romano. Por eso, éste tenía buenas armas, buena formación, buenas estrategias y buenos principios y conocimientos.
El paradigma y la mímesis eran el mejor recurso didáctico para el aprendizaje. Un estudiante seguía el modelo de su maestro; un hijo de familia el de su padre, y un legionario seguía el ejemplo de su centurión. Por ejemplo, Alejandro Magno siguió el ejemplo de Aquiles y de Heracles, los grandes generales de Esparta y de Atenas siguieron el modelo de Leónidas y de Pericles. Por su parte, Cayo Julio César siguió a Alejandro Magno; entonces César se hizo un gran maestro en muchas ramas de la actividad humana. Los grandes militares de la modernidad y de la actualidad lo han considerado su maestro. Con este esfuerzo y con este modelo, los griegos y los romanos hicieron artes y humanidades clásicas que siguen siendo el modelo de la civilización occidental. (Más detalles véase, Guerra de las Galias, I, 1-3. Cayo Julio César. Toda la Galia está dividida en tres partes, de las cuales los belgas habitan una, los aquitanos otra, y la tercera, los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra, galos. Todos estos se distinguen entre ellos en lengua, en costumbres y en leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos, y los ríos Marne y Sena los separa de los belgas. Los belgas son los más bárbaros de todos estos, porque son los más alejados de la cultura y de la humanitas de la provincia. Subrayo de este texto las expresiones cultu y humanitate, porque estas dos palabras tienen la raíz de los términos cultura y humanismo. Por eso es importante recalcar, que se trata de las artes liberales, la milicia, la filosofía, la retórica, los valores, las costumbres, etc; tal como se ha venido exponiendo a lo largo de la disertación).
Actualmente el término clásico, en sentido positivo se utiliza para clasificar el mejor pensamiento, la mejor música, las mejores obras de arte, la mejor filosofía, la mejor novela, la mejor literatura, las mejores lenguas, etcétera. La filología clásica penetró en el pensamiento medieval, en el Renacimiento, en el pensamiento novohispano y todavía está vigente en las más grandes obras del pensamiento contemporáneo. La modernidad en todas sus vertientes concretas quiso esquivar el pensamiento antiguo, sin embargo, no fue capaz de crear su propio lenguaje. Su heredera la posmodernidad se ha podido expresar por fortuna del lenguaje que los grecorromanos edificaron.
En las instituciones modernas y en la experiencia de los grandes pensadores con frecuencia se hace alusión al valor del humanismo clásico y su fundamento en la educación. El humanista poblano, el padre David López Jiménez, rememora un fragmento de su formación eclesiástica del Seminario Palafoxiano de los años treinta: “en la tradición de los estudios eclesiásticos se ha utilizado una rica nomenclatura sobre la cultura, concretamente las palabras latinidad y romanidad, traídas de la literatura latina antigua, pues es el estudio de las artes liberales, inspiradas en las escuelas de Grecia, de Roma, de la Edad Media y que recomendó el Concilio de Trento a través del estudio del trivium y del quadrivium, es decir, gramática, retórica y dialéctica; aritmética, geometría, música y astronomía. Nuestro estudio en el seminario no era tanto, no era ni latinidad ni romanidad. Era una especie de secundaria, pero se llamaba latín y eran tres años de estudio, después venía la formación de la filosofía y por último se coronaba con la sagrada teología”. (Véase mi artículo, Mi testimonio con uno de los más grandes latinistas de México en el siglo XX. Conversación el padre David López Jiménez (1917-2007). El Comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 24 de noviembre de 2025).
El doctor Mauricio Beuchot Puente tiene varias aportaciones al respecto. Pero resplandecen dos de ellas: una sobre su formación en la adolescencia y otra, en la maduración filosófica de su pensamiento. En la primera dice así: “estudié la primaria en la Escuela Carlos Pereira, de los padres jesuitas, en mi ciudad natal. Después entré al seminario Alfonso María de Ligorio, de los padres redentoristas, en San Luis Potosí. Allí estudié el equivalente a la secundaria y la preparatoria. Era en humanidades clásicas, es decir, se nos insistía mucho en las lenguas, la literatura y la historia. Estudiábamos mucho español, latín, griego, inglés y francés. Hacíamos ya desde entonces traducción del latín, sobre todo a Cicerón, Fedro, César y Virgilio. Del griego traducíamos el evangelio de San Lucas y algunos diálogos de Platón”. La segunda aportación es en su madurez filosófica sobre el retorno del humanismo, dice: “El humanismo vuelve cada vez más fuerte. A pesar de las críticas de Heidegger en su Carta sobre el humanismo, discípulos suyos, como Ernesto Grassi, se han opuesto al maestro. Se ve la necesidad de un nuevo humanismo. Desde mi perspectiva filosófica, tiene que ser un humanismo analógico, que no vaya contra la ciencia-técnica, pero que rescate los valores más altos del ser humano, que es lo que ahora nos hace tanta falta”. (Véase, Entrevista a Mauricio Beuchot, en mi libro Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México. El Barco Ebrio Ediciones. Puebla, 2024, pp. 64-106).
