Opinión

La vocación humanista del maestro. Un auténtico maestro sabe buscar y sabe inspirar

Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

Exordio.

Hago un reconocimiento y un agradecimiento sincero a cuatro de mis maestros que me han hecho posible como maestro. Al doctor Mauricio Beuchot, el maestro que me enseñó a caminar con los grandes a través de su sabiduría y su humildad. Al doctor José Rubén Sanabria, el maestro que me enseñó a dialogar, aún con los diferentes a nosotros. Al doctor Justino Cortés, el maestro que me enseñó a buscar a través de las fuentes. Al doctor Guillermo Hernández Flores, el maestro que me inspiró a ser maestro, imitando al maestro por el que los grandes maestros son maestros. Y a cada uno de mis maestros y de mis discípulos, porque ellos me han hecho posible como maestro.

Introducción

Actualmente al maestro se le acusa con frecuencia que ya no es humanista. Pues si recordamos la historia del humanismo, también hay que apuntar los oficios de los grandes humanistas, por ejemplo, en Atenas los humanistas eran los filósofos, los poetas, los historiadores, los artistas y los retóricos. (La retórica en Grecia y Roma, Laurent Pernot, Gerardo Ramírez Vidal (editor), Carina Castañeda Barrera y Oswaldo Hernández Trujillo (traductores). Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2023, 299 pp).

En Alejandría los humanistas eran los gramáticos y sólo con Eratóstenes los filólogos. En Roma los humanistas fueron los poetas, los oradores, los abogados y muy rara vez los filósofos, como Cicerón y Séneca. En la Edad Media los humanistas fueron los filósofos y los teólogos. En el Renacimiento fue un caso extraordinario, porque fue una historia semejante a Roma y a Grecia clásicas, pues los humanistas tenían una formación interdisciplinaria, lo mismo los gramáticos, los filólogos, los artistas, los científicos, los filósofos y los teólogos. (Por amor al griego, la nación europea, señorío humanista, siglos XIV-XVII, Jacques Lafaye, Fondo de Cultura Económica, México, 2005, 477 pp). En la Nueva España los humanistas eran los filósofos, los poetas, los retóricos y los teólogos. (Véase La enseñanza de la retórica grecolatina en la Nueva España durante los siglos XVI y XVII. José Quiñones Melgoza, UNAM, 2020, 71 pp).

En esto son magistrales los autores contemporáneos que dan muestra de esta tesis, por ejemplo, Gabriel Méndez Plancarte, Tarsicio Herrera y Mauricio Beuchot (Véase Humanistas del siglo XVIII, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1944, 194 pp; igualmente del mismo autor, véase, El humanismo mexicano, Introducción de Octaviano Valdés, Seminario de Cultura Mexicana, México, 1970, 236 pp; Historia del humanismo mexicano, Tarsicio Herrera Zapién. Editorial Porrúa, México, 2000, 270 pp; Historia de la filosofía en el México colonial, Mauricio Beuchot Puente. Editorial Herder, Barcelona, 1996, pp. 280. En el siglo XX resurgió el humanismo y los humanismos, en esta tarea imperiosa tenían fama de humanistas los poetas, los abogados, los médicos y los sacerdotes. (En los veinte siglos del humanismo cristiano siempre ha habido sacerdotes humanistas, desde los apologistas hasta los recientes autores del siglo XX y la primera mitad del siglo XXI, véase mi artículo El humanismo icónico analógico del sacerdote, en Revista Koinonía, Arquidiócesis de Puebla, Año VII, número 61, marzo-abril, 2008, pp. 6-22; véase igualmente, El humanismo mexicano, Gabriel Méndez Plancarte. Opu. Cit, 233 pp).

Actualmente es muy extraño que a algún oficio se le diga humanista, salvo los políticos en México reciente, se llaman humanistas a sí mismos, pero esto no es más que moda y ocurrencia con diminuta conciencia de lo que realmente es el humanismo y lo que significa humanista. No obstante, el maestro desde la antigua Grecia, Alejandría y Roma con el nacimiento de la escuela ha sido el humanista por antonomasia, aclarando que los términos humanismo y humanista son recientes y datan del siglo XVIII. (Más detalles sobre el maestro como humanista a través de la escuela, véase mi artículo El humanismo a través de la escuela. Algunas consideraciones para su estudio. El Comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 17 de noviembre de 2025).

