Opinión

El humanismo a través de la escuela. Algunas consideraciones para su estudio

Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

Advertencia.

Hoy deseo compartir un nuevo artículo con los lectores de El Comunicador Puebla. El humanismo a través de la escuela, que es complemento de cinco artículos que he publicado en este mismo medio de comunicación: Defensa apasionada del humanismo, Sobre curiosidades del humanismo clásico, Humanismo y humanismos, El humanismo histórico a través de los Coloquios Nacionales e Internacionales de Humanismo, Humanidades y Hermenéutica, y San Lucas. El evangelista humanista de la tradición cristina.

Lo nuevo e interesante en este trabajo es el lugar donde se estudia el humanismo como erudición, esto es, la escuela, desde Grecia antigua hasta nuestros días. Ojalá el lector siga hallando nuevos elementos para la reconstrucción del humanismo, especialmente, para la reconstrucción personal del humanismo, porque a pesar de las constantes, el humanismo sigue conservando en su contenido temas clásicos y eternos, porque se trata en el fondo de los valores universales, que jamás pasarán de moda, mientras siga existiendo el hombre sobre la tierra.

1). El humanismo en Grecia antigua

El humanismo en la Antigua Grecia ha sido expuesto por los grandes estudiosos en cuatro momentos históricos: Grecia homérica, arcaica, clásica y helenística. Pero fue en la Grecia clásica donde se asimilaron los valores vigentes en el humanismo histórico, porque en allí ha quedado reunido lo más granado del pensamiento antiguo y mucho de eso ha servido para la reconstrucción de la educación y de la cultura en los siglos posteriores hasta la actualidad. Hoy todo mundo sabe que la palabra clave de toda esa sabiduría es la palabra paidéia, la cual hace referencia al pasado de Grecia antigua para actualizar y revivir el símbolo que trae consigo el pensamiento griego, sobre todo, el de los siglos VI-IV a. C; desde el nacimiento de los géneros literarios hasta la constitución de las grandes escuelas de Grecia Antigua. (Solamente menciono las principales escuelas a nivel superior: la academia, fundada por Platón en el año 385 a. C; la escuela de retórica por Isócrates en el año 390 a. C; el Liceo por Aristóteles en el año 335 a. C; y el Museo por Tolomeo sotér y los dos Tolomeos siguientes. De este tema me ocupé en mi Defensa apasionada del humanismo y Hermenéutica Analógica, en el marco del XVI Congreso Internacional de Filosofía y América Latina, Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia de Santo Tomás. Bogotá, Colombia, 3 de julio de 2015).

La palabra griega paidéia reúne los géneros literarios: epopeya, lírica, tragedia, comedia, historia, filosofía, ciencias: medicina, geografía, entre otros. En Grecia hubo una fortuna única: tres sumos genios de la filosofía en el mismo lugar, discípulos y en continuación uno en pos del otro, Sócrates, Platón y Aristóteles… esto pasa pocas veces en la historia. (Véase Introducción a la cultura y a la filosofía de la Grecia antigua, Pedro Gasparotto, segunda edición, Universidad Pontificia de México, México, 1993, p. 56. Algunos géneros literarios ya habían sido nombrados como contenido por Hesiodo en el siglo VII a. C, con el nacimiento de las nueve artes a saber: tragedia, comedia, poesía, canto, coro, música, historia y lírica. En el siglo VIII a. C; sólo había dos géneros literarios: la poesía y el mito, en los cuales habían escrito otros indoeuropeos, camitas y semitas, hasta entonces. Veamos un fragmento de las nueve musas).

La paidéia como símbolo de la cultura griega identificaba las siguientes características: escuela, ideario, lengua, maestro, discípulo y conocimiento. Había escuelas en cada ciudad griega, las principales estaban en Atenas. “Según el criterio de los atenienses en tiempos de Sócrates y de Pericles, tres propósitos debía tener todo ateniense: la prosperidad de su hogar, la castidad de su hija y la educación de su hijo. La escolarización comenzaba con un profesor llamado grammatístes, quien enseñaba al niño matemáticas básicas, lo que probablemente significaba poco más que aprender a contar con un ábaco, con los dedos o con guijarros. El grammatístes también enseñaba a leer, y sobre todo, a escribir, así como a recitar de memoria pasajes de los poemas épicos de la Iliada y de la Odisea. La importancia cultural de estas dos obras maestras de Homero, llenas de historias apasionantes y de héroes modélicos, también quedaba reflejada en las lecciones de un segundo curso, cuyo profesor era el kitharístes, o tocador de la lira. Este maestro enseñaba a los niños a cantar y a tocar música haciendo uso de la poesía de Homero, que se cantaba acompañada de la lira. Se creía que entrenando la mente a través de la literatura y la música, el alma del joven sufría una mejora y este se convertía en un recto ciudadano. De la educación física se encargaba un tercer profesor, el paidotríbes, quien desarrollaba cuerpos fuertes y saludables. Al final de la educación formal, las tres disciplinas habían logrado transformar al joven en un kaloskagathos, literalmente, un hombre bello y bueno, el tipo de caballero del que Atenas podía enorgullecerse”. (Véase Vivir la historia de la Grecia Clásica, Time-Life Books Editores, Edición española, México, 2008, pp. 33-34).