2. El ideario del humanismo a través de la escuela
De todo lo expuesto puede entenderse el valor que ha hecho el humanismo a través de la escuela, pues así puede apreciarse lo más granado de lo que fue el estudio en la antigüedad y de lo que ha producido en la posteridad. Después de lo dicho, hagamos pues, memoria histórica de esta parte del hombre occidental. En Grecia había escuelas en cada ciudad, las principales estaban en Atenas. Según el criterio de los atenienses en tiempos de Sócrates y de Pericles tres propositos debía tener todo ateniense: la prosperidad de su hogar, la castidad de su hija y la educación de su hijo. La escolarización comenzaba con un profesor llamado grammatístes, quien enseñaba a los niños matemáticas básicas, lo que probablemente significaba poco más que aprender a contar con un ábaco, con los dedos o con guijarros. El grammatístes también enseñaba a leer y sobre todo, a escribir, así como a recitar de memoria pasajes de los poemas épicos de la Ilíada y de la Odisea. La importancia cultural de estas dos obras maestras de Homero, llenas de historias apasionantes y de héroes modélicos, también quedaba reflejada en las lecciones de un segundo curso, cuyo profesor era el kitharístes, o tocador de la lira. Este maestro enseñaba a los niños a cantar y a tocar música haciendo uso de la poesía de Homero, que se cantaba acompañada de la lira. Se creía que, entrenando la mente a través de la literatura y la música, el alma del joven sufría una mejora y este se convertía en un recto ciudadano. De la educación física se encargaba un tercer profesor, el paidotríbes, quien desarrollaba cuerpos fuertes y saludables. Al final de la educación formal, las tres disciplinas habían logrado transformar al joven en un kaloskagathós, literalmente, un hombre bello y bueno, el tipo de caballero del que Atenas podía enorgullecerse.
La escuela era privada, no obligatoria y habría que pagar al maestro. La educación básica la componían el grammatístes, el kitharístes y el paidotríbes como se dijo arriba. El padre de familia tenía un pedagogo, cuya función era acompañar al muchacho a la escuela, generalmente era un esclavo, quien debía ayudar al muchacho en las tareas y en la memorización, a veces iba a la escuela para prepararse. Las demás escuelas eran de nivel superior. Había escuelas de leyes, medicina, retórica, filosofía, generalmente alrededor de un gran maestro. La educación era generalmente para varones. En las únicas lecciones que podía participar una chica era en danza y en música. La educación de una chica a menudo se limitaba al aprendizaje de las tareas domésticas, y así esta podría ver poco, escuchar poco y preguntar lo menos posible.
La escuela de Grecia pasó a Roma con algunas modificaciones. Ludus es el nombre que se le asignó a la escuela de Roma al final de la República y los cinco siglos del Imperio. En ella se estudiaban las artes liberales, la milicia, la filosofía y la retórica. El modelo de la escuela estaba tomado de Grecia, concretamente de Atenas. Los cursos se organizaban de la siguiente manera: el primer grado de enseñanza era el ludus litterarius, el cual estaba a cargo del litterator, tenía como meta enseñar a leer, a escribir y a contar. El segundo grado era el ludus grammaticus, que estaba a cargo del grammaticus; los alumnos de esta escuela aprendían gramática, naturalmente, pero también leían a los poetas, con todas las explicaciones necesarias (históricas, geográficas, científicas, etc), aprendían sus obras de memoria, las recitaban con la pronunciación correcta y, con ello aprendían a leer con claridad. El tercer grado era el de la enseñanza de la retórica, llamado ludus rhetor, donde los alumnos aprendían a elaborar discursos persuasivos con su maestro el retórico. (Muchos de estos aspectos aparecen en mi libro de próxima aparición, Grandeza y miseria del humanismo, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de ala Veracruz, Puebla, 2026). También véase Lectiones. Textos clásicos para aprender latín, Patricia Villaseñor Cuspinera, Vol. I, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 2004, pp. 26-27; Vivir la historia de Grecia, Ediciones Time–Life Books, Madrid, 2008, pp. 34-35; Introducción a la cultura y a la filosofía de Grecia Antigua, Pedro M. Gasparotto, Universidad Pontificia de México, México, 1993, pp. 26-27; Safo de Lesbos, la décima musa, Laia Pujol Tost, en Clío, el pasado y el presente, Revista de Historia, MC Ediciones, año 9, número 47, Barcelona, 2009, pp. 38-45; Hipatia linchada por pensar, Dolores Lara Nava, en la aventura de la historia, Unidad Editorial, Revistas S. L. U; Madrid, 2009, pp. 18-22). La escuela grecorromana fue la base fundamental de la inspiración de la escuela medieval, la schola, de ahí se tomó la idea del gran programa de las escuelas, el trívium y el quadrivium, la lengua oficial de la escuela y, sobre todo, el ideario que era la formación religiosa, humana, académica y servicio a la patria.