Urge, pues que el maestro retome el humanismo y recupere nuevamente su lugar en la historia de la escuela. Por eso aquí, haré una aplicación del humanismo a la noción de maestro, insistiendo en el paradigma o modelo que ha tenido a través de la escuela. En el itinerario empleo los ocho casos gramaticales de las lenguas indoeuropeas para expresar cada una de las características del maestro. El nominativo como sujeto y predicado nominal de la oración. El genitivo como complemento del nombre, el dativo, indicando el complemento indirecto, el acusativo como complemento directo y circunstancial, el vocativo como sujeto interpelado o apelativo, el ablativo como complemento circunstancial; y dentro de este caso, los dos restantes: el locativo y el instrumental. No me quedo en el plano meramente gramatical, porque abarco la filosofía, la metafísica, la etimología, la ética, la axiología, la pedagogía y la hermenéutica para expresar las virtudes de un maestro humanista: un modelo o un ícono para las generaciones futuras.

Así, pues, aquí retomo al maestro como el humanista por antonomasia, y como la virtud y talento dentro de la escuela. Y por lo mismo, insisto en el proceso de conocimiento y autoconocimiento del maestro y del alumno del modo siguiente: “el maestro debe ver lo que hay dentro del alumno, pero también, el alumno necesita ver lo que hay dentro de sí mismo. Pues si el alumno es un diamante como suelen decir los optimistas de la educación, qué sería el diamante si no hay quién pueda darle su valor. El que le da el valor es más que el diamante, es un magis-ter, porque, aunque el diamante sabe que es lúcido, brillante y duradero, sólo podría ser, si hay quien lo haga ser, pues sólo un maestro de verdad es capaz de ver un diamante, al alumno”. (Sobre este tema, véase mi artículo, Homenaje al maestro. La virtud y el talento de ser maestro. El comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 12 de mayo de 2025).

De todo lo aludido, solamente veremos al maestro con dos casos a saber: acusativo y ablativo. (Más detalles, véase mi artículo Homenaje al maestro. La virtud y el talento de ser maestro. El Comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 12 de mayo de 2025).   

1). El maestro como acusativo

El maestro es un acusativo. Este caso sirve para construir el predicado verbal, también llamado objeto directo y complemento directo. El origen de esta palabra es el supino del verbo latino accuso-accusas-accusare-accusavi-accusatum: acusar, culpar, llevar a juicio, quejarse de, reprochar, inculpar, juzgar y causar. Su correspondiente en griego es el verbo αἰτιάομαι-αἰτιάσομαι-ᾐτιασάμην-ᾐτίαμαι (ᾐτίημαι)-ᾐτιάθην: considerar como causa, considerar como autor de, hacer responsable, acusar, inculpar, increpar. La palabra latina accusativus se pone en griego αἰτιατική.

En sentido positivo simboliza el predicado verbal, el objeto o complemento directo de la enseñanza, porque él es el sujeto propio del conocimiento y lo transporta directamente al alumno. A veces tiene que hacerle de doble acusativo, porque debe enseñar la ciencia por su misma naturaleza de maestro y la debe transmitir a sus alumnos en los cuales recae la acción de la enseñanza. (Esta nota se puede explicar con el verbo latino doceredocui-doctum, el cual pide dos acusativos, uno de cosa y otro de persona; el primero es la ciencia o la disciplina que enseña el maestro, y el segundo acusativo lo forman los alumnos que reciben directamente esa acción).

Igualmente, puede hacer las veces de circunstancia, porque su finalidad y su proyecto docente es enseñar, independientemente de que algún alumno no se lo merezca. Al conocer a sus alumnos de uno en uno, debe tener un acercamiento con ellos como una especie de complemento circunstancial locativo de dirección, directo a los alumnos, y con mayor atención a los menos insignificantes del grupo, aquellos que por sí mismos no se dan cuenta que tienen capacidad para aprender y para estudiar. Por lo cual, para que la enseñanza sea efectiva, siempre hay que romper todos los obstáculos que se presenten en el aula a la hora de la enseñanza. Reúno aquí tres sentencias de personas que suelen presentarse en las clases y que a menudo son fruto de comentarios de los profesores: “hay gente que sabe que sabe, hay gente que sabe que no sabe, y hay gente que no sabe que no sabe”. Yo pienso que las dos últimas son más aptas para el aprendizaje, porque una educación equivoca y análoga puede tener salvación con la enseñanza de un buen maestro, pero la unívoca es muy intolerante y soberbia, porque está llena de prejuicios como dice una de las máximas del libro de los Proverbios: “los soberbios desprecian la sabiduría y la educación”. (Prov.1, 7).

