Opinión

Algunas reflexiones sobre la muerte, persona y supervivencia

Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

San Agustín. Confesiones. IV, 6, 11.

Quid autem ista loquor? Non enim tempus quaerendi nunc est, sed confitendi tibi. Miser eram, et miser est omnis animus vinctus amicitia rerum mortalium et dilaniatur, cum eas amittit, et tunc sentit miseriam, qua miser est et antequam amittit eas. Sic ego eram illo tempore et flebam amarissime et requiescebam in amaritudine. Ita miser eram et habebam cariorem illo amico meo vitam ipsam miseram. Nam quamvis eam mutare vellem, nollem tamen amittere magis quam illum et nescio an vellem vel pro illo, sicut de Oreste et Pylade traditur, si non fingitur, qui vellent pro invicem simul mori, quia morte peius eis erat non simul vivere.

¿Pero por qué hablo estas cosas? Pues ahora no es tiempo de preguntar sino de confesarte a ti. Yo era un miserable y es miserable toda el alma atada al amor de las cosas mortales, se desgarra, cuando las pierde y entonces siente su miseria, porque es miserable, también antes de perderlas. Así era yo en aquel tiempo, y lloraba muy amargamente y descansaba en mi amargura. Yo era tan miserable y tenía más aprecio a la misma vida miserable que aquel amigo mío, pues aún, cuando quería cambiarla, sin embargo, no quería perderla, más que aquel amigo. Y no sé si acaso quisiera perderla por aquel, como se narra de Orestes y de Pílades, si no se imagina, que querían morir al mismo tiempo uno por el otro, porque para ellos era peor que la muerte no vivir juntos.

Advertencia.

Esta ocasión quiero compartir con los lectores de El Comunicador Puebla una conferencia ya añeja que dicté hace veinticuatro años en el Departamento de Medicina interna del Hospital de San Alejandro en la Ciudad de Puebla, a la cual titulé: muerte, persona y supervivencia. Es un tema que siempre tendrá actualidad. Pues mientras siga permaneciendo el hombre sobre la tierra, seguirá existiendo la pregunta radical e inacabable sobre su misma naturaleza: ¿Quién es el hombre? ¿Qué es la muerte? ¿Qué hay después de la vida? Espero que esta lectura sea motivo de nuevas e interesantes preguntas. Igualmente, tengo la esperanza de haber logrado mi propósito. En su defecto, me sentiré satisfecho al saber que he conseguido nuevos lectores fuera del ámbito de la academia.

En lo que sigue trataré dos temas a saber: Acercamiento a la persona humana y a la filosofía de la muerte, y Muerte y supervivencia. Notas para una filosofía de la muerte.

a). Acercamiento a la persona humana y a la filosofía de la muerte

La persona es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza. Es unidad sintética de elementos biológicos, sensitivos, intelectivos, volitivos y afectivos. Es el viviente, que tiene múltiples capacidades, como la reflexión, la libertad, la comunicación y la autotrascendencia. La persona es una realidad amplia y con múltiples acepciones. Sin embargo, para llegar a su plenitud, por propia naturaleza y esencialmente tiene que morir. A inicios del siglo XX lo había proclamado solemnemente Max Scheler: “aunque fuese el único ser viviente sobre la tierra, un hombre sabría en una o en otra forma que la muerte va a alcanzarle; lo sabría, aunque jamás hubiera visto otros seres vivientes sometidos a aquella modificación que conduce a la aparición del cadáver”. (José Rubén Sanabria, Introducción a la filosofía. Editorial Porrúa, Primera edición, México, 1976, p.256. El texto de Max Scheler que cita José Rubén Sanabria es: Muerte y supervivencia, en Revista de Occidente, Madrid 1934, p. 22).

Este hecho, como fenómeno, realidad y misterio es un tema que ha interesado a los pensadores más destacados de la historia. Los testimonios más elocuentes aparecen en los escritos de Platón, Cicerón, Séneca, San Agustín, Santo Tomás, Federico Hegel, Martin Heidegger, Karl Ranher, Gabriel Marcel, Federico Sciacca, Alberto Caturelli, y en México Agustín Basave Fernández del Valle y José Rubén Sanabria. Este autor en su reflexión filosófica dedicó varios trabajos de investigación al tema de la muerte. Los más importantes son: Aproximación a la muerte: ensayo de una fenomenología de la muerte, en Sapientia, Año VI, N° 21, Buenos Aires, Argentina 1951. pp. 207-221; La muerte y la supervivencia, en su libro Introducción a la filosofía, Opu. Cit. pp. 256-259; El hombre contemporáneo frente a la temporalidad y a la muerte, en Revista de filosofía, Año XII, N° 34, UIA, México 1979, pp. 107-137; Para una ontología de la muerte, en Filosofar cristiano. Sobre el tema, realismo pluridimensional, N°s 13-14, Córdoba, Argentina 1983, pp. 207-244; el mismo artículo fue publicado siete años después en la revista Humanistas, N° 23, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México 1990, pp. 83-115; La muerte ¿problema o misterio?, en Logos, N° 34, número especial, Universidad Lasalle, México, 1984, pp. 201-225; Reflexión en torno a la muerte, en Analogía filosófica, N° 2, México, 1987, pp. 45-63;  La muerte, misterio existencial, en su libro “Filosofía del hombre (Antropología filosófica), Editorial Porrúa, México, 1987,  (Segunda edición, 2000, pp. 276- 319; Bioética, Clonación y Persona, en Revista de filosofía, Año XXXI, N° 93, UIA, México, 1999, pp. 340-360.

