La pregunta por la filosofía y la vocación del filósofo
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz
Pórtico
La historia de este artículo surgió por una inquietud de mi maestro, el doctor Guillermo Hernández Flores (1949-2020), cuando en el año 2004 solicitó al director de entonces, Semanario Koinonía en la ciudad de Puebla, la creación de una sección en el mismo “Semanario” en el cual se abriera un espacio para reflexionar sobre la filosofía, pues era difícil encontrar un espacio en la prensa escrita para hablar de esta disciplina tan apasionante y tan extraña. El doctor Guillermo Hernández invitó al doctor Mauricio Beuchot Puente, al doctor Justino Cortés Castellanos y a un joven filósofo que se iniciaba en la filosofía, hoy, al doctor Rómulo Ramírez Daza y García. Por supuesto, mi maestro me invitó a colaborar en esta sección a la que pusimos por nombre “Areópago”, cuyo fin había sido recordar la famosa Colina de Atenas de Ares o Marte, allí donde se había establecido el tribunal de los juicios de los que iban a ser condenados a muerte. Por esta razón se le llamó Ἄρειος Πάγος, es decir, Areópago. Allí donde disertaron los grandes pensadores de Atenas, y que todavía en los primeros siglos del cristianismo se exponían las tesis originales de los grandes intelectuales del momento. En ese lugar habló Demóstenes a los atenienses, y cuatro siglos después en el mismo lugar san Pablo expuso uno de los discursos más hermosos en lengua griega para la historia del humanismo, tal como puede verse en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Al artículo original he agregado algunos números del primer libro de la Metafísica de Aristóteles, al cual he llamado “Proemio a la obra de Aristóteles”. Se trata de un bello texto, del cual se pueden extraer varias tesis vigentes de la filosofía.
Así, pues, reproduzco el artículo que publiqué aquel domingo 1º de agosto del año 2004. Y lo hago como un reconocimiento a mis cuatro maestros más cercanos, de quienes he recibido la inspiración original y quienes me han impulsado a estudiar con tanta pasión la filosofía y las humanidades clásicas: Guillermo Hernández, José Rubén Sanabria, Justino Cortés y Mauricio Beuchot.
1). Proemio a la obra de Aristóteles. Met; Libro I, 980 a.
Aristóteles fue un filósofo griego, considerado uno de los pensadores más importantes de la historia, y oriundo de Estagira, Macedonia. Nació en el año 384 a. C, llegó a Atenas siendo un adolescente con el propósito de completar su formación en la Academia de Platón, su maestro más cercano. En el año 335 funda su propia escuela filosófica, a la cual llamó Liceo. Tuvo un singular amor a la sabiduría, la cual sigue siendo motivo de diversas especulaciones. En su obra puede hallarse una pluralidad de temas, desde la medicina, filosofía, ética, lógica, zoología, política, física y, sobre todo, metafísica, aquello que lo hace ser propiamente un filósofo universal. Con él termina la filosofía perenne. Muere en el año 322 a. C. A su muerte siguió su obra el filósofo Teofrasto (370-287 a. C), el cual heredó la Biblioteca de su maestro.
El texto que ahora presento es un ejercicio para examinar la sintaxis fundamental del griego clásico. Aquí se encuentran oraciones simples y compuestas. Figura la estructura de un periodo: oraciones bimembres y unimembres; atiende a la naturaleza verbal para estudiar las oraciones transitivas, intransitivas y sustantivas; igualmente la oración subordinada: circunstancial, completiva de infinitivo y la oración final con el verbo en modo subjuntivo. Y también, enseña a utilizar las oraciones coordinadas correlativas, la oración con dativo posesivo y más. Todo esto, que tanta falsa hace a las nuevas generaciones del ámbito universitario y del Sistema de Educación Pública.
Sin duda, es uno de los textos más hermosos de la filosofía clásica. Ha sido tomado de la Metafísica, uno de los principales trabajos del filósofo griego. Trata de las principales tesis de la filosofía sistemática, tanto por el lado del conocimiento, del pensamiento, de la naturaleza y de la relación del hombre consigo mismo, con los demás seres, incluso con el absoluto. Plantea el lugar que ocupan los sentidos en la relación del conocimiento y su jerarquía frente a todos los sentidos. Por esto, los grandes maestros a través de la historia han extraído los principales contenidos de las disciplinas filosóficas, tales como: lógica, epistemología, ontología, filosofía del mundo físico, metafísica, filosofía del absoluto, ética y axiología.
Así, pues, nos encontramos frente al texto más traducido, interpretado, comentado y aplicado a diversas disciplinas del conocimiento hasta nuestros días.