La escuela era privada, no obligatoria y habría que pagar al maestro. La educación básica la componían el grammatístes, el kitharístes y el paidotríbes. El padre de familia tenía un pedagogo, cuya función era acompañar al muchacho a la escuela, generalmente era un esclavo, quien debía ayudar al muchacho en las tareas y en la memorización, a veces iba a la escuela para prepararse. Las demás escuelas eran de nivel superior. Había escuelas de leyes, medicina, retórica, filosofía, generalmente alrededor de un gran maestro. La educación era generalmente para varones. En las únicas lecciones que podía participar una chica era en danza y en música. La educación de una chica a menudo se limitaba al aprendizaje de las tareas domésticas, y así esta podría ver poco, escuchar poco y preguntar lo menos posible. (Ibidem, p. 35).

En Grecia había escuelas con distinto perfil, con matices diferentes; algunas escuelas eran para mujeres y otras para varones, por ejemplo, la escuela de Safo de Lesbos y la de Aspacia de Mileto eran para mujeres. En Esparta la educación era mixta, la formación era estatal militar desde los siete años. El ideal era formar al militar valiente. Había precedencia absoluta de la educación física, también para las muchachas. Había un poco de música, lectura y escritura. También había mucha austeridad. Las escuelas se encontraban en varias regiones desde la educación básica hasta la escuela superior. (Más detalles véase Introducción a la cultura y a la filosofía de Grecia antigua, Opu. Cit, pp. 26-27; Safo de Lesbos, la décima musa, Laia Pujol Tost, en Clío, el pasado y el presente, Revista de Historia, MC Ediciones, año 9, número 47, Barcelona, 2009, pp. 38-45; Hipatia linchada por pensar, Dolores Lara Nava, en la aventura de la historia, Unidad Editorial, Revistas S. L. U; Madrid, 2009, pp. 18-22).  

La escuela más seria en Grecia se encontraba organizada en cuatro bloques: la presocrática, la sofista, la clásica y la helenista. La geografía de los llamados presocráticos es la parte de Asía Menor y la Magna Grecia que está situada al sur de la península itálica. La escuela jónica está representada por cuatro pensadores singulares: Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, sobre todo, Heráclito de Éfeso, quien es el opositor de los filósofos eleatenses y uno de los pensadores más eminentes de los presocráticos. La segunda escuela está representada por Pitágoras y en general por los pitagóricos. La tercera escuela es la llamada eleata, la cual fue fundada por Jenófanes de Colofón, pero los máximos representantes son Parménides y Zenón de Elea, de allí su nombre eleatas o con el gentilicio eleatenses. La cuarta escuela la componen los opositores de Heráclito y de los eleatas, es decir, los atomistas, son tres los representantes: Empédocles de Agrigento, Demócrito de Ábdera y Anaxágoras de Clazomene. Este pensador fue el primero que puso una escuela en Atenas y uno de sus discípulos más connotados fue Sócrates.

Los sofistas hicieron una escuela enciclopédica basada en la gramática y en la retórica. Han sido grandes pensadores, modelos y paradigmas de los posmodernos de todos los tiempos, pues su pensamiento es más proyecto de actitud que de una época. Los principales representantes son: Protágoras de Ábdera, Gorgias de Leontini, Calícles, Hipias, Trasímaco y Antifón. La escuela en Grecia clásica es polifacética. Es digno de mencionar las tres escuelas más importantes a nivel universitario: Escuela de retórica fundada por Isócrates, Academia fundada por Platón y Liceo fundado por Aristóteles. Los grandes maestros de los siglos de oro son: Sócrates, Platón y Aristóteles; Heródoto, Tucídides y Jenofonte; Eurípides, Aristófanes y Esquilo. (Hay varias historias de la filosofía griega que pueden servir como una guía de lectura, por ejemplo, Historia del pensamiento filosófico y científico, Giovanni Reale y Darío Antiseri, Vol. I. Editorial Herder, Barcelona, 1998).