Entrando ya en materia, hemos visto que el tema de la muerte, a partir del existencialismo ha tenido mayor difusión con un saber interdisciplinario; porque se le ha estudiado con mayor rigor y desde varias perspectivas, esto es, desde el punto de vista de la religión, de la ética, de la teología, de la historia, de la poesía, y principalmente, desde el punto de vista filosófico, y de la filosofía cristiana. En efecto, en la obra filosófica de José Rubén Sanabria, el tema de la muerte es meditado en tres puntos fundamentales a saber: hecho evidente de la muerte, características de la muerte y supervivencia de la muerte.

b). Muerte y supervivencia. Notas para una filosofía de la muerte

1). La muerte como un hecho evidente

José Rubén Sanabria en su reflexión considera que la filosofía es la sabiduría que se mueve en torno a la existencia humana. Es una sabiduría especial, porque implica saber vivir, pero también saber morir. Y si esto es así, por lo tanto, queda incluido el tema de la muerte, pues es un elemento constitutivo de su filosofía. Además, su filosofía como cosmovisión es ontología del hombre, de allí que “toda antropología filosófica, incluye necesariamente la consideración de la muerte como elemento esencial de la vida”. (El tema de la muerte en la filosofía de Michele Federico Sciacca, en Giornale di Metafísica, Año XXI, N°s 4-6, Génova, Italia 1976, p. 696). Y en otro texto escribe: “una filosofía del hombre, si pretende ser auténtica y completa, debe saber integrar el hecho de la muerte en el complejo existencial de la autorrealización personal. La muerte no aparece como un problema puramente teórico sino como una situación – límite, como una aventura en la que estamos irremediablemente comprometidos. Ella cuestiona fundamentalmente el valor de la persona y de su ser”. (El Marxismo ante el problema de la muerte, en Revista de filosofía, Año X, N°s 29-30, UIA, México 1977, p. 359).

La muerte es un elemento esencial de la persona, así lo puntualiza el propio autor “ya que es algo que está enraizado en las mismas entrañas de nuestro ser. Soy, existo en el mundo, patencia auténtica e inmediata que se me ofreció a la conciencia desde la infancia, pero entonces no me preocupé – ni del antes, ni del después, ni de mi origen, ni de mi muerte”. (Aproximación a la muerte: ensayo de una fenomenología de la muerte, Op. cit. p. 207). La muerte es un hecho, una verdad indubitable, que nadie la puede negar. Muchos en la actualidad “han negado la existencia de Dios, pero nadie ha negado la realidad de la muerte”. (Idem). La muerte “se puede considerar simplemente como un hecho; y en este sentido el hombre y el animal son iguales”. (Para una ontología de la muerte, en Filosofar cristiano, Opu. Cit. p. 208. Ibidem, p. 209. Los textos bíblicos que cita el doctor Sanabria son: Job 30,23; Eclesiastés, (cohélet ) 3, 19-20. Sic). Para esta afirmación el doctor José Rubén Sanabria se ayuda de dos textos bíblicos, y dice al respecto: “Así leemos en Job: pues bien, sé que a la muerte me conduces, al lugar de cita de todo ser viviente. Y en otra parte de la Biblia se dice: el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra … En nada aventaja el hombre a la bestia…  Todos caminan hacia una misma meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo. (Ibidem, p. 209. Los textos bíblicos que cita el doctor Sanabria son: Job 30, 23 ; Eclesiastés, (cohélet ) 3, 19-20. Sic).