Con el cristianismo el valor de la patria o el patriotismo, que era el valor supremo de la cultura grecorromana, se vuelve una διακονία: servicio, función, oficio, cumplimiento del deber, ministerio, socorro, auxilio. El oficio de esta virtud lo hacía el diácono. Διάκονος-ου- ὁ: servidor, criado, ministro, diácono. En la literatura griega los diáconos eran esclavos o siervos que tenían cargos muy específicos dentro de la casa, similar a la nomenclatura romana que en lugar de usar los términos servus o famulus para estos asuntos se utilizaba el término minister. Esa nomenclatura griega y latina la utiliza el evangelista Juan en las bodas de Canán. (Jn. 2,1-5); allí los diáconos según el texto griego o los ministros según la versión latina son los sirvientes que trabajaban en la casa, y algunos de ellos figuran en el texto aludido, porque llevaban las vasijas de agua que había solicitado Jesús.
En el contexto de la casa, de la escuela y del templo los diáconos deben estar bien preparados, además están cerca de los presbíteros, que son los hombres más preparados de ese entorno, es decir, son los viejos, los experimentados, los sabios. De ahí su raíz con el adjetivo griego Πρέσβυς-εως: viejo, anciano, experimentado, venerable, digno de respeto, precioso, importante, jefe, enviado, legado, general, delegado. Πρεσβυτέριον-ου-τό: presbiterio y consejo de ancianos. Πρεσβύτης-ου: viejo, anciano, presbítero.
En consecuencia, el diácono es como el profesor en la escuela y el presbítero es como su maestro, es decir, el magis-ter. El ideal del diácono es llegar a ser presbítero o al menos estar cerca de él, y de las dos formas se sigue la idea vocacional de servir a los demás en la comunidad. Quien piense seriamente en la vocación podrá identificarse con lo que dice el padre David López Jimémez, al recordar parte de su época de seminarista allá en los años treinta en el Seminario de Montezuma, Estados Unidos: “todos los seminaristas de entonces solíamos repetir un lema que compuso uno de nuestros profesores: No pienses nunca en descansar, ni en vacaciones, pues el sacerdote sólo tiene derecho a descansar y a vacacionar en el cielo. Debes prepararte muy bien y capacitarte de tal manera en ciencia y en virtud. Que cada uno de ustedes pueda trabajar como cinco, porque llegará el tiempo en que así será necesario, que trabaje el sacerdote”. Al respecto San Juan Crisóstomo nos dejó un hermoso testimonio que tiene la connotación del verdadero sentido del servicio en la vida sacerdotal: “¡Oh Sacerdos¡ ¿Tu quis es? Non es a te; quia de nihilo. Non es ad te; quia mediator ad Deum. Non es tibi; quia soli Deo vivere debes. Non es tui; quia es omnium servus. Non es tu; quia Deus es. Quid ergo es? Nihil et omnia: Oh Sacerdote! ¿Quién piensas que eres tú? No eres la causa de tu existencia, pues fuiste hecho de la nada. No fuiste creado para tu servicio, sino para ser mediador ante Dios a favor de los demás. No debes buscarte a ti mismo, pues solamente debes vivir para Dios. No te perteneces, pues eres siervo de todos, no eres tú, sino que eres representante de Dios. ¿Qué cosa eres, pues? Nada y todo”. (San Juan Crisóstomo, Lib. 3 de Sac; en Tesoro del Sacerdote, por el P. José Macu, S.J. 12ª edición, Barcelona, España, 1898, pp. 1-11. Versión del doctor Justino Cortés Castellanos. Carta del traductor al autor de estas líneas, 9 de diciembre de 2003).
Sin duda, en la historia del humanismo, la Iglesia católica ha guardado bien la tradición en su más grande ropaje, quiere decir, que venía conservando bien la cultura occidental, porque hasta hace unos cincuenta años tenía en el plan de estudios eclesiásticos parte de esa formación: Previa, latinidad, filosofía y teología. La primera etapa era algo así como la primaria, algunas diócesis la cambiaron por alguna escuela similar, por ejemplo, Puebla en 1944, suplió la previa por las escuelas apostólicas, obra del tercer arzobispo de Puebla, monseñor Pedro Vera y Zuria y su adjunto monseñor José Ignacio Márquez y Toriz. (Sobre este tema, véase la Entrevista al Padre Álvaro Ramírez Hernández, de próxima aparición, entrevista inédita, donde recuerda el paso de la previa y la latinidad a la formación filosófica y teológica en los seminarios de los años 1940-1950).
La segunda escuela se llamaba latín o latinidad, que era una especie de secundaria y preparatoria. Se estudiaba en ella, la lengua latina tres o cuatro años con un conocimiento interdisciplinario en distintos géneros; también se estudiaba griego, álgebra, historia de la literatura, botánica, rectificaciones de historia patria, música, oratoria y mucha gramática española. Luego venían los estudios de filosofía que eran tres años, en los cuales se llevaba: lógica, ontología, física, química, geometría, trigonometría, anatomía humana, francés, cosmología, psicología racional, cosmografía, psicología experimental, apologética, inglés, filosofía fundamental, canto gregoriano. Finalmente se estudiaba la teología con cuatro años, en ellos se estudiaba teología en todas sus vertientes: fundamental, bíblica, pastoral, litúrgica; hermenéutica, exégesis, griego bíblico, hebreo, náhuatl, historia de la iglesia y derecho.
