Encuesta intelectual sobre el humanismo. Memoria histórica de las grandes figuras del humanismo histórico
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz.
Advertencia.
En este artículo deseo compartir algunos fragmentos de mi libro Grandeza y miseria del humanismo. Presento nueve fragmentos de algunas figuras del humanismo histórico. Sin lugar a dudas, el humanismo siempre estará actual, nunca será moda. En este sentido todos los grandes humanistas de la historia coinciden. Desde el prologuista de mi libro hasta los cientos de autores del humanismo histórico encontrarán coincidencias, pero también diferencias. He aquí un fragmento del doctor Guillermo Hurtado Pérez: “El humanismo no es una vuelta al pasado, no es un rechazo de la tecnología. Sin embargo, sí es una advertencia de que no debemos dejarnos llevar por el resplandor de las máquinas para olvidarnos de la verdad de las personas. Todo lo que evoluciona puede involucionar. Por lo mismo, no es exagerado sostener que la humanidad siempre está en peligro. El humanismo no debe caricaturizarse como el estudio ocioso de las lenguas muertas, sino que debe enaltecerse como el estudio del núcleo más hondo de lo humano. Sin el conocimiento que nos brinda el humanismo, la defensa de la humanidad queda trunca. No hay nada más actual que el humanismo. La lectura de este libro lo comprueba”. (Guillermo Hurtado Pérez, prólogo Grandeza y miseria del humanismo, Juvenal Cruz Vega, Tinta Sangre Ediciones, Puebla, 2026).
En los diversos autores hay varias coincidencias sobre la manera de concebir el humanismo. Yo mismo encontré una definición o noción con la que me identifico. Por ejemplo, la siguiente: “El humanismo en su sentido literario más neto, es una fusión equilibrada de dos elementos: por una parte, un bagaje muy amplio de sabiduría que se ha ido acumulando por los genios de la humanidad a lo largo de una tradición cultural de muchos siglos y que se ofrece como fermento de las múltiples potencialidades del entendimiento humano. Por otra parte, una solicitud inteligente por las necesidades concretas del hombre real en cada momento sucesivo de la historia”. (Jesús Maestro de los predicadores. Ildefonso Pineda Ramírez. Editorial Jus, S. A. México, 1967, p. 15).
Basta con esta introducción para tener una idea clara de lo que es el humanismo. Así que en lo que sigue, el lector podrá hallar algunos testimonios de los humanistas más célebres de la historia del humanismo, desde el romano Aulo Gelio, pasando por el renacentista Giovanni Pico Della Mirandola y el gran erudito filólogo alemán Werner Jaeger, hasta los grandes personajes del humanismo mexicano, como: Gabriel Méndez Plancarte, Javier Gómez Robledo, Alfonso Reyes, Tarsicio Herrera Zapién, Mauricio Beuchot y Justino Cortés Castellanos.
En efecto, este artículo es muy diferente a los setenta y seis artículos que he publicado en este medio de comunicación. Mi trabajo consiste en haber unido a los autores, algo así, como lo que ha dicho Mauricio Beuchot, cuando se refiere a la hermenéutica analógica, “el trabajo analógico es como atrapar dos moscas y atarlas de la cola”. Pues pocas veces he visto un libro sobre el humanismo, donde se reúnan las grandes figuras del humanismo histórico, y aún más, con el título aludido: Encuesta intelectual sobre el humanismo. Memoria histórica de las grandes figuras del humanismo histórico. Sólo me resta decir a los lectores: que disfruten esta lectura, la cual es una guía de lectura para estudiar con seriedad a los grandes humanistas de la historia, al menos la historia del mundo occidental.
1). Aulo Gelio. Noches Áticas, XIII, 17, 1-3. Versión española de Juvenal Cruz Vega.