La afirmación anterior indica una de las características, que apunta el doctor José Rubén Sanabria en su reflexión, es decir, que la muerte es universal. La afirmación de que la muerte es universal, esto es, se trata de la característica común en todos los autores que han reflexionado sobre el tema. Pero por el modo de reflexionar pienso que la tomó de dos pensadores católicos del Siglo XX, Karl Ranher y Federico Sciacca. El primero dice: la muerte es el fenómeno más universal. Todo el mundo encuentra natural y da por sobre entendido que hay que morir; y sin embargo, en todo hombre vive una secreta protesta contra la muerte y un inextinguible horror ante ella. Una antropología metafísica no puede explicar este hecho. (Citado por José Rubén Sanabria, El hombre contemporáneo frente a la temporalidad y a la muerte, Opu. Cit. p. 128; mientras que Federico Sciacca piensa que la muerte es universal: porque nadie se libra de ella. Mueren los niños, lo mismo que los ancianos, los hombres lo mismo que las mujeres. Saber algo acerca de la muerte es saber mucho acerca de la propia vida y de su sentido último y profundo. (Citado por José Rubén Sanabria, en Filosofía del Hombre, Opu. Cit. p. 297). En realidad, se trata de una evidencia inmediata: todos sabemos, con certeza absoluta, que vamos a morir”. (La muerte ¿problema o misterio?, Opu. Cit. p. 201). “Sabemos perfectamente que tenemos que morir, pero nos revelamos contra esa dura y terrible realidad”. (Ibidem p. 207).

El hombre es, pues, “y se sabe mortal. Y esto le causa preocupación. La muerte provoca una angustiante pregunta acerca del sentido y valor de la vida humana. El hombre sabe que tiene que morir y que día con día camina hacia el hundimiento inevitable. Este amargo saber es la mezcla de una amenaza inminente que no perdona, y de un aplazamiento que permite huir por algún tiempo”. (Filosofía del hombre, Opu. Cit. p. 278). En su meditación, también los filósofos ateos, cientificistas y materialistas saben que la muerte es el destino de todos los hombres. Un testimonio de esto, es el de Karl Marx, según sus biógrafos dicen que él solía repetir: “la muerte es una infelicidad, no para quien muere, sino para quien debe sobrevivir”. (Para una ontología de la muerte, Opu. Cit. 214). Por su parte, Simone de Beauvoir expresa al ver a su madre moribunda “yo la miraba. Ella estaba allí, presente, consciente y completamente ignorante del trance que estaba viviendo. No saber lo que pasa bajo nuestra piel, es normal. Pero ahora también se le escapaba el exterior de su cuerpo: su vientre herido, su fístula, las secreciones que de ella manaban, el color azul de su epidermis, el líquido que superaba de sus poros; ni siquiera podía explorarlo con sus manos casi paralizadas… Tampoco pidió un espejo: su rostro de moribunda no existía para ella. Descansaba y soñaba, a una distancia infinita de su carne que se pudría, los oídos llenos de ruido de nuestras mentiras, toda ella concentrada en una esperanza apasionada: curarse). (Reflexiones en torno a la muerte, en Analogía filosófica, Opu. Cit. p.52).

Pero volviendo a lo anterior; el hombre y el animal tienden hacia la muerte, esto es, tienen el mismo destino; pero de estos dos, sólo el primero sabe que va a morir, ya que “la muerte se puede considerar como humana – es la verdadera muerte, en este caso sólo el hombre muere”. (Ibidem, p. 209). En esta reflexión el doctor José Rubén Sanabria acepta la noción de Federico Sciacca de que “los seres que no saben que mueren, no mueren, perecen”. (Idem. El texto que cita José Rubén Sanabria, respecto de Federico Sciacca es: Muerte e inmortalidad, Miracle, Barcelona, 1962, p.15). Y así “la muerte en el hombre tiene dimensión y horizontes distintos, de los que tiene en el animal. El animal experimenta la muerte sin preverla ni temerla; y si acaso la prevé, y la teme es cuando la muerte le es inminente, cuando se le ofrece de repente, como algo extraño. Y aún entonces, tal vez, la teme sólo como dolor, no como caída en el no ser, no como la desintegración de su ser individual viviente”. (Aproximación a la muerte, Opu. Cit. p. 208).