La hermenéutica analógica de Mauricio Beuchot es muy sugerente al respecto, al estar del lado de la analogía o de la proporcionalidad y más cerca de una tesis equívoca y muy lejos de una unívoca. Pues a menudo le he escuchado decir a Mauricio Beuchot en el contexto de la posmodernidad y la educación, que uno de los obstáculos fuertes para el aprendizaje es la negligencia.

A través de la evaluación continua, el maestro debe ser un acusativo exclamativo en dos sentidos: llamarse la atención a sí mismo, y llamar la atención a los alumnos. Lo primero, es decir, llamarse la atención a sí mismo como suele verse en las fábulas de Esopo, Fedro, y las poesías de Ovidio, Virgilio y Horacio, que nos recuerdan esas expresiones como: “me infelicem”¡ Oh infeliz de mí, pobre de mí, como diciendo: qué estoy haciendo en el aula¡ ¿Por qué no enseño, si mi obligación de maestro es enseñar al que no sabe? Lo segundo, en lo cual el maestro es un exclamativo, porque puede llamar la atención a los alumnos y regañarlos, con el fin de que vayan adquiriendo responsabilidad y juntos con el maestro logren hacer el acusativo adverbial, con lo cual el alumno se hará muy fuerte o más fuerte al lado del maestro.

Lo único que no debe ser un maestro, es un acusativo en sentido negativo, porque eso sería dañar al discípulo y sería convertirlo en menos fuerte, pues como dice una de las máximas más destacadas de la humanidad: “la justicia engendra justicia y el daño engendra daño”. (Citado por Demetrio Frangos en Gramática griega, Editorial Porrúa, Cuarta edición, México, 1974, p. 306. Δίκη δίκην τίκτει καὶ βλάβη βλάβην).

Es muy común que los mismos compañeros dañen a su vecino de banca dentro del aula, pero no el maestro. Al respecto el fabulista griego Esopo nos ha dejado un testimonio que puede verse como una de las fuentes antiquísimas de lo que a menudo suele llamarse en la escuela bullying. Se trata de la fábula del cerdito y las ovejas, cuyo texto queda así: “En un rebaño se encontraba un lechón. Y justamente, un día cuando el pastor lo capturaba y se lo llevaba, el cerdito chillaba y se resistía. Pero las ovejas lo increpaban y comenzaron a reprocharle diciendo: el pastor a menudo nos captura y no chillamos. Entonces el cerdito dijo a las ovejas: pero la captura no es igual a ustedes que a mí. Pues el pastor, las captura, o bien por la lana, o bien por la leche. Pero a mí, me captura por la carne”. (Citado en lengua griega por Lourdes Rojas Álvarez, en Manual de iniciación al griego, Vol. I. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2005, p. 373).

En el texto se puede apreciar que, aunque el maestro sea estricto, no debe acusar al alumno en público, y menos recriminarlo por un asunto que han ocasionado los alumnos en el aula. El maestro si es estricto por su conocimiento y por su enseñanza debe llamar al discípulo en privado y corregirlo como exhorta la prudencia de su experiencia, de su sabiduría en el aula y, sobre todo, la sabiduría que recomienda la literatura bíblica. El evangelista Mateo tiene registrado un hermoso pensamiento al respecto: “si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele a solas tú con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha toma todavía contigo uno o dos para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano”. (Mt. 18, 15-18).

En suma, el maestro no debe ser un acusativo en sentido negativo, porque se convertiría en un acusador, en un malvado, siempre estaría señalando con el dedo al discípulo y culpándolo de no poder aprender, porque según su juicio, es un mal discípulo, algo así como aquel refrán que dice: “Cuando el arriero es estúpido, echa la culpa a las mulas”.