Quienes inventaron la lengua latina y quienes se sirvieron de ella perfectamente, no quisieron que la humanitas fuera eso que el vulgo piensa, lo cual ha sido llamado por los griegos philantropía, y que significa una cierta bondad y una benevolencia común entre todos los hombres, no obstante, llamaron humanitas aproximadamente a eso que los griegos llaman paidéia, y nosotros llamamos formación y educación en las buenas artes. Sinceramente, quienes buscan con afán las artes, estos son los más humanos, pues el afán y el conocimiento de esta ciencia han sido dados solamente al hombre de entre todos los seres animados, y por esta razón se ha llamado humanitas.
2). Giovanni Pico Della Mirandola. (Oratio de hominis dignitate. Giovanni Pico della Mirandola. Versión española de Juvenal Cruz Vega).
Padres muy dignos de ser venerados, he leído en los monumentos literarios de los árabes, que Abdala el Sarraceno fue interrogado, sobre qué sería considerado muy digno de admiración en esta escena casi mundana, y éste respondió: “que nada puede ser considerado más admirable que el mismo hombre”. Conviene, pues, en esta sentencia recordar aquel pensamiento de Mercurio del modo siguiente: “oh Asclepio, el hombre es una gran maravilla”. Por eso al reflexionar sobre la noción de estas palabras, no me parecían suficientes aquellas razones, que son producidas por la superioridad de la naturaleza humana, debido a muchas cosas: que el hombre es familiar de las creaturas superiores y soberano de las inferiores; es intérprete de la naturaleza, debido a la agudeza de los sentidos, a la indagación de la razón y a la luz del entendimiento; también es un intervalo entre la eternidad estable y el tiempo fluido, y (como dicen los persas) es una cópula del mundo, mejor aún, es velado de acuerdo al testimonio de David, que es poco menor a los ángeles. Ciertamente, son grandes estas cosas, pero no son las principales, es decir, que reivindique el privilegio de la más alta admiración por derecho de sí mismo. ¿Por qué pues, no hay que admirar más a los propios ángeles y beatísimos coros del cielo? Finalmente, me ha parecido haber comprendido por qué el hombre es el animal más afortunado, y por lo mismo, es el más digno de toda admiración; y, sobre todo, cuál es aquella condición que es la suerte en toda la serie, y no sólo es envidiable para los animales, sino también para los astros y para los espíritus intramundanos. En síntesis, es una cosa confiable y digna de admiración.
3). Werner Jaeger, Paideia, Los ideales de la cultura griega, I, versión española de Joaquín Xirau, Fondo de Cultura Económica, México, 1953, p. 319.
La acción educadora (παιδεύειν) no se limitó ya exclusivamente a la niñez (παῖς) sino que se aplicó con especial vigor al hombre adulto y no halló ya límite fijo en la vida del hombre. Entonces se dio por primera vez una paideia del hombre adulto. El concepto, que designaba originalmente sólo el proceso de la educación como tal, extendió la esfera de su significación al aspecto objetivo y de contenido, exactamente del mismo modo que nuestra palabra formación (Bildung) o la equivalente latina cultura pasó de significar el proceso de la formación a designar el ser formado y el contenido mismo de la cultura y abrazó en fin el mundo de la cultura espiritual en su totalidad; el mundo en que nace el hombre individual por el solo hecho de pertenecer a su pueblo o a un círculo social determinado. La construcción histórica de este mundo de la cultura alcanza su culminación en el momento en que se llega a la idea consciente de la educación. Así, resulta claro y natural el hecho de que los griegos, a partir del siglo IV, en que este concepto halló su definitiva cristalización, denominaran paideia a todas las formas y creaciones espirituales y al tesoro entero de su tradición, del mismo modo que nosotros lo denominamos Bildung o, con palabra latina, cultura.
4). Gabriel Méndez Plancarte. Humanistas del siglo XVIII. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición 1941; Cuarta edición 1991. México, 1991, pp. 9-11.