El historiador griego Tucídides da una apreciación ejemplar de la paidéia cuando habla de la democracia ateniense: “nuestra forma de gobierno nada tiene que envidiar a las instituciones de los pueblos vecinos, porque somos más modelo que imitadores de otros. De nombre es una democracia, porque el gobierno no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría. Pero si la ley es igual para todos en los intereses particulares, según la consideración de que goza cada ciudadano en algún respecto, y no por razón de su clase, sino por su mérito personal, es preferido para las funciones públicas, como tampoco por pobreza, si uno puede hacer algún servicio al Estado, no le es un impedimento su oscura condición social. La libertad es nuestra norma de gobierno en la vida pública. Por respecto cumplimos con exactitud las disposiciones públicas obedeciendo siempre a las autoridades y a las leyes, y sobre todo a las establecidas en beneficio de los que sufren la injusticia y a las no escritas cuya transgresión trae el menosprecio general” (Tucídides, II,37. Versión de Jaime Berenguer Amenós. Hélade, Editorial Bosch, Barcelona, 1999, p. 11).

2). El humanismo en Roma Antigua

Con la historia de la escuela en Grecia y Roma puede tenerse a la mano una primera especulación sobre el humanismo histórico. Por eso es necesario decir algo respecto. Yo entiendo el humanismo como la evolución y la actualización de la paidéia, la humanitas, la cultura medieval, el humanismo, el pensamiento novohispano y el humanismo cristiano con todas sus características: escuela, lengua, literatura, plan de estudios, ideario, maestro, discípulo, valores, costumbres, pensamientos, etcétera. Varios mundos en uno solo: Grecia, Roma, el cristianismo, la patrística, la escolástica, el Renacimiento, el humanismo, el mundo prehispánico, la nueva España y México independiente. Así, concibo el humanismo, la filología y la literatura en sentido amplio – litterae y grámmata, algo así como lo que entienden por literatura muchos alemanes contemporáneos, esto es, diversos tipos de manifestación escrita, sea histórica, religiosa, científica, filosófica y artística, para no reducir y empobrecer la literatura y las letras a poesía, cuento, novela, fábula y narración, tal como lo presenta la mayoría. También muchos de ellos han vivido humanísticamente como solía escribir Marco Tulio Cicerón, porque vivir humanísticamente es vivir con las musas: cum Musis id est, cum humanitate et doctrina. Y en su tratado de Republica I, 17,18 se lee. “si muchos otros llevan el nombre de hombres, solamente lo son los que por medio de las disciplinas liberales han adquirido una cultura conveniente”. Con parecidas apostillas suele explicarnos Cicerón este concepto suyo de la humanitas, que en el sentido más lato era la atención y cultivo de todo lo referente al hombre como ser inteligente, pero descartando toda preocupación escatológica; es decir, era un puro ideal humano, encaminado a la formación del hombre adulto, sin preocuparse grandemente del desarrollo de los jóvenes” (Véase En defensa del poeta Arquías, Marco Tulio Cicerón, Instituto Antonio de Nebrija, Álvaro D́ Ors, Madrid, 1970, p.74).

El siguiente texto nos acerca más al humanismo originario: Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt. Gallos ab Aquitanis Garunna flumen, a Belgis Matrona et Sequana dividit. Horum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate provinciae longissime absunt. (Toda la Galia está dividida en tres partes, de las cuales los belgas habitan una, los aquitanos otra, y la tercera, los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra, galos. Todos estos se distinguen entre ellos en lengua, en costumbres y en leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos, y los ríos Marne y Sena los separa de los belgas. Los belgas son los más bárbaros de todos estos, porque son los más alejados de la cultura y de la humanitas de la provincia. Cayo Julio César, Guerra de las Galias, I, 1-3).