2). Características de la muerte

La muerte es un problema y un misterio. Estas dos características sólo se encuentran en el hombre; ya lo había expresado bellamente Federico Sciacca: “la muerte como problema, es exclusiva del hombre: los animales no mueren, perecen. Pero en realidad no hay problema de la muerte, sino de la muerte inherente a la vida y de la vida que incluye a la muerte. Es decir, no existe la  vida y la muerte, sino que ambas se implican, se condicionan: vida-muerte, muerte-vida. Al hombre le es tan esencial morir como le es esencial vivir”. (Filosofía del hombre, Opu. Cit. p. 296). Pero no se piense que la muerte es un simple problema, más bien escribe nuestro autor: “es un misterio doloroso e inevitable. Es el peligro constante; la posibilidad inminente. Hay las pequeñas muertes – las muertes cotidianas – que van preparando la muerte definitiva, la última, a la cual nos vamos acercando, minuto a minuto hasta que llegue el último minuto, sin mañana”. (La muerte, ¿problema o misterio?, Opu. Cit. p. 223). Todo lo anterior muestra que el tema de la muerte tiene múltiples significados, y desde distintos puntos de vista se le puede explicar. Pero uno puede preguntarse libremente: ¿es posible proporcionar una definición sobre la muerte, hay algún criterio para decir su naturaleza, a la muerte se le puede conocer? Si pudiera decirse una definición de la muerte, sería muy riesgoso, en cuanto que se delimitaría su realidad y su misterio. Aunque es muy difícil definir esta realidad, este concepto o bien este misterio qué es la muerte. Sin embargo, muchos pensadores a través de la historia han dado su punto de vista sobre el tema aludido. La mayoría de ellos, la han presentado como un hecho, algo evidente, algo inherente al mismo hombre, por eso el filósofo alemán Martin Heidegger escribe que el hombre, “es un ser para la muerte – Sein zum Tode”. (Ibidem, p. 211). Cuando Jean Paul Sartre apunta que la muerte es un absurdo, cuando menos sabe que existe. Todo esto lleva a la afirmación que la muerte es un hecho, una verdad indubitable, y ninguna persona, teísta, atea o agnóstica puede afirmar con certeza su inexistencia.

El doctor José Rubén Sanabria, sabe que la muerte es un hecho real; y a esto escribe: “la más evidente expresión de la contingencia humana es el hecho de la muerte. Por ello nadie podrá dudar que un día llegará para él este temido y angustiante acontecimiento. A tal grado que no hay cultura en la que no exista la certeza del hecho de morir”. (Filosofía del hombre, Opu. Cit. p. 276). Este filósofo sabe también, “que el hombre siempre ha tenido conciencia de que va a morir”. (Ibidem, p. 278). En este sentido se puede afirmar que acerca de la muerte hay un conocimiento. Nuestro autor habla de tres clases de conocimiento sobre la muerte, esto es, nocional, fáctico y experiencial. “El conocimiento nocional, es tener una noción, un conocimiento puramente especulativo de la muerte, sin ninguna relación personal: todos sabemos que vamos a morir. Aquí convendría leer el magnífico cuento de Tolstoi, es decir, la muerte de Iván Ilich. El conocimiento fáctico, es saber que muere tal persona, alguna celebridad, en el arte, en la política, etcétera. o cualquier persona conocida o desconocida, por ejemplo, en un avionazo, en una carreterazo, en un acto de terrorismo. Esto no se refiere a mí ni a los míos”. (Idem). Y finalmente el conocimiento experiencial, “es vivir, experimentar el acontecimiento único, que llamamos muerte. Este es el único verdadero conocimiento acerca de la muerte. Pero de él no podemos hablar porque al estar muriendo no podremos expresar qué es morir”. (Ibidem, p. 279).

En suma, en la obra de José Rubén Sanabria no hay una definición completa, sobre la muerte, y sobre todo, que agote el problema. Estoy seguro de que él mismo estaría a favor de una noción, o bien una definición descriptiva; pero entendida esta, en el sentido que ha dado a su noción de filosofía, metafísica y antropología filosófica. Por esta razón, este filósofo al tratar de mostrar su respuesta, sostiene que la muerte es una realidad, con varias características en su contenido a saber: universal, cierta, inevitable, personal, efectiva, inminente y definitiva.

3). La muerte es universal.

Al proclamar esta afirmación, se está diciendo una de las características fundamentales de la persona, nadie puede escapar de la muerte. Esto lo han señalado en común acuerdo la mayoría de los pensadores; aún en el mundo no intelectual, fenomenológicamente todos los seres humanos se dan cuenta de este inevitable hecho, lo observan, lo conocen y muchos ya han experimentado verdaderamente la muerte existencial. La universalidad de la muerte, consiste en que todos los seres vivos, por el mismo hecho de serlo, tienden a la muerte, muere el hombre y el animal, “pero a diferencia del animal, el hombre tiene conciencia de que va a morir, sabe que está condenado a padecer lo inevitable. Más no se trata de un saber indiferente, puramente especulativo. Es un saber existencial, una extraña mezcla de la amenaza inminente y de inútil esperanza que se refugia en el olvido. La muerte aparece a nuestra conciencia como algo que no debe ser – y sin embargo es – como una permanente amenaza a nuestra vida y que siempre deseamos alejar del horizonte de nuestra existencia”. (El marxismo ante el problema de la muerte, en Revista de Filosofía, Año X, Números 29-30, UIA, México, 1977, p. 358). Por lo tanto, la muerte humana, es la verdadera muerte, y esta es una propiedad de todos los hombres: el hombre sabe que va a morir y no lo puede evitar.