El humanista auténtico es el hombre que, mediante la asimilación de los más altos valores de la humanidad precristiana y su síntesis vital con los valores supremos del cristianismo, llega a realizar en sí un tipo superior de “hombre” en el que la esencia humana logra florecimiento y plenitud. Para el genuino humanista, el estudio de las lenguas clásicas no es fin sino medio, no meta sino punto de partida, no mazmorra ni cárcel sino ventana luminosa abierta al pasado y ancho camino abierto al provenir. Por el dominio del griego y del latín, el humanista se hace capaz de penetrar en una vasta zona de la cultura humana, cerrada al que no posee aquellas lenguas: desde la Hélade prehomérica que floreció en Creta y en Micenas, Hasta la Edad Media y el Renacimiento italiano, pasando por la Grecia de Platón y de Pericles, por el Helenismo que irradió desde Alejandría, por la Urbe imperial de Horacio y de Augusto, por la Roma cristiana de Pedro y de las catacumbas. No un mundo, sino varios mundos culturales –el griego, el helenístico, el latino, el cristiano-occidental de los quince primeros siglos de nuestra Era, el bizantino-, permanecen casi hermenéuticamente inaccesibles para quien ignora las lenguas clásicas. Pero el humanista no penetra en esos orbes como quien entra en una tumba egipcia y se queda absorto ante la hierática rigidez de las estatuas faraónicas y de las momias que no conservan más que una mueca de muerte que en vano pretende eternizar el gesto y la pulsación de la vida. El humanista va al pasado, pero no se instala en el pasado. Va al pasado sólo para beber en la fuente viva que, bajo los escombros de los siglos bárbaros, sigue manando, indeficiente y eterna como los arquetipos platónicos. Va al pasado para fecundar el presente y alumbrar el porvenir. Lingüística y filología comparada, arqueología y erudición de todo género, son sus auxiliares, pero nada más que auxiliares: instrumentos de trabajo, dóciles servidores subalternos. El mero arqueólogo, el simple lingüística, el puro erudito, no son humanistas sino anticuarios, no son arquitectos sino albañiles. Humanista es quien, sin mengua de la filial devoción a la patria, sabe ser y sentirse “ciudadano del mundo”; sin temor al mentís de la engañosa realidad efímera, sabe creer en la inverosímil pero perdurable realidad: en la victoria final del Derecho sobre la Fuerza, de la persona dueña de sí misma sobre el “hombre-masa” y sobre el dios-Estado, de la Psicología y la Moral sobre la Biología y la Mecánica, del Espíritu libre sobre la esclava Materia, de la Inteligencia ordenadora de Anaxágoras sobre el ciego Acaso de Democrático, de la libertad de los hijos de Dios sobre la oscura tiranía del error y del mal, de la Vida sobre la Muerte. Humanista cristiano es el que cree en la humanidad, caída sí, pero redimida por Cristo y sublimada por su gracia a destinos sobrehumanos y eternos. Porque el humanismo cristiano es un superhumanismo; más no como el de Nietzsche, orgulloso y anticristiano y utópico, sino como el de Dante, como el de Tomás de Aquino, como el de Fray Luis de León, como el de Luis Vives: superhumanismo o sobrehumanismo teocéntrico, pero hondamente enraizado en el fecundo limo primordial; sobrenatural y naturalismo; nacional y “cosmopolita”-en la dignidad etimológica de esta noble palabra hoy profanada por los trotamundos vacíos-; fiel a la tradición en lo que ésta tiene de perenne y vivaz, pero ávido de nueva luz y transido siempre por uno como temblor de alumbramiento. Humanista es quien, aspirando el perfume de las viejas rosas inmarcesibles, lo acendra y lo transfunde en las rosas juveniles que hoy abren sus pétalos bajo el ojo paterno y siempre joven del sol. A ese tipo de humanistas –no meros “literatos” sino hombres en plenitud—pertenecen los nuestros, desde el patriarca Cervantes de Salazar, discípulo del inmortal Luis Vives, en el siglo XVI, hasta Pagaza a fines del XIX; y a ese tipo queremos acercarnos quienes pugnamos hoy por reencender la antorcha egregia y transmitirla a los jóvenes generaciones mexicanas. Pero ningunos han realizado tan plenamente ese paradigma superior de humanismo como aquella falange de ilustres jesuitas desterrados que, en la segunda mitad del XVIII, maduraron cultura auténtica y visceralmente mexicana e hicieron irradiar sobre el mundo, desde la docta Bolonia, el esplendor del humanismo criollo.