Subrayo de este texto las dicciones cultu y humanitas, porque es importante recalcar que se trata de las artes liberales, la milicia, la filosofía, la retórica, los valores, las costumbres,… Aulo Gelio es magistral al respecto en sus Noches Áticas, XIII, 17, 1-3. Un estudio muy  singular es, El latín de los humanistas, en Introducción al estudio de la filología latina, Víctor José Herrero, Editorial Gredos, segunda edición corregida y aumentada, Madrid, 1998, pp. 182-200; igualmente: El gran humanista Juan Luis Vives remite el humanismo a las fuentes grecolatinas, como puede verse en su disertación:” así, ignoradas las lenguas de los grandes escritores, no hemos comprendido qué nos enseñaban, hacia dónde había que dirigirse, ni de qué nos persuadían; la ignorancia de estas lenguas nos ha arrebatado por completo el conocimiento de los autores antiguos que habían consignado y entregado a la posteridad del monumento de sus ingenios en las lenguas griega o latina. De diciplinis Libri XX, in tres tomos distincti, p. 19; I. L. Vives, Opera, in duos distincta tomos, t. I, p. 334. Gran parte de este desarrollo puede verse en el magistral discurso sobre el humanismo del doctor Gabriel Méndez Plancarte, en Humanistas del siglo XVIII, UNAM, 1941, pp. IX-XI. Más detalles véase mi trabajo de próxima aparición, El humanismo a través de la escuela, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, Puebla, 2011. Con este contexto puede tenerse una idea más acertada de lo que fue el humanismo en Roma. Pues allá se utilizaron varios términos para simbolizar la paidéia: cultura, humanitas, latinitas y romanitas. Esta civilización hizo un aporte enorme en poesía, sátira, teatro, retórica, arquitectura, lengua y derecho. Todo esto se confirma en la época del emperador Octavio César Augusto, pasado el siglo decisivo de profundas conmociones sociales y políticas, el poeta Horacio lo confirma en sus Epístolas al escribir: “Graecia Capta ferum Victorem cepit et artes intulit agresti latio. (Horacio. Epístolas, 2, 1, 156 ss. Grecia capturada, cautivo a su rudo conquistador e hizo penetrar las artes en el Lacio salvaje).

Aunque en el pueblo romano se hablaba con frecuencia de los términos cultura, romanitas y latinitas, sin embargo, el más académico es humanitas como lo hace saber Aulo Gelio en sus Noches Áticas: “Qui Verba latina fecerunt quique his probe usi sunt humanitatem non id esse voluerunt quod vulgus existimat quodque a Graecis philantropia dicitur et significat dexteritatem quandam benivolentiamque erga omnis homines promiscam, sed humanitatem appellaverunt id propemodum quod Graeci paideian vocant, nos eruditionem institutionemque in bonas artis dicimus. Quas qui sinceriter percupiunt adpetuntque hi sunt vel maxime humanissimi. Huius enim scientiae cura et disciplina ex universis animantibus uni homini data est idcircoque humanitas appellata est” (Noches Áticas, Aulo Gelio, XIII, 17, 1-3. Quienes inventaron la lengua latina y quienes se sirvieron de ella perfectamente, no quisieron que la humanitas fuera eso que el vulgo piensa, lo cual ha sido llamado por los griegos philantropia, y que significa una cierta bondad y una benevolencia común entre todos los hombres, no obstante, llamaron humanitas aproximadamente a eso que los griegos llaman paidéia, y nosotros llamamos formación y educación en las buenas artes. Sinceramente, quienes buscan con afán las artes, estos son los más humanos, pues el afán y el conocimiento de esta ciencia han sido dados solamente al hombre de entre todos los seres animados, y por esta razón se ha llamado humanitas.

Al igual que la paidéia, la humanitas es un símbolo que reúne varias características: la ludus, la sapientia, la lengua, el ideario, el discípulo y el maestro. Ludus es el nombre que se le asignó a la escuela de Roma al final de la República y los cinco siglos del imperio. En ella se estudiaban las artes liberales, la milicia, la filosofía y la retórica. El modelo de la escuela estaba tomado de Grecia, concretamente de Atenas. Los cursos se organizaban de la siguiente manera: “el primer grado de enseñanza era el ludus litterarius, el cual estaba a cargo del litterator, tenía como meta enseñar a leer, a escribir y a contar. El segundo grado era el ludus grammaticus, que estaba a cargo del grammaticus; los alumnos de esta escuela aprendían gramática, naturalmente, pero también leían a los poetas, con todas las explicaciones necesarias (históricas, geográficas, científicas, etc), aprendían sus obras de memoria, las recitaban con la pronunciación correcta y, con ello aprendían a leer con claridad. El tercer grado era el de la enseñanza de la retórica, llamado ludus rhetor, donde los alumnos aprendían a elaborar discursos persuasivos con su maestro el retórico o rhetor” (Véase Lectiones. Textos clásicos para aprender latín, Patricia Villaseñor Cuspinera, Vol. I, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 2004, pp. 26-27).