4). La muere es inevitable

Esta característica está muy ligada a la universalidad. Por ello mismo, decir que la muerte es inevitable, significa “que es una realidad por la que todos tenemos que pasar”. (Para una ontología de la muerte, op. cit. p. 333).  Ninguna persona es ajena a la muerte, naturalmente es una característica inherente de su propia esencia. La muerte también es un hecho provocado – suicidio y homicidio, asimismo es un fenómeno de enfermedad. Todos estos acontecimientos, provocan la inevitable pregunta en el interior del hombre: ¿por qué tenemos que morir? La respuesta ya la sabemos escribe José Rubén Sanabria, “porque somos contingentes, somos polvo. La muerte de los otros nos recuerda que no podremos evitar ese terrible acontecimiento. El tiempo devora inexorablemente nuestra existencia. Cada día vivido es un día de nuestra vida. Nos fatigamos, sentimos la debilidad, el aburrimiento, la decrepitud, la enfermedad nos quebranta”. (Reflexiones en torno a la muerte, Opu. Cit. p. 59). El hombre muere, no por ser un accidente de la vida, la muerte no es una capacidad, más bien muere el hombre, porque es una característica de la existencia humana. “vivo a condición de ir muriendo: llevo mi muerte conmigo. Sé con Agustín de Hipona que desde el momento en que empezamos a existir nunca dejamos de tender hacia la muerte; que esta vida no es más que una carrera hacia la muerte. Y sé con Heidegger que la muerte es un modo de ser que el Dasein toma sobre sí tan pronto como es: tan pronto como un hombre entra en la vida, es ya bastante viejo para morir. Sé que, aunque no quiera, soy un Sein zum Tode y que en la última posibilidad estaré radicalmente sólo: yo estaré muriendo y quedaré ante los ojos de los demás. Este es mi ser – para – la – muerte, me revela mi contingencia radical”. (Mi concepción de filosofía, en Revista de Filosofía, Año XI, N° Opu. Cit. p. 152).

5). La muerte es cierta

El hombre sabe que tiene que morir. La muerte le puede acontecer al nacer, en la niñez, en la juventud, en la vejez. Se trata de una certeza absoluta. Pues “todos tenemos la certeza de que vamos a morir. Desde que sé qué soy. Sé que voy a morir, porque sé que si tuve un principio, tengo necesariamente un fin, además por experiencia compruebo la muerte de los otros que son como yo. Si mueren ellos, yo también debo morir”. (Introducción a la filosofía, Opu. Cit. p. 256). La muerte es cierta, “nos acompaña, nos persigue, nos acosa, nos angustia, nos tortura, nos destruye porque está en nosotros”. (Reflexiones en torno a la muerte, Opu. Cit. p. 58). El hecho de morir es una certeza absoluta; pero al mismo tiempo es una realidad incierta. Ya lo han proclamado abiertamente la antigüedad clásica y la tradición cristiana: “La muerte es cierta, la hora es incierta”. En esta línea San Bernardo escribe: “Quid vero in rebus humanis certius morte, quid hora mortis incertius invenitur”. (Para una ontología de la muerte, Opu. Cit. p. 233. Otro texto explícito sobre lo incierto de la hora de la muerte según Bernardo de Claraval, y al que hace alusión José Rubén Sanabria es: “nil  mortalibus vel morte certius, vel incertius hora mortis” (San Bernardo, Opera, Parisius, 1960, I pp. 109 y 364).  Y a esto el doctor José Rubén Sanabria escribe: “vamos a morir, no sabemos ni cuándo ni cómo, ni dónde”. (Para una ontología de la muerte, Opu. Cit, p. 234). En este sentido se puede decir que aunque la muerte sea una certeza, porque todos los seres humanos tenemos que morir algún día, sin embargo, es incierta, en cuanto que en ella hay ignorancia respecto del tiempo y del lugar. “He aquí la difícil y angustiante paradoja, la ambigüedad fundamental del misterio de la muerte. No se trata de una imprecisión accidental; es una indeterminación esencial, porque en el momento de la muerte está más allá de toda categoría. La respuesta a las preguntas cómo, cuándo, dónde, es la que queda indeterminada, como indeterminada es la aplicación concreta de la ley general, todo hombre es mortal”. (Idem).