Texto en lengua griega:
Πάντες ἄνθρωποι τοῦ εἰδέναι ὀρέγονται φύσει. Σημεῖον δ’ ἡ τῶν αἰσθήσεων ἀγάπησις. Καὶ γὰρ χωρὶς τῆς χρείας ἀγαπῶνται δι’ αὑτάς, καὶ μάλιστα τῶν ἄλλων ἡ διὰ τῶν ὀμμάτων. Οὐ γὰρ μόνον ἵνα πράττωμεν ἀλλὰ καὶ μηδὲν μέλλοντες πράττειν τὸ ὁρᾶν αἱρούμεθα ἀντὶ πάντων ὥς εἰπεῖν τῶν ἄλλων. Αἰτίον δ’ ὅτι μάλιστα ποιεῖ γνωρίζειν ἡμᾶς αὕτη τῶν αἰσθήσεων καὶ πολλὰς δηλοῖ διαφοράς. Φύσει μὲν οὖν αἴσθησιν ἔχοντα γίγνεται τὰ ζῶα, ἐκ δὲ ταύτης τοῖς μὲν αὐτῶν οὐκ ἐγγίγνεται μνήμη, τοῖς δ’ ἐγγίγνεται. Καὶ διὰ τοῦτο ταῦτα φρονιμώτερα καὶ μαθητικώτερα τῶν μὴ δυναμένων μνημονεύειν ἐστί, φρόνιμα μὲν ἄνευ τοῦ μανθάνειν ὅσα μὴ δύναται τῶν ψόφων ἀκούειν (οἷον μέλιττα κἄν εἴ τι τοιοῦτον ἄλλο γένος ζῴων ἐστί), μανθάνει δ’ ὅσα πρὸς τῇ μνήμῃ καὶ ταύτην ἔχει τὴν αἴσθησιν. Tὰ μὲν οὔν ἄλλα ταῖς φαντασίαις ζῇ καὶ ταῖς μνήμαις, ἐμπειρίας δὲ μετέχει μικρόν· τὸ δὲ τῶν ἀνθρώπων γένος καὶ τέχνῃ καὶ λογισμοῖς. Γίγνεται δ’ ἐκ τῆς μνήμης ἐμπειρία τοῖς ἀνθρώποις. Αἱ γὰρ πολλαὶ μνῆμαι τοῦ αὐτοῦ πράγματος μιᾶς ἐμπειρίας δύναμιν ἀποτελοῦσιν. Καὶ δοκεῖ σχεδὸν ἐπιστήμῃ καὶ τέχνῃ ὅμοιον εἶναι ἡ ἐμπειρία, ἀποβαίνει δ’ ἐπιστήμη καὶ τέχνη διὰ τῆς ἐμπειρίας τοῖς ἀνθρώποις. Ἡ μὲν γὰρ ἐμπειρία τέχνην ἐποίησεν, ὡς φήσὶ Πῶλος ἡ δ’ ἀπειρία τύχην.
Versión española:
Todos los hombres desean saber por naturaleza. Por eso, el amor a los sentidos es la prueba. Y en efecto, independientemente de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, pero el más importante de los otros es el sentido de la vista. Pues no sólo cuando realizamos algo, sino también cuando no queremos hacer nada, preferimos la vista en lugar de todos, es decir, de los otros sentidos. En verdad, esta es la causa que nos hace conocer más que los otros sentidos, aunque demuestra muchas diferencias. Realmente los animales nacen dotados de sentidos por naturaleza, pero de estos, algunos de ellos, no tienen memoria, otros si tienen. Y por eso, éstos últimos, son más aptos y más dispuestos para aprender que los que no tienen la capacidad de recordar; son aptos sin aprender, los que no tienen la capacidad de escuchar los sonidos (como la abeja y los otros animales semejantes, si los hay), en cambio, aprenden, los que además de memoria, también tienen este sentido. Ciertamente, los otros animales viven por medio de imágenes y de recuerdos, pero participan poco de la experiencia. En cambio, el ser humano tiene participación con el saber y con el razonamiento. Y del recuerdo, se hace la experiencia para los hombres, pues muchos recuerdos de un mismo hecho realizan el sentido de una experiencia. En síntesis, parece que la experiencia es semejante a la ciencia y al arte, pero la ciencia y el arte llegan a los hombres por medio de la experiencia. Pues la experiencia hizo el arte como dice Polo, pero la inexperiencia hizo al azar.
2). Meditación sobre la naturaleza de la filosofía.
¿Qué es, pues la filosofía? No creo que haya una respuesta definitiva sobre esta palabra tan antigua. Sin embargo, se acepta que la filosofía sea inherente al hombre mismo, porque nace de su propia existencia, no se da como algo hecho y acabado para siempre, es la propia experiencia existencial. La filosofía se vuelve reflexión cuando el filósofo intenta, como un explorador, buscando todos los caminos hasta encontrar su propia senda, porque él sabe que filosofar es primordialmente teorizar; como en griego θεωρεῖν que significa mirar algo, pero mirar algo con el espíritu, esto es, contemplar, ver más allá de nuestras fronteras, porque sabe que filosofar, es ver en busca de un fundamento último para nuestro saber.