Actualmente no existen la previa ni la escuela apostólica, se suplieron por la primaria y por la secundaria o como se llama oficialmente en nuestro país, por la educación básica. En algunos lugares se ha conservado el seminario menor, que es el lugar para estudiar el bachillerato o la preparatoria. Se tiene el curso introductorio o propedéutico, filosofía y teología, y se conservan las cuatro áreas de formación del humanismo clásico y cristiano: humana, espiritual, académica y patria (pastoral). El área pastoral es similar a lo que los griegos llamaban patria, los medievales lo cambiaron por la expresión iglesia o Dios, los renacentistas y humanistas lo cambiaron por el mérito propio, y la iglesia ha mantenido el ideal de la Edad Media, esto es, el amor a la iglesia o el amor a Dios. (En esta tesis se une el ἀγάπη: amor y caridad, como centro del mensaje del cristianismo y uno de los principios del kerigma, con la διακονία: servicio, función, oficio, cumplimiento del deber, ministerio, socorro, auxilio; frente al ἔρως y a la φιλία, es decir, amor, pasión, alegría; amistad, cariño, afecto y ternura. En dado caso se trata de la parte inicial del ἀγάπη. San Pablo es magistral en este punto porque a través del amor le da plenitud a todos los estractos del ser humano, incluso, le da plenitud a todos los valores. (Véase 1ª Cor. 13, 1-13).
El papa Benedicto XVI en uno de sus últimos discursos sobre la lengua latina, usó una frase que produjo polémica en la prensa y que se refiere al tema que estamos abordando; la expresión es la siguiente: Pro Dei amore Latinam linguam discite (estudien latín por amor a Dios). Causó polémica, porque muchos periodistas que no entendieron el mensaje del papa creyeron que se trataba de una llamada de atención a los católicos, pues muchos, sin saber sintaxis, semántica, pragmática, filosofía y teología, y guiados por la simple intuición y su formación autodidacta de la lengua latina, tradujeron aquella oración de esta forma: estudien latín por el amor de Dios. Yo veo que esa hermosa frase alude a la historia de la educación, que parte de Grecia, Roma, Edad Media, Renacimiento, Concilio de Trento y Concilio del Vaticano Segundo. La lengua latina fue la materia de tronco común de la escuela en dieciocho siglos, y en ellos se mostró mejor calidad educativa, lo cual se prueba por la historia y por las fuentes literarias. Por su parte, la escuela moderna o educación laica solamente conserva una de las áreas, la académica, las demás, las ha dejado a decisión personal.
La reflexión profunda sobre el humanismo invita a la meditación sobre la vocación, más que al gusto y al simple intelectualismo. Desde su misma raíz, como el verbo voco-vocas-vocare-vocavi-vocatum, cuyos significados más comunes son: llamar, hacer venir, convocar, congregar, reunir, invocar, convidar, atraer, concitar, invitar, exhortar, pedir, provocar. Así pues, la vocación del humanista es la búsqueda y la posesión de la verdad, porque es un llamado del Ser, implica una dialéctica de insatisfacción y de frustración que nada puede saciar. Esta frustración, es ansia por el Ser e imposibilidad de su conocimiento inmediato y presencial, causa el dramatismo de la vida misma. Esta vocación no es como cualquiera, porque está impulsada por el fundamento, que lo llama insistentemente en su interior, no como un imperativo categórico al estilo kantiano, sino como una invitación al estilo agustiniano, algo así como aquella oblación: “No vayas afuera, regresa hacia ti mismo, porque en el interior del hombre habita la verdad”. (Noli foras ire, in teipsum redi: in interiore homine habitat veritas. De vera religione, cap. 39, núm. 72, Obras Completas, BAC, Madrid, 1948, Tomo IV, p. 158. Tomé la idea siguiendo la lectura de José Rubén Sanabria, Introducción a la filosofía, Editorial Porrúa, México, 1976, pp. 281-295. En general es toda la teoría del autoconocimiento, que tuvo privilegio en Grecia a partir del oráculo de Delfos, donde se encontró esculpida la frase inmortal γνῶθι σεαυτόν, nosce teipsum, conócete a ti mismo.
Esa frase manifiesta la verdad fundamental de la naturaleza humana que se distingue en la creación como la poseedora de la conciencia. De ahí las preguntas fundamentales de toda filosofía, antropología, psicología y teología: ¿quién soy? ¿a dónde voy? ¿qué son las otras cosas? ¿por qué existe el mal? ¿qué es la muerte? ¿qué hay después de la vida? Estas preguntas fundamentales están contenidas, no sólo en la religión cristiana, sino también en todas las religiones de Oriente y de Occidente, y en los grandes sistemas filosóficos, así se manifiesta su origen común en la capacidad y necesidad del corazón humano, de buscar el profundo sentido de la realidad, es decir, la verdad. (Más detalles, véase Encuentros y desencuentros del humanismo clásico y cristiano, Rosendo Huesca Pacheco, en Episodios estelares del humanismo mexicano, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, Número 5, Puebla, Pue.).
