Algunos aspectos de la ética existencial y de la persona humana
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz
Secundum etymon, ethica scientia est quae tractat de ἦθος: ἦθος autem significat consuetudinem, dein modum habitualem agendi, tandem indolem. Idem sensus est vocis Latinae mos–moris, unde ethica vocatur etiam scientia (vel melius philosophia moralis) moralis. Posset ergo definiri: scientia de actione humana.
Según su etimología, la ética es la ciencia que trata acerca del ἦθος, pero el ἦθος significa costumbre, después significó el modo habitual de actuar, finalmente significó carácter. También existe el mismo sentido de la palabra latina mos-moris, de donde la ética se llama también ciencia moral (mejor aún, filosofía moral). Por lo tanto, podría definirse la ciencia de la acción humana.
Ethica generalis, Joseph De Finance. Pontificia Universidad Gregoriana, Roma, 1962, p. 9.
Advertencia.
Hoy quiero compartirles a los lectores una reflexión sobre la ética, un tema que en todos los tiempos será objeto de discusión y disputación. Se trata, entonces, de una de las disciplinas, más antiguas y más estudiadas, pero a la vez, la más actual en todas las instituciones: desde la familia, la escuela, la iglesia y el estado. Desde el punto de vista académico, la ética es una de las disciplinas más interesantes de la filosofía, de las humanidades y de las ciencias en general; integra la parte práctica del conocimiento y de la humanidad. Pero a la vez es una ciencia teórica porque tiene argumentos filosóficos, basados en una metafísica del conocimiento y una antropología filosófica o filosofía del hombre, tal como lo han advertido los estudiosos de esta disciplina.
Este artículo es la segunda parte de mi trabajo Ética y Posmodernidad, el cual también es un extracto de mi libro, aún inédito De la filosofía del ser a la filosofía existencial en la obra profética de José Rubén Sanabria, del cual he inspirado esta disertación al basarme en sus principales obras filosóficas. Pues en su pensamiento permanece una ética que con el tiempo fue madurando. Su reflexión parte de la filosofía interiorista y de su noción de persona, donde hace un intento de frenar a la postmodernidad en sus distintas expresiones. Sin duda, propone una ética existencial, cuya fundamentación radica en la antropología filosófica, porque en ella hay una reflexión profunda, que nace de la fenomenológica trascendental, y consiste en una integración de fenomenología, ontología, personalismo y existencialismo, de una manera más concreta, es un personalismo existencial.
Así pues, entremos a esta senda interesante.
Se trata de “una ética que no es extrinsecista, pues para ella la ley no es un fin, sino un punto de partida. Por lo mismo, la ética es esencialmente dinámica, vital, y por lo tanto, es interiorista, donde se da prioridad al ser sobre el conocer y partiendo de la realidad de las acciones humanas hace que las normas siempre válidas de la verdad se inserten y se encarnen profundamente en las acciones para darles dirección, para darles vida sin poner en peligro su autenticidad y espontaneidad”. (Decadencia de la ética, José Rubén Sanabria, en Comunidad, Vol. V, No 24, UIA, México, 1970 p. 157). Pues “las acciones adquieren valor intrínseco, dinamismo, un vigor nuevo para continuarse en nuevas posibilidades. La verdadera ética es una dialéctica vital entre lo ontológico y lo empírico, entre las leyes y las acciones, entre lo trascendente y lo inmanente). (Ibidem, p. 158). Por esta razón la ética debe ser edificante, “en cuanto que ella edifica, crea un mundo de personas, es un diálogo cordial entre la irrepetibilidad de las vivencias personales y las vivencias de los otros, en una comunidad cultural y en continuidad con el pasado. Por eso la ética es amor que necesariamente implica dualidad o pluralidad”. (Ibidem p. 160).