La formación del estudiante era rigurosa y puede considerarse como la reflexión erudita que vino a fortalecer la philantropia popular, la cual habían conservado los griegos y los romanos preclásicos como una herencia de sus antepasados los indoeuropeos y que Aulo Gelio definió con harta precisión como una “cierta bondad y una benevolencia común entre todos los hombres” (Noches Áticas, XIII, 17).  Sin embargo, la paidéia y la humanitas denotan un misterio, porque en su contenido ocultan los secretos de la sabiduría clásica, es decir, un símbolo que llama la atención hacia el misterio y lo conecta con él. Un símbolo que hace al hombre grecorromano, además de un gran ciudadano, un hombre bueno, benevolente, útil, artista, espiritual, religioso y culto y, sobre todo, aquello que los renacentistas llamaron humanista, porque la educación y la erudición originaron el nacimiento de las artes, el perfeccionamiento de la ciudad, de las formas de gobierno, del conocimiento y de las virtudes del ciudadano.

La ludus inspirada en la escuela griega tenía un ideario que consistía en edificar un hombre clásico, educando al estudiante con las siguientes características: formación militar, espiritual, religiosa, física, axiológica, académica y cultural con el fin de servir a la patria. El militar espartano, el ateniense y el alejandrino eran un paradigma para el militar romano, por eso éste tenía buenas armas, buena formación, buenas estrategias y buenos principios. El paradigma era el mejor recurso didáctico para el aprendizaje. Un estudiante seguía el modelo de su maestro, un hijo de familia el de su padre y un soldado seguía el ejemplo del centurión y del general. (Como ya se apuntó anteriormente, la escuela era privada tanto la educación básica como la superior. Igual que en Grecia había escuelas de leyes, de retórica, de música, de medicina, de filosofía. El emperador Adriano amante de la cultura griega y romana, erigió la escuela más importante del imperio romano a nivel superior, el Ateneo, cuyo símbolo era el diálogo entre esas dos civilizaciones del mediterráneo; en este centro cultural se dieron cita poetas y oradores de Grecia, Asia menor y Roma para dar a conocer sus obras y estudiar las de sus predecesores).

El término ludus va asociado con el sustantivo sapientia, el cual es equivalente al término griego sophía, cuyos significados son: ciencia, conocimiento, reflexión, erudición y más. (Véase la transición de la sophía a la sapientia, en De la sabiduría de los romanos, Federico Ferro Gay – Jorge Benavides, UNAM, México, 1989, pp. 79-123).  La ludus, la sapientia y la humanitas desarrollaron más tarde la noción de humanidades cuando los franceses acuñaron la palabra humanidades del genitivo plural de humanitas, es decir, humanitatum, con lo que se denotan los grandes géneros de las letras clásicas a saber: poesía, filosofía, biografía, oratoria, épica, tragedia, comedia, historia, medicina, prosa, botánica, política, fábula, etcétera. Por eso puede hablarse de las fuentes de las humanidades, que no son otras, sino, las obras redactadas en griego y en latín, y por analogía, las obras redactadas originalmente en hebreo, sánscrito, náhuatl y español; al lado de cada una de estas lenguas merece apuntarse un autor representativo: Homero, Marco Tulio Cicerón, Moisés, Valmiki, Nezahualcóyotl y Miguel de Cervantes Saavedra.

En suma, la humanitas es un producto de la paidéia, en ella se ven los valores de Grecia y de Roma. El eminente filólogo y jurista español Álvaro D´ Ors escribe al respecto: “además de aquellas primeras doctrinas (gramática, poética, retórica, geometría, aritmética, música y gimnástica), unos conocimientos superiores de índole jurídica, religiosa, político-militar y filosófica, vinculados entre sí para formar una unidad armónica, fundamento de la verdadera cultura y capaz de configurar, sobre el presupuesto de sus dotes naturales eminentes”. (En defensa del poeta Arquías, Marco Tulio Cicerón, Instituto Antonio de Nebrija, Madrid, 1970, p.74).  En esta misma línea el doctor Víctor José Herrero escribe: “hay un discurso de Cicerón el pro Archia, que todo él no es más que un pretexto para entonar un canto de alabanza en honor de esa humanitas, palabra que emplea repetidas veces a lo largo de toda la obra. Para los romanos, la humanitas era, en líneas generales, casi la paidéia de los griegos, o sea, el estudio de las letras, de la música y de la gimnasia, pero con un sentido aún más amplio que abarcaba incluso el conocimiento de todas las artes liberales. Cicerón es quien nos dice que vivir humanísticamente es vivir con las musas: cum Musis id est, cum humanitate et doctrina. Y en su tratado de Republica I, 17,18 se lee. “si muchos otros llevan el nombre de hombres, solamente lo son los que por medio de las disciplinas liberales han adquirido una cultura conveniente”. Con parecidas apostillas suele explicarnos Cicerón este concepto suyo de la humanitas, que en el sentido más lato era la atención y cultivo de todo lo referente al hombre como ser inteligente, pero descartando toda preocupación escatológica; es decir, era un puro ideal humano, encaminado a la formación del hombre adulto, sin preocuparse grandemente del desarrollo de los jóvenes”. (Introducción al estudio de la filología latina, Opu. Cit, p. 183).