Así la vocación, es una integración entre la vida, la experiencia y la contemplación, algo así dice mi maestro, Guillermo Hernández Flores de otro también, maestro, Mauricio Beuchot: “la personalidad de Mauricio Beuchot, como se apuntó desde el principio, no se agota ni mucho menos en su ser de pensador y de filósofo, sino comprende, además, la del hombre cuyo horizonte último es la religión; Beuchot es, también, sacerdote dominico, aspecto éste inseparable de aquel otro. Y de aquí precisamente su carácter de símbolo cuya función consiste “en llamar la atención hacia el misterio y conectarlo con él”. Este carácter, sin embargo, ha jugado un doble papel en su experiencia de vida. Convencido, por una parte, de que la experiencia de la verdad es una experiencia del Logos, es decir, de Dios, se sitúa perfectamente en su vocación, que es a la búsqueda y a la contemplación de la Verdad, “la santificación de la inteligencia”, según interpretaba el mismo Santo Tomás el carisma dominico. Y “eso –confiesa Beuchot– es lo que da sentido a mis trabajos y a mi vida misma”. (Hernández Flores Guillermo, Perfil biográfico de Mauricio Beuchot: el hombre como autor, en Cuadernos de Investigación de Filosofía Mexicana y Latinoamericana, op. cit p. 44. Esta explicación del doctor Guillermo Hernández Flores sobre la vocación del doctor Mauricio Beuchot hace pensar en una vocación específica o especial cuyo llamado viene del Ser, algunos dirán que el llamado viene de Dios; también puede hacerse alusión al fundamento de la vocación, al discernimiento y a la elección desde el seno materno, algo así como lo hace ver san Justino Mártir con las semillas del verbo o como san Agustín con las razones seminales. El eclesiástico es magistral en este punto cuando habla del temor de Dios como un acompañamiento a los fieles desde el seno materno. (Si. 1, 11-20).
Haciendo una reseña de la historia de la escuela es como puede entenderse aquel superhumanismo del que hablaba en los años cuarenta el gran humanista mexicano Gabriel Méndez Plancarte. Solo así podemos ver y comprender la formación de esos hombres que aportaron mucho al mundo; y en México desde la Nueva España, pasando por el siglo XIX y casi todo el siglo XX, hemos visto hombres ilustres que no aparecieron por generación espontánea como: Emeterio Valverde y Téllez, Ángel María Garibay Kintana, José Plancarte, Hermilo Camacho, Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, Alfonso Castro Pallares, Jesús Herrera Aceves, Héctor Rogel. (Es digno de admirar la obra que hizo el padre Héctor Rogel al haber creado una de las bibliotecas más grandes de México en humanidades. Yo me siento muy cercano a su obra porque también he realizado una obra similar y otros la han disfrutado mayormente. Me refiero a la creación de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, y por otro lado, me refiero al provecho de la biblioteca que ha dado a muchas instituciones, generaciones y personas de la nación y del extranjero. Hay un epigrama que el prestigiado humanista mexicano Tarsicio Herrera Zapién construyó, a propósito del padre Héctor y de don Jesús Herrera. “Don Héctor y don chuco sus talentos han unido. Don Héctor hizo una biblioteca y don Chucho la ha leído”); Luis G. López, José Sánchez Villaseñor, José Rubén Sanabria, Federico Escobedo, Sergio Méndez Arceo, Bernabé Navarro, Eduardo González Fuentes, Francisco José Cabrera Pérez y Salazar, Tarsicio Herrera Zapién, David López Jiménez, Justino Cortés Castellanos, Guillermo Hernández Flores, Mauricio Beuchot Puente, entre otros. (Para ver un repertorio de grandes humanistas del ámbito eclesiástico, merece un reconocimiento especial la labor del padre Eduardo Chávez Sánchez catedrático del Seminario Conciliar de México por su voluminosa obra en dos tomos, Historia del Seminario Conciliar de México, publicada por la editorial Porrúa. En verdad su obra es un modelo y una forma de invitar a la investigación con rigor, cientificidad, interdisciplinariedad, normatividad y aplicabilidad. Ahí se citan documentos de valor de diversos archivos importantes a nivel internacional, obras de nuestro medio que han rescatado muchos aspectos importantes de la historia de la iglesia en México, por ejemplo: La Historia del Seminario Palafoxiano de Puebla del padre Nicanor Quiroz y Gutiérrez, La Historia del Seminario de Montezuma, del padre Luis Medina Ascencio S.J. (Véase mi artículo, “Comentario a la Historia del Seminario de Montezuma”, en Semanario Koinonía, Año VI, núm. 280, 13 de julio, 2003, p. 4; igualmente un artículo muy interesante del padre Guillermo Hernández Flores, “Mis recuerdos de Montezuma”, ibidem, núm. 281, 20 de julio de 2003, p. 13. Conviene leer con detenimiento un excelente trabajo del doctor Tarsicio Herrera Zapién, “El grupo de ábside y los humanistas levíticos de México”, en Nova Tellus, Anuario del Centro de Estudios Clásicos, núm. 17.1, México 1999, pp. 159-187. En otro trabajo hay una apreciación muy justa sobre la revista Ábside y sobre su fundador en el volumen dedicado a la Memoria del doctor Gabriel Méndez Plancarte, en Ábside, Año XIV, núms. 1-2, México 1950. Hay suficiente bibliografía al respecto en mis dos libros, Oratio de sacerdotis natura y Las virtudes de un cura rural, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, Puebla, 2012).