6). La muerte es personal

Si se le pregunta a una persona qué es la muerte, lógicamente la respuesta o es una proposición basada en la experiencia de la muerte de otros, o bien se basa en una definición extraída de algún autor o enciclopedia. De todos modos, la muerte realidad polisémica, no deja de ser un conocimiento cuando se le quiere describir. Alguien podría repudiar esto diciendo: ¿la muerte es un conocimiento? Sin embargo, se puede responder afirmativamente; ya que es posible tener un conocimiento sobre la muerte, aunque sea en el plano nocional o abstracto. Pero también llegará un día “en el que de pronto se nos revele la muerte porque nos concierne personalmente”. (Idem).  Considero que ese día se tendrá un conocimiento experiencial de la verdadera muerte, pero para entonces ya no va a ser posible expresar ese conocimiento. Pues, en efecto, la verdadera muerte es cuando se tiene un conocimiento experiencial, es decir, vivir y experimentar el acontecimiento único que es llamado muerte. Se trata justamente de nuestra muerte, “la cual sabremos algún día, precisamente el día de nuestra propia muerte, pero entonces no podremos decir qué es. Y si hay tantas muertes como vidas humanas, quiere decir que cada uno sabrá, un día, no qué es la muerte, sino qué es su propia muerte, mejor qué es morir. Por lo mismo no tenemos conocimiento de la muerte, bueno sí lo tenemos, pero es un conocimiento puramente nocional; lo que tenemos es experiencia de la muerte, de nuestra propia muerte). (Reflexión en torno a la muerte, Opu. Cit. p. 51).

7). La muerte es efectiva

La afirmación de que la muerte es efectiva es una de las características más evidentes de la persona, porque denota que se trata de una verdad que necesariamente será una vivencia personal. Ciertamente, no se trata de que la muerte sea un concepto, una definición, tampoco de lo que escriben los autores más renombrados sobre este tema. Sino que efectivamente, se trata de la vivencia de nuestra propia muerte. Por eso “pasamos del saber general de la mortalidad a la vivencia de la muerte y conocemos todo el peso del terrible misterio”. (Para una ontología de la muerte, Opu. Cit. p. 235). La primera experiencia que tiene el hombre en otra dimensión es cuando muere un familiar cercano o bien un amigo; este acontecimiento le recuerda lo que él ya sabía antes. Porque “nos recuerda lo que ya sabíamos, que tenían que morir, pero entonces lo sabemos de otro modo, descubrimos una nueva dimensión, tenemos una experiencia de otro orden, esta experiencia es el descubrimiento de una profundidad desconocida, es algo que nos toca muy de cerca y que nos revela que tenemos que pasar por ese trance). (Idem).

Este acontecimiento, desde el punto de vista fenomenológico hace que los seres humanos nos demos cuenta de nuestra propia muerte. Este hecho lo acepta José Rubén Sanabria quien escribe: “sé entonces, por una experiencia especial que la muerte es efectiva, que es inherente a mi vida. Es una urgencia de cada día, de cada minuto”. (Idem). Esta afirmación significa que la muerte de los otros es cercana a mí mismo, “porque la muerte del otro me hace sentir, que la muerte es efectiva”. (Reflexión en torno a la muerte, Opu. Cit. p. 61). Con razón Paul Ricoeur escribe: “en parte la muerte del otro, es la que nos hace vivir la amenaza de fuera hacia adentro, merced al horror del silencio de los ausentes que ya no responden, la muerte del otro penetra en mí como una lesión de nuestro ser común”. (Idem).  

8). La muerte es inminente

Cuando se dice que la muerte es inminente se está revelando un hecho indubitable. Esta característica de la persona está fundamentalmente unida a la efectividad de la muerte, ya que este hecho, “es una urgencia de cada día, de cada hora, de cada minuto”. (Idem).  No en balde había escrito San Agustín, “en cuanto nace un hombre hay que decir de él que no podrá escapar a la muerte”. (Idem).  La muerte es un hecho que se nos revela día a día, en cada momento. Al respecto nuestro autor escribe: “estoy de acuerdo con Heidegger cuando afirma que la muerte es la expresión más concreta, clara y radical, de la contingencia humana”. (Idem). La muerte es inminente, es decir, que ésta en cada instante se le presenta al hombre, mejor dicho, se nos presenta. “Esto significa que cualquier día es bueno para morir, que cada día que vivo es un día menos, que cada día es un paso seguro hacia la muerte. La muerte es urgente, no se detiene, es terriblemente inminente. Vivimos perpetuamente amenazados por la muerte – la espada de Damocles pende sobre nuestra cabeza”. (Para una ontología de la muerte, Opu. Cit. p. 235). En su Introducción a la filosofía José Rubén Sanabria escribió que la filosofía es una sabiduría especial, un saber para aprender a vivir y para aprender a morir. Esto quiere decir que el hecho de aceptar la muerte es porque se tiene una cierta sabiduría, mejor aún una forma especial del saber. Pues toda la vida hay que aprender a morir, ya que mal viviría quien no supiera morir, como dijo Séneca. (Más detalles véase Introducción a la filosofía, Opu. Cit. p. 303).