3). El humanismo en la Edad Media

Si la paidéia es el antecedente de la humanitas, ésta es el antecedente del pensamiento medieval comúnmente llamada cultura. El Medievo organizó las artes en el trivium, el quadrivium, la philosophia y la theologia. Este conocimiento se enseñó primero en la schola y luego en la alta Edad Media con la fundación de la universitas. Las grandes universidades son: Universidad de París, Oxford, Bolonia, Colonia y Salamanca. (Una guía de lectura muy clara y sintética es el artículo de José Rubén Sanabria, Universidad y cultura, en Revista de Filosofía, Año XXVI, Número 77, UIA, México, 1993, pp. 171-219).

En aquella época la humanitas se había modificado, pero continuaba significando como apunta el doctor Fernando Nieto Mesa “la cultura humana que se sacaba de los clásicos paganos, cultura que no se creía ser estorbo para los fieles, cuando en manera alguna se le excluía, pero denotaba ya una cultura humana que se reputaba incompleta, toda vez que debía ser completada y sublemada por una nueva religión. Algo, sin embargo, se empeñó durante los siglos medievales la limpidez del concepto expresado por la frase litterae humaniores”. (Nieto Mesa Fernando, Dato obtenido en una conferencia magistral, Humanismo y Humanismos, Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, Puebla, Pue., 7 de noviembre, 2009).

4). El humanismo en el Renacimiento

La humanitas y la paidéia son el antecedente del humanismo, éste es el símbolo que utilizó el Renacimiento para referirse a la sabiduría superior, esto es, “el cultivo global de todas las capacidades del hombre, gracias al que éste alcanza su máxima plenitud como tal hombre y celebra su verdadera naturaleza”. (D́ Ors Álvaro, Ibidem, p. 15). El humanismo refloreció lo clásico, volvió a proclamar que la educación de la juventud llamada por los griegos paidéia debían darla como disciplinas en la escuela. “Estas inclinaciones, alimentadas con la asidua lectura de los clásicos, introdujeron en aquella sociedad el tipo tan característico del humanista o humanismo, posición del espíritu humano en el modo peculiar de concebir el mundo y el hombre”. (Fernando Mesa Nieto, Ibidem. Muchas de estas apreciaciones pueden verse en: Universidad y Cultura, José Rubén Sanabria, Opu. Cit. pp. 171-219; Los clásicos en el Renacimiento, Leticia López Serratos, Facultad de Filosofía y Letras, México, 2006, pp. 15-32., Historia del humanismo mexicano, Tarsicio Herrera Zapién, Ed. Porrúa, México, 2000, 270 pp.). 

La paidéia, la humanitas y la cultura aparecen teñidas de valores éticos y patrióticos, mientras que el humanismo se refugia despreocupadamente en el otium que promovió el mérito propio. Sin embargo, revivió lo clásico, más que por lo grecolatino, por lo humano. El humanismo también se vuelve un punto de partida, pues es el antecedente de las nuevas vertientes humanistas, del humanismo novohispano, del humanismo contemporáneo y de los llamados neo humanismos, sólo el primero de los apuntados está imbuido de la tradición, aunque con sus rasgos peculiares.

Uno de los estudios más recientes e interesantes sobre el Renacimiento y el Humanismo como movimiento cultural es de Jacques Lafaye. Sin duda, su guía de lectura es Alfonso Reyes, pues él mismo lo citó al iniciar su voluminoso libro al decir: “Viaja la cultura, no se está quieta, por tres siglos funda sus cuarteles en Atenas; por otros tres siglos en Alejandría; madura por otros cinco en Roma; ocho reposa en Constantinopla. Y al cabo se difunde por el Occidente europeo, para después cruzar los mares en espera de la “hora de América”, hoy más apremiante que nunca”. (Por amor al griego, la nación europea, señorío humanista, siglos XIV-XVII, Jacques Lafaye, FCE, México, 2005, p. 21; el texto de Alfonso Reyes es: La crítica de la edad ateniense (600 a 300 a. C.), Alfonso Reyes Ochoa, 1941, en Obras Completas, Vol. XIII, FCE, México, 1961).