3. Filantropía, erudición, virtud y encomio al humanismo
En esta travesía puede verse que la memoria histórica nos ha dado una aseveración más justa de la perspectiva del humanismo. La parte defectiva y negativa sólo lleva a soluciones superficiales y a vías espinosas. En cambio, en la parte positiva y competente pueden reunirse elementos interdisciplinarios e interculturales edificantes. Con lo expuesto puede hacerse un ejercicio profundo sobre el humanismo, por ejemplo, si tomamos una parte del espíritu de la παιδεία, de la humanitas, de la cultura o del humanismo y, sobre todo, si queremos concurrir en el designio de la educación oficial de México, se ampliará más el horizonte equitativo frente a la crisis mundial en materia de educación y de cultura.
La educación desde la Antigüedad hasta el Renacimiento había pasado por tres momentos: la familia, la escuela y el templo. La primera educación era una filantropía donde la bondad y la benevolencia se aprendían en la casa, mediante la mímesis o con el testimonio del padre y de la madre. La segunda formación era la escuela, donde se asimilaba el conocimiento, discere: rem novam cognoscere, cuyos símbolos eran la σοφία, sapientia y ciencia. El lugar del padre de familia lo tomaba el maestro en la escuela, quien tenía una formación interdisciplinaria bien organizada. Si el maestro sabía iba a formar excelentes discípulos, si el maestro no sabía no debía dar clase. La tercera etapa de la educación era la formación religiosa y espiritual, la cual se aprendía en el templo y venía a fortalecer la educación de la familia y de la escuela y no a contradecirla. El trabajo era una educación completa e integral, lo que podríamos llamar: una buena formación en valores, en el conocimiento y en la virtud.
Si revisamos la historia universal podemos ver coincidencias en la formación indoeuropea, semítica, camítica, monosilábica y aglutinante, tal como puede constatarse en testimonios interculturales de babilonios, persas, hititas, hebreos, egipcios, troyanos, armenios, caldeos, griegos, romanos, cristianos, germanos, romances, eslavos, mesoamericanos y mexicanos. Todas estas culturas creyeron en la capacidad y en el paradigma del padre de familia, del maestro y del sacerdote. Por eso el alumno aprendía los asuntos de la casa, de la escuela y del templo. El historiador Jenofonte siendo griego queda impresionado de la educación de los persas: “Tῶν Περσῶν οἱ παῖδες μανθάνουσι δικαιοσύνην. Οἱ δ’ἄρχοντες δικάζουσιν παισὶν πρὸς ἀλλήλους ἐνκλήματα καὶ κλοπῆς καὶ ἁρπαγῆς καὶ βίας καὶ κακολογίας. Δικάζουσι δὲ καὶ ἐνκλήματα ἀχαριστίας∙ νομίζουσι γὰρ τοῦς ἀχαρίστους ἀνθρώπους καὶ τῶν θεῶν ἀμελεῖν καὶ τῶν τεκόντων καὶ τῆς πατρίδος καὶ τῶν φίλων. Διδάσκουσι δὲ τοὺς παῖδας καὶ σωφροσύνην καὶ ἐκρατείαν γαστρὸς καὶ πότου. Μανθάνουσι δὲ καὶ τοξεύειν καὶ ἀκοντίζειν”. (Hélade, Jaime Berenguer Amenós. Ed. Bosch, Barcelona, 1999, p.3. Los hijos de los persas aprenden la justicia y los magistrados juzgan a los niños contra la acusación recíproca del robo, de la rapiña, de la violencia y de la calumnia. Igualmente, los reproches de la ingratitud, pues consideran que los hombres ingratos se olvidan de los dioses, de sus padres, de su patria y de sus amigos. También enseñan a los niños, la prudencia y la moderación de la comida y de la bebida. Finalmente aprenden a disparar el arco y a lanzar la jabalina. Este texto nos enseña que el ateísmo conduce al segundo problema, la muerte del hombre y después viene todo el vacío del hombre. Vuelve a repetirse ese fenómeno en el pensamiento y en la conducta de los siglos XIX y XX con la teología de la muerte de Dios y con la filosofía de muerte del hombre. En esta aurora del siglo XXI tiende a subir y a bajar este ciclo posmodernista).