5). El humanismo grecorromano. Xavier Gómez Robledo. Humanismo en México en el siglo XVI. Editorial Jus, México, 1954, pp. 15-19.
Ante todo, esta palabra humanismo no existía en el Renacimiento, es más moderna y apenas va entrando en los diccionarios de las lenguas. Existían los humanistas, o sea, aquellos que dentro de la corriente del Renacimiento habían asimilado la cultura Greco-Romana y se expresaban normalmente en elegante latín. Y existía también al igual que entre los Romanos, la palabra humanitas.
Los Renacentistas al volver a los Greco-Romanos, volvieron al concepto de humanismo de éstos, pero lo expresaron en latín por la palabra humanitas, y no por la griega areté o paideia, porque la lengua en que escribieron fue la latina. Por otra parte, nos bastará saber lo que era la humanitas, porque, como vamos a verlo, equivalía a paideia, que a su vez fue la cristalización de la areté primitiva.
El latino que definió la humanitas fue Aulo Gelio, y a él acudían los Renacentistas, para expresar el concepto de humanismo. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XIII,16). Aquí entiende Gelio por artes liberales, no sólo la literatura, escultura, música, sino también la historia y otras, como lo indica él mismo al citar más abajo un texto de Varrón sobre el homo humanior, que conoce por la historia y las obras de arte, a los grandes hombres. (Ibidem, Loc. Cit.).
Si ahondamos un poco más en el texto de Aulo Gelio, y preguntamos por qué las artes liberales humanizan, diremos que porque en ellas se dibuja de algún modo un tipo ideal humano. En efecto, sabemos que los griegos aspiraron a realizar y plasmar en sí mismos por medio de la paideia ese tipo ideal humano que pintaban en sus obras. Se ha demostrado que paideia era eso: una educación conforme con el auténtico ser del hombre, con la verdadera forma humana. (Véase este sentido de paideia y su identificación con la humanitas como la explica Gelio, en Wernwe Jaeger, Paideia, los ideales de la cultura griega (traducción de Joaquín Xirau), 3 volúmenes, México, Fondo de Cultura Económica, 1946, Introducción).
Ahora bien; como la humanitas era casi lo mismo que la paideia, resulta que la humanitas por medio de las artes liberales humanizaba, debido también a ese alto tipo humano que estaba contenido en ellas.
Pero en esa vuelta de los Renacentistas a la humanitas y por ella al hombre Greco-Romano, hubo dos tendencias. Unos se volvieron a él exclusivamente, prescindiendo de los elementos que trajo al Occidente la cultura cristiana, y concibieron al hombre al modo pagano, y hasta hubo quienes tuvieron por hombre ideal, al hombre de Lucrecio o Epicuro. En esta tendencia predominó el Laicismo, el Individualismo y Nacionalismo exagerados.
Otros de tal modo se volvieron al hombre Greco-Romano, que equilibraron lo humano que se había quebrantado algo al fin de la Edad Media, con lo divino y eterno del cristianismo. Estos, como antes lo había hecho Dante, vieron que el ideal humano de los Greco-Romanos (aun el piadoso Eneas, o el divino Ulises), no eran el ideal último del hombre. sino un reflejo de aquella perfección humana que apareció en el Hijo de Dios hecho hombre (Por ejemplo. Daniel Olmedo, Manual de Historia de la Iglesia, 3 volúmenes, México, Editorial Buena Prensa, 1950, Vol. III, pp. 25-30. En estas páginas se halla una muy buena síntesis del Renacimiento).