En la ciudad de Puebla el doctor Guillermo Hernández Flores dejó un libro inédito al que tituló Decadencia de la Escolástica y Renacimiento. En este trabajo reúne las principales características del humanismo, sus autores y el contenido general de pensamiento, desde las raíces del espíritu moderno, el neoplatonismo, el aristotelismo, la escolástica del Renacimiento, hasta los orígenes de la nueva ciencia, la filosofía de la naturaleza y la nueva ciencia. Sin duda, el más leído de los humanistas es Giovanni Pico de la Mirándola en su libro Oratio de hominis dignitate o Discurso sobre el humanismo.

Un trabajo reciente es del doctor Mauricio Beuchot en su artículo El humanismo cristiano como humanismo analógico. Aquí resalta la dignidad del hombre, el cual es el tema central de la filosofía del hombre o de la antropología filosófica actual. “Se daba a entender que la base del humanismo era este reconocimiento de la alta dignidad del hombre, una dignidad de otros seres del mundo y su semejanza con respecto al creador”. (Mauricio Beuchot, en Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México: José Rubén Sanabria, Mauricio Beuchot, Justino Cortés y Guillermo Hernández. Juvenal Cruz Vega. El Barco Ebrio Ediciones. Puebla, 2025, p. 108).

5). El humanismo y la modernidad

La modernidad en todas sus vertientes quiso esquivar el pensamiento antiguo. Sin embargo, no fue capaz de crear su propio lenguaje. Sin continuar el humanismo histórico, también perdió la simbología porque no utilizó un término que unificara la escuela, la lengua, la sabiduría, el alumno y el maestro. Igualmente perdió el ideario de la educación y de la formación, pero desarrolló una tesis renacentista, el estudio por mérito propio, sin alusión a la patria y al amor a Dios del humanismo cristiano. Su heredera la posmodernidad ha desconocido la memoria histórica al adoptar aptitudes y actitudes comunes como la indiferencia, el relativismo, el pragmatismo, el nihilismo, el egoísmo, el hedonismo y el escepticismo. Por eso las nuevas vertientes haciendo a un lado la memoria histórica consideran que el humanismo histórico es un asunto del pasado y al enfrentarlo ante la crisis actual sería un retroceso de la educación y de la formación.

Una de las críticas a la modernidad con respecto al humanismo lo hace el doctor Guillermo Hernández Flores en su comentario sobre el humanismo en Puebla; aunque la cita es larga, pero vale la pena leerla: “El olvido del hombre por obra y gracia de la tecnología moderna comienza a levantar un cierto olor a podrido entre los escombros en que se ha convertido nuestro mundo. La desgracia consiste en que, con el milagro científico, el progreso querido y tan utópicamente buscado ha dejado un rostro de miseria, ignorancia, enajenación y servidumbre. La palabra del maestro Galileo se cumple con lacerante realismo: el hombre va realizando su sueño de ganar el mundo y perder su alma. El imperio de la máquina ha llegado a la escuela, último reducto que hasta hoy tenía espíritu. El hombre pone al servicio de la deshumanización sus progresos técnicos y produce cada vez más enfermos y fatigados de la vida. Sociedad contradictoria que se debate en los límites de la infrahumanidad por haber olvidado que el hombre es un proyecto y que su tarea es la de hacerse cada día más humano. Junto con el humanismo, están las lenguas clásicas, esas que muchos ignorantes atrevidos menosprecian porque dicen que están muertas, pero en realidad están tan vivas que no sólo permitieron hablar a los modernos sino conservar el humanismo que todavía tienen los posmodernos”. (Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México, Ibidem, pp. 259-260).

Síntesis y conclusión

El contenido del humanismo es objeto de casi todos los géneros literarios. El historiador Herodoto reconstruyó una de las primeras tesis de la cultura, cuando reúne los aspectos comunes de los griegos: la tierra – Hélade, la sangre, la lengua, la religión, las costumbres y los valores. (Herodoto, Historias, VIII, 144. Platón, República IV, 427e). Herodoto como historiador y antropólogo vio al hombre desde afuera, Platón por su parte, como filósofo vio al hombre desde adentro al apuntar cuatro virtudes propias de un ciudadano: “a mi parecer, nuestra ciudad, si está bien fundada, alcanzará el mayor grado de bondad. Y por ello será sabia, valerosa, sensata y justa”. (Platón, República IV, 427e). A partir de este criterio se toma una de las primeras nociones de cultura y de humanismo, como el orden de los valores, las costumbres, la lengua, la geografía, la religión, la sangre y el pensamiento de un pueblo, no como una descripción de datos aislados en diversos géneros literarios, sino como una sabiduría y una reflexión integrada en la vida, en el conocimiento y en lo sagrado del hombre.