Si la filosofía, escribe José Rubén Sanabria “es la reflexión radical y crítica del hombre acerca de sí mismo, del mundo y del ser y del absoluto; y si la filosofía es antropocéntrica” (Mi concepción de filosofía, José Rubén Sanabria, en Revista de filosofía, Año XI, No 31, UIA México, 1978, p. 92), entonces, también la ética es una disciplina de la filosofía y de la universalidad; por consiguiente, ella se fundamenta en un personalismo en cuanto que “la persona es el viviente con capacidad de autotransparencia, de autoposesión, de comunicación y de autotrascendencia. Es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, donde el yo personal por su misma esencia, es ser – con, es apertura ontológica en la que siempre se anuncia otra persona – ser persona es ser interpersonal, ser persona es ser en comunión” (Cristianismo y filosofía en México José Rubén Sanabria, UIA, México, 1993, p. 46).
De este modo, fácilmente la ética puede defenderse con una perspectiva existencial, “porque la persona es este hombre concreto, de carne y hueso, que siente la mordedura del dolor y las avenidas del gozo, que trabaja y que ama, este hombre sumergido en el río del tiempo y que sabe que no podrá escapar a la humillación de la muerte –transformación dolorosa y enigmática–, que experimenta en su propia carne el dolor de sus hermanos los hombres” (Ibidem, p. 47).
Si este es el criterio de la filosofía, así lo es también en la ética. En este contexto puede defenderse una ética, pero “una ética renovada, crítica y existencial” (Mi concepción de filosofía, Op. cit. p. 153), basada en una antropología filosófica y a la vez ésta última, en una metafísica reflexiva; por eso se insiste en una ética “que admite el valor absoluto de la persona, pero que dice relación a la trascendencia; por eso en esta ética para la persona, el valor ético supremo, es la persona en situación” (Decadencia de la ética, Op. cit. p. 165). Sí, una ética en situación, pero no situacionista, “no una ética tipo Fletcher, ni ética de la ambigüedad, a la manera de Simone de Beauvoir; más bien una ética en situación que se basa en el valor absoluto de la persona en relación a la trascendencia; es decir, una ética de situación que considera a la persona como valor supremo, “pero sabe que esta persona se realiza en una determinada situación y que los principios éticos se tienen que aplicar a la persona en circunstancias concretas” (Mi Concepción de Filosofía, Op. cit. p. 156).
Se trata de una ética profunda, porque se funda en una teoría, en cuanto que analiza la “autenticidad de la persona, que es fidelidad al propio proyecto vital” (Ibidem p. 153). Por eso se insiste en una ética de lo interior y del amor, como el mismo autor lo expresa: “antes que todo, la ética; pero propongo una ética del amor, que es vigor del espíritu, que da vida, que ilumina, que orienta al hombre, desde el interior, desde el valor percibido y amado” (Ibidem p. 158).
En este sentido y en la línea de Gabriel Marcel y Emmanuel Mounier José Rubén Sanabria escribe: “el más verdadero ser del hombre está no tanto en tener, sino en dar y darse. Cuando hay un verdadero amor se tiene la expresión más auténtica del valor y del sentido de la persona y de las relaciones interpersonales” (Idem).
Mayormente es “una ética de autorrealización porque la persona llena consigo la excelsa vocación de desarrollarse constantemente: el hombre es el ser que tiene la tarea –siempre nueva– de trascenderse así mismo” (Decadencia de la ética, Op. cit. p. 165). Esta vertiente de la ética no es individualista ni extremista; mejor aún “es una ética en diálogo con las ciencias que le son indispensables: antropología, psicología profunda, sociología, historia. En diálogo con las éticas no cristianas, porque al fin estamos viviendo en un mundo de signo pluralista” (Idem).
Es una ética que “no se reduce a un sistema de imperativos abstractos y sin vida, sino que es ante todo, amor” (Mi concepción de filosofía, Op. cit. p. 153), porque “es absurdo pretender un verdadero amor sin ética como también una ética sin amor” (Ibidem, p. 159). Porque el amor es “la raíz profunda de todas las realidades personales y las unifica dándoles valor y sentido; es lo más exquisito y delicado de la persona. Precisamente por ello el amor es la lucha por la superación del egoísmo” (Idem).