Esta forma de humanismo, que algunos llaman mitigado. que encarnó en un Victorino da Feltre, o en un Eneas Silvio Piccolomini, y que se fue acentuando en el siglo XVI, entre los católicos, en la lucha contra la Revolución Protestante, fue la que influyó en el sistema de S. Pedro y S. Pablo.
Los otros sentidos de la humánitas (que Gelio compara con la voz griega filanthropia), y que eran cierta cortesía, bondad, mansedumbre, simpatía por los demás, no eran sino frutos de esa educación humanista. En fin, el hombre que había asimilado el tipo ideal humano de los Greco-Romanos, era capaz de comprender al hombre, de decir con Terencio el «Nada humano me es ajeno». “Homo sum: humani nil a me alienum puto. (Terencio, Heautóntimoroúmenos, I, 54. Cicerón usa la humanitas con el sentido de paidéia, en su discurso Pro Archia (passim). Con el sentido de filanthropia, v. g, en De officiis, III, 6; Ad Att, XVI,16).
6). Alfonso Reyes Ochoa. La crítica de la edad ateniense (600 a 300 a. C.), 1941, en Obras Completas, Vol. XIII, FCE, México, 1961, p. 20.
Viaja la cultura, no se está quieta, por tres siglos funda sus cuarteles en Atenas; por otros tres siglos en Alejandría; madura por otros cinco en Roma; ocho reposa en Constantinopla. Y al cabo se difunde por el Occidente europeo, para después cruzar los mares en espera de la “hora de América”, hoy más apremiante que nunca.
7). Historia del humanismo mexicano. Tarsicio Herrera Zapién. Editorial Porrúa. México, 2000, p. XIII.
En este libro se sintetiza la historia de la cultura clásica en México a lo largo del medio milenio que ha corrido desde la llegada de los españoles a América. Hemos revisado más de medio centenar de libros escritos durante cerca de un siglo para recapitularlos aquí. Nuestro objetivo ha sido catalogar y valorar a todos los humanistas significativos de nuestra historia, no menos que acopiar la cosecha más nutrida posible de las producciones latinas de todos ellos. Hasta donde sé, no existía aún una antología crítica de toda nuestra producción neolatina. Pues bien, he pretendido reunir aquí la mayor cantidad posible de esos textos neolatinos principales de México, a fin de que el estudioso tenga en un solo volumen un buen panorama de nuestra latinidad, nuestros humanistas clásicos, y nuestros traductores más relevantes.
8). Mauricio Beuchot Puente. El humanismo cristiano como humanismo analógico, en Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México. Juvenal Cruz Vega, El Barco Ebrio Ediciones, Puebla, 2026, pp. 107-108.
Una de las cosas que necesitamos reedificar es el humanismo. Después de las críticas de Heidegger a éste, y las de Foucault al sujeto humano, se ha pensado que todo posible humanismo ha quedado periclitado, se ha vuelto incumplible. Pero creo que es ahora cuando más se necesita abordar el tema. Sobre todo en una vertiente muy peculiar, en el doble sentido de particular y extraña, que es el humanismo cristiano, porque se piensa que estos dos términos son excluyentes. Sin embargo, aquí se cumplirán y aplicarán nuestras reflexiones sobre la iconicidad y la analogicidad, pues se nos muestra como un humanismo analógico-icónico.
Lo primero que debe llamar nuestra atención es el mismo término de “humanismo”, que se va a calificar como “cristiano”, y después ver si esa conjunción de términos tiene sentido y cuál es. En efecto, hasta podría parecer contradictoria y paradójica la combinación de ambas palabras: “humanismo” y “cristiano”. Por eso hemos de ver lo que encierran en su concepto propio, para después ver las consecuencias de su unión. (V. Rodríguez, Temas-clave de humanismo cristiano, Madrid: Speiro, 1984, pp. 13 ss.). Y, finalmente, atenderemos a la posibilidad del humanismo cristiano entendido de manera analógica, o como búsqueda de la realización proporcional de las potencialidades del hombre.