2). El maestro como ablativo

Lo más grande del maestro es cuando se convierte en un ablativo. El ablativo es el caso que sirve para construir el complemento circunstancial, es decir, el sintagma que señala una circunstancia en la acción. La circunstancia está tomada de los accidentes que propone Aristóteles y el realismo moderado hasta la alta Edad Media en la lógica, es decir: tiempo, espacio, modo, fin, causa, relación, hábito, instrumento. Por eso la mayoría de los gramáticos cuando se refieren al complemento circunstancial, lo exponen en tres grupos: separativo, instrumental y locativo. El antiguo indoeuropeo tenía ocho casos, además de los seis que usa el latín, existían los casos instrumental y locativo, los cuales colocó el latín en el ablativo; y el griego, los puso en el dativo, algunas veces en genitivo y acusativo con la preposición precedida. La palabra latina ablativus está tomada del supino del verbo aufero-aufers-auferre-abstuli-ablatum: separar, llevar, cargar, llevar encima, llevar de un lado a otro, llevar teniendo, arrastrar consigo, pagar, ganar, recabar. Los dos casos que restan: instrumental y locativo, han quedado dentro del mismo ablativo que usa la lengua latina, y en la lengua griega están en los casos genitivo, dativo y acusativo. El instrumental se llama en ambas lenguas ablativo de instrumento o dativo de instrumento, y por definición, es el medio o el instrumento del que se vale sujeto para realizar la acción. Pongo dos ejemplos para iluminar esta explicación Ὦ τέκνον, οὐ μόνον τῇ γλώττῃ καὶ τοὶς λόγοις, ἀλλὰ καὶ τοῖς ἔργοις θεράπευε τὸν θεόν (Niño, honra a Dios, no sólo con la lengua y con las palabras, sino también con las acciones. Dominus severus baculo in Tusculi villa sua improbos verberare servos solet. Un señor severo suele castigar a los esclavos malos con su báculo en su casa de Tusculo).

Aquí la actitud del maestro es la más grande, porque él siendo de tal magnitud se convierte en el más pequeño como un discípulo bueno, que su deseo es estudiar y su disciplina es saber más para nutrirse con seriedad, y luego nutrir a los alumnos. (Esta idea la veo fundamentada en Mt. 18, 1-5. “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? El llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños no entrarán en el reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”).

En consecuencia, el maestro llevando de la mano al discípulo lo concluye, hace de él, otro igual, lo separa de los demás, lo forma con más seriedad, y ambos se convierten en una interacción. El doctor Guillermo Hernández Flores al defender el paradigma del maestro usa la expresión: bástele al discípulo ser como su maestro –Discipulum esse oportet similem magistro. Aquí emplea una explicación bíblica, pero con una reflexión profunda, basada en la vida, en la sabiduría popular y en la sabiduría filosófica: clásica, cristiana y prehispánica. (La inspiración original de este hermoso texto está en Mt. 10, 24-25. Pongo la cita trilingüe para disfrutar la hermosura del evangelista y la brillante idea del doctor Guillermo Hernández Flores. “Οὐκ ἔστιν μαθητὴς ὑπὲρ τὸν διδάσκαλον οὐδὲ δοῦλος ὑπὲρ τὸν κύριον αὐτοῦ. ἀρκετὸν τῷ μαθητῇ ἵνα γένηται ὡς ὁ διδάσκαλος αὐτοῦ, καὶ ὁ δοῦλος ὡς κύριος αὐτοῦ. Non est discipulus super magistrum nec servus super dominum suum. Sufficit discipulo, ut sit sicut magister eius; et servo sicut dominus eius. El discípulo no es mayor que su maestro, ni el siervo es mayor que su señor. Bástele al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor”. Este aspecto puede verse en la Entrevista al doctor Guillermo Hernández Flores, en Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México: José Rubén Sanabria, Mauricio Beuchot, Justino Cortés y Guillermo Hernández. El Barco Ebrio Ediciones. Puebla, 2025, pp. 317).  

En efecto, todo este trabajo puede verse como un encomio al maestro, como un modelo que hace tanta falta en la educación moderna. Se sugiere un ejemplo a seguir, como en casi todos los casos que la gramática antigua ha enseñado. Por eso también el maestro debe ser un instrumento y un locativo por su carácter kerigmático o su amor y respeto a la verdad, su servicio o diaconía y por la unidad que debe representar entre sus discípulos. Su carácter humanista lo debe hacer un vigilante siempre atento y actual entre sus discípulos. Por su conocimiento, su valor, su talento, su experiencia y su lealtad, debe ser un supervisor de la educación, es decir, un super-vis-or o un ἐπίσκοπος, pero al estilo del humanismo cristiano, que vigila desde arriba y desde adentro de la comunidad para que todo el rebaño tenga las condiciones justas y necesarias que requiere la misma comunidad, superior al señor asiduo del que nos refiere Marco Tulio Cicerón. (C. M. 16,56. Marco Tulio Cicerón. “Boni assiduique domini villa semper abundat porco, haedo, agno, gallina, lacte, caseo, melle”: La villa de un señor bueno y asiduo siempre está repleta de cerdo, cabrito, cordero, gallina, leche, queso y miel.  El término assiduus lo traducimos por la palabra asiduo, como dice el doctor Julio Pimentel, lo cual alude al hecho de que un propietario (dominus) está con frecuencia en su granja, ya sea trabajando en ella, ya sea supervisando a quienes allí trabajan. Gramática latina, Julio Pimentel Álvarez, Porrúa, México, 2006, p. 28).