El amor es el fundamento de todas las acciones, “es la máxima expresión humana del encuentro porque en el amor yo me doy totalmente al otro, derramo hacia él mi realidad; el otro, a su vez, se me da y derrama hacia mí su realidad. Hay lo que Laín Entralgo llama coefución. Entonces se dice –sin decir– al otro: puesto que te me das creo en ti y me confío en ti. Se trata de una creencia personal, radical, profunda, que supone una interpretación amorosa” (Meditación en torno a la soledad, José Rubén Sanabria, en Humanitas, No 13, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 1972, p. 126).
El amor es fundamental para que se dé la convivencia, que es lo mismo que la comunión. Por eso escribe José Rubén Sanabria “las penas y las alegrías se conviven. El mismo vivir se convive porque tú y yo nos actualizamos por medio del amor. Es por ello, demasiado sabido –aunque no poco vivido– que la esencia del amor es la donación total de sí al otro. A esta donación corresponde en el otro la revelación. Lo cual implica el coloquio, pero también el sazonado silencio en el que desemboca el diálogo amoroso. Es la transparencia del ser en el tú. Entonces el silencio no es incapacidad de hablar o falta de materia, sino expresión de la plenitud – éxtasis de quienes se entregan y se revelan mutuamente en la dulzura inefable del amor” (Idem).
Así, pues, el amor puede construir si se comunica con sinceridad y si se le transmite como valor supremo, porque “el valor es aquello que hace que una persona o una cosa sea capaz de ser estimada o apreciada, con palabras de Joseph Gevaer el valor es todo lo que permite dar un significado a la existencia humana, todo lo que permite ser verdaderamente hombre” (Filosofía del Hombre, José Rubén Sanabria, Editorial Porrúa, Segunda edición, México, 2000, p. 124). Y como los valores son un medio de comunicación con los demás, “tienen una dimensión intersubjetiva porque permiten e impulsan a responder a la llamada del otro” (Idem). Pero el amor como es un valor, también es comunicación. La ética en este sentido, es decir, con una ontología y una axiología del amor, es “plenamente vivida, es plenamente en la luz, esperanza en la felicidad y esperanza en el amor. Entonces la vida tiene sentido y se funda en una doble esperanza: esperanza de la autorrealización y esperanza de la inmortalidad” (Decadencia de la ética, Op. cit. p. 166).
En efecto, la ética del doctor José Rubén Sanabria es también una ética de la esperanza. Una esperanza que se fundamenta en el hombre, “porque el hombre es el único animal que espera, tiene necesidad de creer en algo, de esperar y de amar”. (Meditación sobre la esperanza, en Humanitas, No 14, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey México, 1973, p. 37).
El hombre actual está viviendo una crisis angustiante y dolorosa en la cultura, en la educación, en el saber y principalmente en los valores; sin embargo también “se da cuenta de que en la entraña más honda de su ser late la necesidad metafísica de la esperanza” (Ibidem, p. 38).
Pero no faltará quien pregunte con negligencia y con ironía de qué esperanza se está hablando, cuál es la noción de esperanza en la ética que proponemos. Por supuesto que no se trata de la esperanza del humanismo democrático, tampoco del humanismo científico, ni del humanismo marxista o de la esperanza que promueve el extremo de la libertad, así como el modelo sartreano. Se trata más bien de una esperanza ética y ontológica, es decir, “de una esperanza fundamental o auténtica que se diferencia de las esperanzas cotidianas (Ibidem, p. 41), de una esperanza que “se dirige hacia la autorrealización, es decir a mi crecimiento psíquico, moral y espiritual. Para todos, el objeto de la esperanza es la felicidad (Ibidem, p.44). Este es el sentido auténtico de la verdadera esperanza, porque ella, “esencialmente está orientada hacia el futuro” (Ibidem, p. 45). Por eso la esperanza es proyecto de realización, es decir, es el presente que deviene en futuro; “ya que el futuro es actual en cierto modo, porque de hecho es un éxtasis de la eternidad. Y nuestra vida se realiza en una presencia y no, como es obvio, en el pasado ni en el futuro” (Ibidem, p. 46).