9). La muerte es definitiva

Esta característica de la muerte, así lo pienso es la más dolorosa para el hombre que contempla este acontecimiento. Cuando un hombre muere es solamente una vez. El hecho de morir significa traspasar los umbrales del tiempo. Ya que con la muerte acontece algo especialmente definitivo, algo que es un dejar, de manera necesaria e irreversible en este mundo. No existe el hubiera, como cuando se dice de algunas acciones humanas, porque una vez realizadas ninguna persona puede hacer que no hayan sido hechas puesto que ya se hicieron. Pues “al morir traspasamos una frontera a la que jamás podremos volver. Por eso a la muerte se le llama comúnmente –el viaje sin regreso- . Y con la expresión – el más allá- nos referimos exclusivamente a la muerte”. El hombre contemporáneo frente a la temporalidad y a la muerte, Opu. Cit. p.130. Y al final del párrafo el mismo autor continúa: “la muerte es la gran frontera que jamás se vuelve a cruzar. Y por el hecho de ser la muerte lo absolutamente definitivo adquiere el carácter de suma gravedad”. (Idem).

10). Supervivencia de la muerte

Todo lo anterior muestra los elementos fundamentales para extraer una noción de lo que es la muerte. Pero ¿qué es la muerte? El doctor José Rubén Sanabria frente a esta pregunta sabe que su respuesta es más existencial que abstracta. Ya que la muerte es una dimensión esencial de la persona. Y esta, es una realidad concreta, un enigma inagotable, un misterio. La muerte por ser de la persona, también es esa realidad mistérica y problemática. Es fin de todo hombre, es la posibilidad absoluta y más propia del hombre; pero también está en la vida. Por eso la muerte “es la metamorfosis misteriosa, y casi siempre angustiante, de la persona; es el tránsito de un modo de ser – temporal – a otro modo de ser – en la eternidad -; el tránsito de una dimensión a otra dimensión; la transfiguración de la persona: como la oruga que se convierte en mariposa, pero para ello tiene que abandonar el capullo, de manera semejante el hombre, para ser en verdad y en plenitud su ser persona tiene que perder su corporeidad la cual se convierte en cadáver”. (Filosofía del hombre, Opu. Cit. p. 305).

La muerte es el tránsito doloroso del tiempo a la eternidad, es la transformación misteriosa del hombre, es la paradoja suprema del hombre. Es una realidad incompresible, es liberación. Pero en ella, hay varias actitudes del hombre “como la angustia, desesperación, esperanza, indiferencia”. (La muerte ¿problema o misterio? Opu. Cit. p. 225). Todo esto, porque también existen muchas formas de recibir la muerte. Por esta razón no todas las personas la aceptan, no en balde Hegel decía que la muerte es lo más espantoso. Pienso que la muerte a todos nos espanta, sino se quiere decir nos angustia. Esta última realidad es existencial y una propiedad ontológica de la persona, es difícil darle una definición. Porque la muerte “es indefinible, se la siente, y se la vive, pero no se le puede definir. Al tratar de describirla hay que recurrir a palabras como temor, miedo, inquietud. La angustia es todo esto y algo más, es independiente del sujeto y contra el sujeto, es algo que se impone; pero siempre en relación a la propia vida o a la vida ajena en peligro. Las cosas no suscitan verdadera angustia, es decir, la angustia surge cuando la vida está amenazada”. (Historia y angustia en el hombre contemporáneo, Opu. Cit. p. 33).

Sin duda alguna, la actitud frente a la muerte también es angustiante. Sin embargo, la actitud de un filósofo cristiano es donde la angustia no es un vacío que deja la ausencia de Dios. Nuestro autor lo escribe bellamente: “por eso el creyente que se entrega generosa e incondicionalmente a la voluntad divina sabe que Dios, que es el trascendente, disponga de la angustia y de la esperanza. El creyente también vive la angustia, porque sabe que él es tiempo, porque sabe que es un ser para la muerte; pero sabe también que su muerte está en manos de Dios. Y sin embargo, prepara su muerte todos los días porque en cualquier momento le puede advenir”. (Ibidem, p. 41). Con la muerte no se acaba todo, hay quien de este modo ha pensado y no sólo eso, de esa manera ha vivido. La muerte no es la última palabra. “El hombre es más que la muerte, es trascendente por necesidad. Por ser el lugar – el hogar del logos, del amor y de la libertad lleva consigo algo de eternidad: la persona es supervivencia”. (Filosofía del hombre, Opu. Cit. p. 316).