Mayormente, se sugiere el sello del buen pastor que nos recuerda a san Juan en su evangelio. (Jn. 10, 1-18).  Por eso el maestro, se debe convertir en un símbolo para su mismo rebaño, y así cuando éste escucha su voz, ya no hay necesidad de arrear ni usar el báculo, aún con la oveja negra, sino que el mismo rebaño sigue a su pastor. El final de ese pasaje bíblico dice algo muy ad hoc a lo que nuestra disertación le invita al lector: “Yo soy el buen pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil, también a esas las tengo que conducir, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre”. (Jn. 10, 14-17).

Con toda esta reflexión puede recuperarse algo de la pregunta ¿Qué es, pues, el maestro? En el contexto actual de la palabra maestro es muy común hacer la diferencia de tres palabras que resultan confusión y discusión: maestro, docente y profesor. Las tres dicciones tienen raíz latina. Maestro se compuso del adverbio de cantidad magis: más, en el más alto grado, en mayor cantidad. Suele utilizarse en la oración subordinada comparativa, dónde hay dos oraciones, y la primera usa el primer grado de comparación, esperando la segunda. Así que puede tomar dos acepciones más frecuentes: el que más sabe y el que más destaca, es decir, el director de la escuela, el jefe, el pastor, el general, el conductor, el preceptor, el consejero. Tal vez por eso se utilice una segunda raíz, el adjetivo numeral cardinal tres-tria, como adverbio multiplicativo ter: tres veces; de donde la palabra magis-ter significa: tres veces más. En cambio. La palabra docente, se deriva del participio presente, voz activa del verbo transitivo Doceo-doces-docere-docui-doctum; docens-docentis: saber, enseñar, mostrar. Por lo tanto, puede tomar algunos de los siguientes significados: el que muestra, el que enseña, el que hace que alguien aprenda. De esa misma raíz con el supino, se construye la palabra doctor, de doctum, de doctor-doctoris: doctor, el que sabe y el que enseña. Finalmente, la palabra profesor, se escribe en latín professor-professoris: profesor, maestro, médico. Su origen es el verbo Profiteor-profiteris-profiteri-professus sum: declarar públicamente, confesar, reconocer, denunciar, declarar, manifestar, dar su nombre, inscribirse, prometer, hablar enfrente de los demás. Aludiendo a las tres palabras, hay grandes maestros en la historia del pensamiento, por ejemplo, Pitágoras, Sócrates, Jesús, Pablo de Tarzo, entre muchos otros. Al respecto, Jesús se expresa de las tres formas, pues habló en público como profesor, enseñó con sabiduría como docente y como doctor, y fue el más, como un magister. El evangelista Mateo nos obsequia una cita muy hermosa que dice así: “el discípulo no es mayor que su maestro, ni el siervo es mayor que su Señor. Bástele al discípulo ser como su maestro y al siervo como su Señor. (Mt.10, 24-25).

Entre los autores clásicos, alejandrinos y romanos al maestro se le puede decir de diversos modos: maestro, preceptor y señor; para eso se usan las palabras grecolatinas: Διδσκαλος, magister, δεσπότης, κύριος, dominus y erus. Estas son las dicciones que equivalen a la palabra hebrea rabí y a la palabra náhuatl tlamatini. Hay un texto admirable en el ámbito de la cultura universal que nos ofrece el evangelista San Lucas, llamado La fe del centurión, el cual se lee del modo siguiente: “Una vez que Jesús concluyó todas sus palabras a los oídos del pueblo, entró a Cafarnaúm. Allí se encontraba un siervo de un centurión, al cual éste apreciaba mucho, y estaba enfermo a punto de morir. Y como el centurión había escuchado sobre Jesús, le envió a unos ancianos de los judíos, rogándole que fuera a salvar a su siervo. Y quienes se presentaron ante Jesús le suplicaban insistentemente diciendo: es digno que tú le concedas esto. Porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha construido la sinagoga. Y Jesús iba con ellos. Y él mismo, ya no estando lejos de la casa, cuando el centurión le envió a unos amigos diciéndole: señor, no te molestes, pues yo no soy digno para que entres bajo mi techo. Por eso, no me he considerado digno de ir hacia ti: pero con una palabra que digas, también mi criado será salvado. Pues yo soy un hombre puesto bajo la autoridad, y tengo soldados bajo mi autoridad, y si digo a este: vete, y se va; y a otro: ven, y viene, y a mi siervo: haz esto y lo hace. Y Jesús al oír esto, se asombró de él. Y volviéndose a la multitud que lo seguía le dijo: en verdad les digo, ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande. Y cuando los enviados regresaron a casa, encontraron sano al siervo”. (Lc. 7, 1-10. En el texto griego se emplea el vocativo κύριε y en el texto latino Domine).