En este sentido es magistral el evangelista Lucas en su proyecto de presentar la formación del maestro, pues asimiló perfectamente la tradición, tanto oriental como occidental, al integrar todo el trabajo interdisciplinario y vinculado que debe reflejarse en la verdadera educación: vida, sabiduría y virtud, pues de esta manera puede verse en el siguiente versículo bíblico del gran escritor sagrado: Καὶ Ἰησοῦς προέκοπτεν ἐν τῇ σοφίᾳ καὶ ἡλικίᾳ καὶ χάριτι παρὰ θεῷ καὶ ἀνθρώποις. Al examinar cada una de las palabras del texto aludido puede verse la reunión de la filantropía, la paidéia, la humanitas, la cultura, el humanismo y la virtud. En realidad, merece estudiarse todo el apartado de la sabiduría divina, la cual destaca el mismo evangelista, porque en este texto hay muchas virtudes y cualidades que deben tener y aprender el maestro y el estudiante, y que hemos insistido a lo largo de toda la reflexión. Veamos y disfrutemos la lectura de este gran escritor: “Καὶ ὡς ἐτέλεσαν πάντα τὰ κατὰ τὸν νόμον κυρίου, ἐπέστρεψαν εἰς τὴν Γαλιλαίαν εἰς πόλιν ἑαυτῶν Ναζαρέθ. Τὸ δὲ παιδίον ηὔξανεν καὶ ἐκραταιοῦτο πληρούμενον σοφίᾳ καὶ Χάρις θεοῦ ἦν ἐπ’αὐτό. Καὶ ἐπορεύοντο οἱ γονεῖς αὐτοῦ κατ’ἔτος εἰς Ἰερουσαλὴμ τῇ ἑορτῇ τοῦ πάσχα. Καὶ ὅτε ἐγένετο ἐτῶν δώδεκα ἀναβαινόντων αὐτῶν κατὰ τὸ ἔθος τῆς ἑορτῆς. Καὶ τελειωσάντων τὰς ἡμέρας, ἐν τῷ ὑποστρέφειν αὐτοὺς ὑπέμεινεν Ἰησοῦς ὁ παῖς ἐν Ἰερουσαλήμ καὶ οὐκ ἔγνωσαν οἱ γονεῖς αὐτοῦ. Νομίσαντες δὲ αὐτὸν εἶναι ἐν τῇ συνοδίᾳ ἦλθον ἡμέρας ὁδὸν καὶ ἀνεζήτουν αὐτὸν ἐν τοῖς συγγενεῦσιν καὶ τοῖς γνωστοῖς. Καὶ μὴ εὑρόντες ὑπέστρεψαν εἰς Ἰερουσαλὴμ ἀναζητοῦντες αὐτὸν. Καὶ ἐγένετο μετὰ ἡμέρας τρεῖς εὗρον αὐτὸν ἐν τῷ ἱερῷ καθεζόμενον ἐν μέσῳ τῶν διδασκάλων καὶ ἀκούοντα αὐτῶν καὶ ἐπερωτῶντα αὐτούς. Ἐξίσταντο δὲ πάντες οἱ ἀκούοντες αὐτοῦ ἐπὶ τῇ συνέσει καὶ ταῖς ἀποκρίσεσιν αὐτοῦ. Καὶ ἰδόντες αὐτὸν ἐξεπλάγησαν, καὶ εἶπεν πρὸς αὐτὸν ἡ μήτηρ αὐτοῦ, τέκνον, τί ἐποίησας ἡμῖν οὕτως; Ἱδοὺ ὁ πατήρ σου κἀγὼ ὀδυνώμενοι ἐζητοῦμέν σε. Καὶ εἶπεν πρὸς αὐτούς, τί ὅτι ἐζητεῖτέ με; οὐκ ᾔδειτε ὅτι ἐν τοῖς τοῦ πατρός μου δεῖ εἶναί με; Καὶ αὐτοὶ οὐ συνῆκαν τὸ ῥῆμα ὃ ἐλάλησεν αὐτοῖς. Καὶ κατέβη μετ’αὐτῶν καὶ ἦλθεν εῖς Ναζαρὲθ καὶ ἦν ὑποτασσόμενος αὐτοῖς. Καὶ ἡ μήτηρ αὐτοῦ διετήρει πάντα τὰ ῥήματα ἐν τῇ καρδίᾳ αὐτῆς. Καὶ Ἰησοῦς προέκοπτεν ἐν τῇ σοφίᾳ καὶ ἡλικίᾳ καὶ χάριτι παρὰ θεῷ καὶ ἀνθρώποις”. (Lc. 2, 39-52).
Esta parte de la disertación pudo haberse titulado: del humanismo clásico al humanismo cristiano, porque éste último tomó las fuentes y la inspiración original del primero, de ahí se comprende lo que se dijo en el desarrollo del trabajo: humanismo, superhumanismo y humanismo auténtico, es decir: Grecia, Roma, Edad Media, Renacimiento, mundo prehispánico, Nueva España y México independiente. Así fácilmente, se puede entender lo que bellamente decía don Alfonso Reyes, al disertar sobre la cultura y sobre el humanismo occidental: “Viaja la cultura, no se está quieta. Por tres siglos funda sus cuarteles en Atenas; por otros tres siglos, en Alejandría; madura por otros cinco en Roma; ocho reposa en Constantinopla. Y al cabo se difunde por el Occidente europeo, para después cruzar los mares en espera de la hora de América, hoy más apremiante que nunca”. (Reyes Alfonso, La crítica de la edad ateniense (600 a 300 a. C), 1941, en Obras completas, Vol. XIII, Fondo de Cultura Económica, 1961. También citado por Jacques Lafaye, Por amor al griego, op. cit, p. 15).