En esta travesía puede verse que la memoria histórica nos da una aseveración más justa de la perspectiva del hombre contemporáneo. La parte defectiva y negativa sólo lleva a soluciones superficiales y a vías espinosas. En cambio, en la parte positiva y competente pueden reunirse elementos interdisciplinarios e interculturales edificantes. Con lo expuesto puede hacerse un ejercicio de filología, de hermenéutica y de exégesis sobre el humanismo histórico, por ejemplo, si tomamos un aspecto de la paidéia, de la humanitas, de la cultura o del humanismo, sobre todo, si queremos concurrir en el designio de la educación oficial de México, se ampliará más el horizonte equitativo frente a la crisis mundial en materia de educación y de cultura, o en su defecto, en este nuevo intento que han venido llamando La nueva escuela.

La educación desde la Antigüedad hasta el Renacimiento había pasado por tres momentos: la familia, la escuela y el templo. La primera educación era una filantropía, donde la bondad y la benevolencia se aprendían en la casa con el testimonio del padre y de la madre. La segunda formación era la escuela, donde se asimilaba el conocimiento, cuyo símbolo era la sophía, la sapientia y la scientia. El lugar del padre de familia lo tomaba el maestro en la escuela, quien tenía una formación interdisciplinaria bien organizada. Si el maestro sabía iba a formar excelentes discípulos, si el maestro no sabía no debía dar clase. La tercera etapa de la educación era la formación religiosa y espiritual, la cual se aprendía en el templo y venía a fortalecer la educación de la familia y de la escuela y no a contradecirla. El trabajo era una educación completa e integral, lo que podríamos llamar: formación en valores, en el conocimiento y en la santificación.

Si revisamos la historia podemos ver coincidencias en la formación indoeuropea, semítica, camítica, monosilábica y aglutinante como puede constatarse en testimonios interculturales de babilonios, persas, hititas, hebreos, egipcios, troyanos, armenios, caldeos, griegos, romanos, cristianos, germanos, romances, eslavos, mesoamericanos y mexicanos. Todas estas culturas creyeron en la capacidad y en el paradigma del padre de familia, del maestro y del sacerdote. Por eso el alumno aprendía los asuntos de la casa, de la escuela y del templo. El historiador Jenofonte siendo griego queda impresionado de la educación de los persas: “Los hijos de los persas aprenden la justicia y los magistrados juzgan a los niños contra la acusación recíproca del robo, de la rapiña, de la violencia y de la calumnia. Igualmente, los reproches de la ingratitud, pues consideran que los hombres ingratos se olvidan de los dioses, de sus padres, de su patria y de sus amigos. También enseñan a los niños, la prudencia y la moderación de la comida y de la bebida. Finalmente aprenden a disparar el arco y a lanzar la jabalina. (Hélade, Jaime Berenguer Amenós. Opu. Cit. p.44). 

El evangelista San Lucas es un gran humanista en esta parte, porque al hablar del crecimiento de la sabiduría de Jesús utiliza la sabiduría como símbolo en la edad (familia), en el conocimiento (escuela) y en la gracia (templo). Reúne la filantropía, la paidéia, la humanitas, la cultura, el humanismo y la santidad. Los términos griegos son: Heliquía, sophía y járis. Si san Lucas es un gran humanista del helenismo histórico, san Jerónimo es el gran maestro del humanismo cristiano, no en balde la iglesia lo proclamó doctor de la Iglesia en el siglo VIII, junto con San Ambrosio, San Agustín y San Gregorio el Grande, cuatro como los evangelistas. El ilustre Erasmo, deslumbrado por quien él consideraba el Cicerón cristiano, publicó los primeros escritos de Jerónimo (9 vols., Basilea, 1516). Como ningún otro personaje del cristianismo primitivo, San Jerónimo ha inspirado, desde el siglo XIII hasta, cuando menos, el siglo XVIII, el pincel de los mayores artistas. En 1946 la iglesia lo reconoció como el santo patrono de los traductores, la iglesia luterana también así lo considera. El texto bíblico puesto en latín por San Jerónimo es de sobra conocido: “Et Iesus proficiebat sapientia et aetate et gratia apud deum et homines”. (Lc. 2, 52,52. Y Jesús iba creciendo en edad, en sabiduría y en gracia delante de Dios y delante de los hombres. San Jerónimo hizo un esfuerzo extraordinario al poner los términos que simbolizan la sabiduría clásica, esto es, la edad (aetas), la sabiduría (sapientia) y la santidad (gratia). Un estudio reciente de san Jerónimo, véase San Jerónimo: ascetismo y filosofía, Roberto Heredia Correa, Instituto de Investigaciones Filológicas, Cuadernos del Centro de Estudios Clásicos, número 50, UNAM, 2004, 82 pp).

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