José Rubén Sanabria acepta la reflexión de Gabriel Marcel al decir: “Si la muerte es una realidad última, el valor se anula en el escándalo puro, la realidad se siente herida en su mismo corazón. Y esto no podemos ignorarlo, a no ser que nos encerremos en un sistema de nuestro gusto. Aceptar o admitir pura y sencillamente este escándalo no significa inclinarse ante un hecho objetivo, puesto que estamos fuera del orden de los hechos; al contrario es romper en su centro mismo la comunión humana”. (Ibidem, p. 317. El texto de Gabriel Marcel es Homo Viator, Aubier, París 1945, p. 211). La tesis de la supervivencia del hombre es afirmar que la persona no muere, se transforma, se trasciende porque es la suprema exigencia del ser. Por eso dije hace un momento que la respuesta de José Rubén Sanabria es la de un filósofo cristiano que acepta la muerte y aunque sabe que es un misterio doloroso y angustiante, sin embargo, sabe que tiene que morir. No en balde dice: “Sé que voy a morir. Pero también sé que voy más, mucho más, que la muerte. Sé que la muerte no es la última palabra en el drama de la existencia humana. Sé que mi vida no se hundirá en la nada. Sé que el valor absoluto de la persona exige la supervivencia. Sé que no moriré”. (Ibidem, p. 319).

En consecuencia, si la muerte es una transformación, es un paso a una vida mejor, es posible preguntarse, ¿cómo puede ser eso? Si la persona es un misterio, lo es también la muerte, porque esta es una de las características fundamentales y ontológicas de la persona. Pienso que de esto no es posible explicar científicamente, sobre todo, que se dé una respuesta definitiva. La persona no morirá, al contrario, sobrevivirá. Y esta es justamente la tesis principal: “Sé que no moriré del todo. ¿Cómo será ello? Filosóficamente no tengo respuesta. Pero lo sé. Si el marxista Bloch cultivó una esperanza laica, puramente inmanente, yo también fundo mi esperanza – y es más que esperanza – en misterio que soy por ser hombre y en el misterio de la muerte, que es la condición de posibilidad de una vida personal transtemporal y transespacial. Porque soy trascendencia”. (Idem).

Alocución

A pesar de la degradación en que ha caído el hombre contemporáneo, porque se le ha reducido a un simple fenómeno. A pesar de que ha quedado casi vaciado de su auténtica axiología, todavía se sigue preguntando con rigor quién es el hombre, quién es él mismo. La pregunta seguirá existiendo mientras siga habiendo hombre. Y nuestra respuesta seguirá siendo general. Indudablemente la filosofía del hombre nos va a ayudar en todos los tiempos a intentar responder esa pregunta insaciable. No se trata de una respuesta abstracta. Se trata más bien de buscarle sentido a nuestra propia existencia

La verdadera filosofía estudia al hombre con todas sus dimensiones ontológicas. La muerte es la forma más completa de que la persona se autotrascienda. No es un accidente de la vida, no es una mera posibilidad entre otras. Es una característica de la existencia humana. Es el tránsito de un modo de ser a otro modo de ser; es la transformación misteriosa y dolorosa – de la persona, desde una dimensión en otra dimensión.

En efecto, si la persona de suyo es un misterio, una paradoja, un enigma indescifrable, una realidad indefinible, es porque todavía no se ha alcanzado a comprender la inevitable pregunta qué es el hombre, mejor con Heidegger, quién es el hombre. En esta línea también la muerte es un misterio. Pero es un misterio doloroso. Ante este se dan varias actitudes como la angustia, la desesperación, la indiferencia, la esperanza, etcétera. La actitud que José Rubén Sanabria ofrece, es la de un filósofo cristiano que tiene una doble esperanza, en la realización de la persona y en la supervivencia de la misma. Por mi parte me unifico a esa actitud, de filósofo cristiano que cuando me cubre con su sombra la soledad y la angustia la congoja divina me llevará al consuelo, porque tengo miedo de la muerte, pero me arrojo a los brazos de Dios, por eso le encuentro sentido a la vida, no me doy por muerto desde antes de que la muerte me sorprenda. ¿Tienes miedo? ¿A dónde te arrojas, cuál es tu actitud frente al problema y misterio de la muerte? Para terminar esta larga meditación lo hago aceptando las palabras del doctor José Rubén Sanabria: “los que tenemos fe esperamos la vida verdadera porque hay en mí una irrefrenable y radical aspiración a la plenitud y a la felicidad inacabable. No puedo no aspirar a la plenitud subsistencial:  vivo en el tiempo y soy para la eternidad. Mi vocación humana es ser siempre”. (Mi Concepción de Filosofía, Opu. Cit. p. 193).

Deja una respuesta