Al escuchar el vocablo “humanismo”, inmediatamente acude a nuestro pensamiento aquel movimiento renacentista que, por oposición a la mentalidad teísta del Medioevo, subrayó la alta dignidad del hombre. Personajes como Gianozzo Manetti, Juan Pico de la Mirandola y Fernán Pérez de Oliva, se empeñaron en resaltar la autonomía del hombre, a veces en contraposición con la teología. Esa teología inmediatamente anterior, de carácter clericalista, que promovía la resignación, la sujeción a las autoridades eclesiásticas y la fuga de lo terrenal. (L. Villoro, El pensamiento moderno. Filosofía del Renacimiento, México: FCE, 1992, pp. 25-26).
Se olvidaba o se pretendía ignorar que los valores de las realidades terrestres ya habían sido absorbidas por los Santos Padres y los mejores teólogos de la tradición cristiana. Asimismo, en la época se iba dando cada vez más una cultura mundana y laica. (E. González González, “Hacia una definición del término ‘Humanismo’”, en Estudis (Valencia), 15 (1989), p. 49). Por ello los humanistas en realidad lo que trataban de hacer era compaginar el cristianismo con esa nueva situación. Y trataron de reunir cosas que en la Edad Media no se habían juntado tan claramente, o al menos no tan fuertemente, como son la razón y la fe, la virtud natural y la sobrenatural, la cultura y la religión, la vida civil y la vida religiosa. (E. García Estébanez, El Renacimiento: humanismo y sociedad, Madrid: Cincel-Kapelusz, 1987, p. 26).
9). Dr. Justino Cortés Castellanos. Entrevista por Juvenal Cruz Vega sobre la Inculturación indígena. Ciudad de Puebla, 16 de mayo de 2015.
La escuela precolombina. Los antiguos mexicanos tenían centros educativos para formar a la niñez y juventud: los calmecac (en la hilera de casas) y los telpochcalli (casa del joven o de los jóvenes). Es muy importante notar, por lo que diremos más adelante, que los calmecac estaban construidos junto a los teocalli (templos), mientras que los telpochcalli en diversos lugares de cada calpulli (barrio).
Ingresaban a los calmecac normalmente los hijos de los pipiltin (nobles, señores) y a los telpochcalli los hijos de los macehualtin (plebeyos). La formación que recibían los momachtique (estudiantes) de los telpochcalli estaba encaminada a la conservación de una parte del ideal educativo náhuatl, es decir, del yollotetl (corazón firme como la piedra), pues su formación era netamente militar, ya que estaban destinados a ser guerreros; en cambio la formación que se recibía en los calmecac se orientaba a la adquisición de un ixtlamati (rostro sabio), ya que su formación estaba orientada a ser dirigentes del pueblo.
Cada uno de estos centros tenía su deidad protectora: la de los calmecac era Quetzalcoatl (Serpiente preciosa, Serpiente de plumas de quetzal) o Tlilpotonqui; la de los telpochcalli era Tezcatlipoca (Espejo que ahuma), también llamado Yaotl (Guerrero, Enemigo), Titlahuacan (somos servidores) y Telpochtli (Joven). Igualmente gozaban de autonomía estas dos escuelas, como lo manifiesta el hecho de que tenían rectores diferentes: el de los calmecac se llamaba Mexicatlteohuatzin el cual era como vicario general de todos los monasterios y colegios que había en esta ciudad, donde se criaban los hijos de los principales
, y el de los telpochcalli recibía el nombre de Telpochtlato
que quiere decir guarda o caudillo de los mancebos
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Algo que llama fuertemente la atención del hombre de hoy es el carácter obligatorio de los centros educativos indígenas: … todos los padres, en general, tenían cuidado (según se dice) e enviar a sus hijos a estas escuelas o generales, desde la edad de seis años hasta la de nueve; y eran obligados a ello, en los cuales oían su doctrina y eran enseñados en buena crianza y costumbres en las cosas de su religión, según a su edad y años convenía
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