En la esperanza se conjuga el tiempo y se actualiza el futuro ya que éste permite la autorrealización plena de la persona. Por esta razón en la siguiente nota apunta nuestro autor: “el tiempo implica la eternidad en la que no hay pasado ni futuro y en la que no es necesario convertir el pasado y el futuro en presente a fin de que tengan sentido. Porque ordinariamente el pasado, que ya no es, sólo tiene sentido por el presente, o tal vez mejor por el futuro. Y éste, el futuro, que todavía no es, sólo tiene sentido por el presente. Sin embargo, hay que concebir el tiempo no como una sucesión de instantes, sino como un todo, es decir, como una presencia. Y entonces el futuro de la esperanza es ya presente, que el logro de lo esperado convertirá en plenitud. El futuro es la oportunidad de una más completa autorrealización” (Idem).
En efecto, con frecuencia se observa que el hombre contemporáneo vive rodeado de múltiples esperanzas temporales, muchas de estas se fundan en ilusiones, se hipostasian en valores relativos y en meros subjetivismos. Pues “en la hora actual, la humanidad vive en la incertidumbre del futuro. Hay muchos hombres desilusionados, muchos angustiados, muchos que ya perdieron la esperanza. Afortunadamente surgen por todas partes nuevas esperanzas porque el hombre es un animal que no puede vivir sin esperanzas” (Ibidem, p. 47). Esto indica que también hay verdaderas esperanzas, que se fundan en el modelo de un hombre auténtico, congruente, sincero, que dirige su esperanza hacia la inmortalidad. Y esta “se va extinguiendo poco apoco en nuestro mundo, como una llama vacilante. Entonces la vida no es lo que Prometeo del Siglo XX había soñado. De todos modos, el hombre es esperanza” (Ibidem, p. 52). Por eso en los múltiples caminos de la historia se le abre un abanico inmenso de posibilidades, porque la vida humana no sólo está hecha de esperanzas, sino también como dice Jean Paul Sartre y que acepta José Rubén Sanabria: “de esperar unas esperanzas que a su vez esperan otras esperanzas” (Idem).
En suma, el hombre para perfeccionarse cada día más, por no decir siempre, necesita poner sus proyectos en una esperanza, y que esta lo conduzca a la esperanza de las esperanzas, es decir, a Dios. Porque a pesar de todo como escribe José Rubén Sanabria: “el hombre es esperanza porque está constitutivamente orientado hacia el futuro” (Ibidem, p. 53). Y haciendo suyas las palabras de Ernest Bloch, continúa diciendo: “por más que las circunstancias sean poco propicias lo importante es aprender a tener esperanza” (Idem).
En consecuencia, pienso que, si la ética es una ciencia de la persona y de la esperanza, es porque ésta se funda en el amor, el cual es fiel a la propia esencia del hombre, esto es, que manifiesta y salvaguarda los valores, dándoles sentido y plenitud. Y así la ética en su esencia “es una actitud, una vivencia de amor, que si se quiere, luego se convierte en teoría, porque el amor y el valor son los dos pilares de la verdadera ética” (Mi concepción de filosofía, Op. cit. p. 160). Por lo tanto, acepto la recomendación que proporciona José Rubén Sanabria, respecto al hecho de vivir éticamente, que consiste en: “tratar de llegar a ser plenamente hombre. En ello hay siempre el riesgo de desviarse por lo útil. Pero nadie podrá negar que el hombre trasciende la fisiología y la psicología: el hombre vale por sus valores morales” (José Rubén, Introducción a la filosofía, op. cit. p. 265).