Una de las virtudes más notorias de Jesús como maestro es el talento. El evangelista Mateo recogió este tema muy interesante y aleccionador, en La parábola de los talentos. Este tema viene a completar las características de un buen ser humano, pues al ejercer un oficio con el sello cristiano y humanista, un profesionista con este símbolo está más completo a través de las siguientes características, especies o cualidades: conocimiento, experiencia, arte, talento, vocación, y amor. La actitud del primer y segundo siervo es la que se requiere para mejorar a la sociedad, a la familia y la institución. Pues en esta actitud va implícita la naturaleza de las personas, la capacidad, la virtud y, sobre todo, el autoconocimiento, la libertad, la realización, la comunicación y la disposición de trabajar. “Así resultan más fortalecidos los talentos que cualquier maestro de elocuencia presupone en sus discípulos, ya sea talentos morales, intelectuales, estéticos y dinámicos para prometerse frutos en cualquier sede, como la tribuna, el púlpito, la cátedra y el podio. (Véase Jesús Maestro de los predicadores, Ildefonso Pineda Ramírez. Editorial Jus, S. A. México, 1967, p. 12).

Alocución:

Así, pues, para terminar esta disertación sobre el maestro y sobre el humanismo, no puede faltar el texto más hermoso de la literatura bíblica, y que encaja bien en el ámbito de la docencia, al que he titulado La misión del maestro. Por un lado, se aprecia la autoridad, la sabiduría del maestro y la universalidad del mensaje evangélico; por otro lado, se aprecia la seriedad y la atención del discípulo, hecho maestro, es decir, su paso de discípulo a apóstol, como nominativo, genitivo, dativo, acusativo, vocativo y ablativo. Finalmente, se puede observar algo que es diferente a todos los grandes maestros de la historia: Jesús se ha quedado para siempre con sus discípulos, ya desde hace dos milenios. Disfrutemos, pues, la belleza y la alegría del texto de San Mateo. “Y acercándose Jesús a sus discípulos les habló en estos términos: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a guardar todo lo que yo les he enseñado, he aquí que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Καὶ προσελθὼν ὁ Ἰησοῦς ἐλάλησεν αὐτοῖς λέγων· ἐδόθη μοι πᾶσα ἐξουσία ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ γῆς. Πορευθέντες οὖν μαθητεύσατε πάντα τὰ ἔθνη, βαπτίζοντες αὐτοὺς εἰς τὸ ὄνομα τοῦ πατρὸς καὶ τοῦ υἱοῦ καὶ τοῦ ἁγίου πνεúματος διδάσκοντες αὐτοὺς τηρεῖν πάντα ὅσα ἐνετειλάμην ὑμῖν· καὶ ἰδοὺ ἐγὼ μεθ’ ὑμῶν εἰμι πάσας τὰς ἡμέρας ἕως τῆς συντελεῖας τοῦ αἰῶνος. (Mt. 28,18-20. Más detalles sobre Jesús y Sócrates, véase tres libros que vale la pena considerarlos en la bibliografía socrática: Sócrates y el socratismo, Antonio Gómez Robledo, Fondo de Cultura Económica, México, 1966, 245 pp. Sócrates. Padre de la filosofía perenne. Pedro Gasparotto. Universidad Pontificia de México, México, 1996, 132 pp. Sócrates. La sabiduría empieza con el reconocimiento de la propia ignorancia. Ramón Vila Vernis. Editorial RBA Editores Mexicanos, 154 pp).  

Deja una respuesta