Síntesis y conclusión
No quiero terminar esta disertación, sin dejar de celebrar, el más grande encomio sobre el humanismo y sobre el humanista en México, el estilo es demasiado severo con las nuevas generaciones que carecen de lo elemental del humanismo. Si el lector lo toma literal, principalmente el universitario, por supuesto que le costará mucho trabajo asimilar este gran legado cultural, más, si lo compara con lo que se tiene por humanismo en las nuevas generaciones; pero si el lector lo ve de una forma analógica, tiene mucho qué aprender, porque el humanismo auténtico invita a la benevolencia, a la erudición y a la virtud. Para terminar, veamos, pues, un fragmento de la sabiduría de aquel gran pensador mexicano, el inmortal Gabriel Méndez Plancarte: “El humanista auténtico es el hombre que, mediante la asimilación de los más altos valores de la humanidad precristiana y su síntesis vital con los valores supremos del cristianismo, llega a realizar en sí un tipo superior de “hombre” en el que la esencia humana logra florecimiento y plenitud. Para el genuino humanista, el estudio de las lenguas clásicas no es fin sino medio, no meta sino punto de partida, no mazmorra ni cárcel sino ventana luminosa abierta al pasado y ancho camino abierto al provenir. Por el dominio del griego y del latín, el humanista se hace capaz de penetrar en una vasta zona de la cultura humana, cerrada al que no posee aquellas lenguas: desde la Hélade prehomérica que floreció en Creta y en Micenas, Hasta la Edad Media y el Renacimiento italiano, pasando por la Grecia de Platón y de Pericles, por el Helenismo que irradió desde Alejandría, por la Urbe imperial de Horacio y de Augusto, por la Roma cristiana de Pedro y de las catacumbas. No un mundo, sino varios mundos culturales –el griego, el helenístico, el latino, el cristiano-occidental de los quince primeros siglos de nuestra Era, el bizantino-, permanecen casi hermenéuticamente inaccesibles para quien ignora las lenguas clásicas. Pero el humanista no penetra en esos orbes como quien entra en una tumba egipcia y se queda absorto ante la hierática rigidez de las estatuas faraónicas y de las momias que no conservan más que una mueca de muerte que en vano pretende eternizar el gesto y la pulsación de la vida. El humanista va al pasado, pero no se instala en el pasado. Va al pasado sólo para beber en la fuente viva que, bajo los escombros de los siglos bárbaros, sigue manando, indeficiente y eterna como los arquetipos platónicos. Va al pasado para fecundar el presente y alumbrar el porvenir. Lingüística y filología comparada, arqueología y erudición de todo género, son sus auxiliares, pero nada más que auxiliares: instrumentos de trabajo, dóciles servidores subalternos. El mero arqueólogo, el simple lingüística, el puro erudito, no son humanistas sino anticuarios, no son arquitectos sino albañiles. Humanista es quien, sin mengua de la filial devoción a la patria, sabe ser y sentirse “ciudadano del mundo”; sin temor al mentís de la engañosa realidad efímera, sabe creer en la inverosímil pero perdurable realidad: en la victoria final del Derecho sobre la Fuerza, de la persona dueña de sí misma sobre el “hombre—masa” y sobre el dios-Estado, de la Psicología y la Moral sobre la Biología y la Mecánica, del Espíritu libre sobre la esclava Materia, de la Inteligencia ordenadora de Anaxágoras sobre el ciego Acaso de Democrático, de la libertad de los hijos de Dios sobre la oscura tiranía del error y del mal, de la Vida sobre la Muerte. Humanista cristiano es el que cree en la humanidad, caída sí, pero redimida por Cristo y sublimada por su gracia a destinos sobrehumanos y eternos. Porque el humanismo cristiano es un superhumanismo; mas no como el de Nietzsche, orgulloso y anticristiano y utópico, sino como el de Dante, como el de Tomás de Aquino, como el de Fray Luis de León, como el de Luis Vives: superhumanismo o sobrehumanismo teocéntrico, pero hondamente enraizado en el fecundo limo primordial; sobrenatural y naturalismo; nacional y “cosmopolita”—en la dignidad etimológica de esta noble palabra hoy profanada por los trotamundos vacíos-; fiel a la tradición en lo que ésta tiene de perenne y vivaz, pero ávido de nueva luz y transido siempre por uno como temblor de alumbramiento. Humanista es quien, aspirando el perfume de las viejas rosas inmarcesibles, lo acendra y lo transfunde en las rosas juveniles que hoy abren sus pétalos bajo el ojo paterno y siempre joven del sol. A ese tipo de humanistas –no meros “literatos” sino hombres en plenitud—pertenecen los nuestros, desde el patriarca Cervantes de Salazar, discípulo del inmortal Luis Vives, en el siglo XVI, hasta Pagaza a fines del XIX; y a ese tipo queremos acercarnos quienes pugnamos hoy por reencender la antorcha egregia y transmitirla a los jóvenes generaciones mexicanas. Pero ningunos han realizado tan plenamente ese paradigma superior de humanismo como aquella falange de ilustres jesuitas desterrados que, en la segunda mitad del XVIII, maduraron cultura auténtica y visceralmente mexicana e hicieron irradiar sobre el mundo, desde la docta Bolonia, el esplendor del humanismo criollo. (Méndez Plancarte, Gabriel, Humanistas del siglo XVIII, UNAM, 1941, pp. IX-XI).