Pitágoras y San Agustín han sido dos grandes maestros de la filosofía. El primero por haber sido el creador de la sentencia “amor a la sabiduría”, esto es, aquella especulación en la cual el filósofo no es un sabio, sino un amante de la sabiduría, un enamorado de Dios. San Agustín considera que Dios es la sabiduría, Dios es el Sabio, y así lo expresó en su celebérrima obra magna -la Ciudad de Dios– “Si Sapientia Deus est, verus Philosophus est amator Dei”.
El texto de San Agustín mejoró y profundizó a Pitágoras al retornar en esta sentencia a la noción ontológica “un verdadero filósofo”, esto es, aquel que ama la Sabiduría: la “σοφία, la sapientia, el saber”, es el que ama a Dios, el hombre congruente, el que tiene conformidad de lo que piensa con lo que dice y con lo que hace. Un verdadero filósofo busca a Dios, porque “es el que busca por los senderos obscuros de la vida, alegres y asombrados, porque sabe que filosofar significa vivir en forma absoluta y total, donde existe silencio y no hay perturbación”.
El filósofo “no puede evitar asombrarse ante el espectáculo de la naturaleza, ante la noche luminosa del ser, es quien se queda maravillado, contemplando lo que tiene ante los ojos, es quien no acaba de admirarse de los entes en el ser”. “Es el que tiene la necesidad de filosofar, es quién oye la voz del ser, siente que la filosofía es una tarea imperiosa, improrrogable, siente que es quehacer decisivo de su vida”. El filósofo sabe que la filosofía quiere decir más allá de la semántica de sus palabras, ir de camino y que sus preguntas son más esenciales y fundamentales que sus respuestas, porque la filosofía es “preguntar, sondear, inquirir, con la esperanza de obtener respuesta: pues sólo pregunta de verdad quien pretende saber. Y esperar es desear y confiar en la revelación del ser; la esperanza es aspiración al ser; es poseer en sombras y querer la luz”.
El filósofo es el que “acepta el conocimiento como un hecho, complejo y difícil de explicar, y se sirve de él como cualquier otra persona. Pero no se queda ahí, en el nivel espontáneo y pragmático, sino que hace del conocimiento un problema: el problema fundamental de la filosofía, por cierto, en cuanto que cualquier problema filosófico, lo implica o lo supone”.
No obstante, el filósofo “se pregunta qué es el conocimiento, cómo es, cómo debe ser, cuál es su valor, y cuáles son sus límites”. Sabe que filosofar significa llegar a la admiración, porque descubre en este valor el secreto de la vocación filosófica, porque “la admiración es un sentimiento propio del filósofo, esta admiración quizá sea mejor decir asombro, no es tan sólo decir el origen histórico de la filosofía, sino qué es y principalmente, el origen interno, vital, constante, del filosofar. No es que el que filosofa venga desde el asombro, sino que no sale del asombro, no acaba de asombrarse: filosofar es asombrarse, es vivir en el asombro”.
También, el filósofo se asombra, porque el asombro en sentido positivo “es el deseo de saber, es la búsqueda del ser, el que se asombra se queda perplejo porque no sabe, pero se lanza a buscar porque quiere saber, se da cuenta de su ignorancia y por ello busca la luz del saber”.
El filósofo sabe que el “filosofar es romper esa biunidad del ser y del yo, y convertirla en la dualidad del ser y yo. Esta actitud es un extrañamiento ante el ser: advierto que el ser está en mí y que yo estoy en el ser: el ser me es presente y me sustenta, y yo estoy presente al ser en el ser”. Si el filósofo no acaba de asombrarse, es porque vive en el asombro, y “se asombra y se lanza a develar al ser oculto en los entes; él se da cuenta de su ignorancia y busca saber”.
En efecto, aceptando la noción de San Agustín, es decir, “un verdadero filósofo”, entonces éste, funda su admiración en el amor, “pero no del amor del deseo -Eros-, más bien se trata del amor, de la admiración ante lo maravilloso, ante lo perfecto, su admiración es radical y total, se extraña de su propia extrañeza, se extraña de sí mismo y de la totalidad de las cosas”.
El verdadero filósofo se extraña por el ser, y al escuchar su voz, se dirige hacia la verdadera soledad, la cual es “el centro donde resuena y brilla el valor, de cuyo ser y sentido, nuestra existencia recibe significación y plenitud”. El filósofo ama la soledad, “mas no por el despectivo odi profanum vulgus et arceo de Horacio, sino porque sabe que las multitudes ordinariamente viven en la meditación, en la despotización, en la desdivinación y sobre todo en la banalización”.
El filósofo “contempla asombrado el horizonte infinito del ser, se refugia en la soledad para comprender a los que viven en la vaciedad del aislamiento y en la pobreza ontológica”. Escucha en su interior con mucha atención la voz del ser, y después de una larga y honda meditación sabe que debe cuestionarse con profundidad sobre “los problemas prácticos de la vida, pues es el único que se pregunta radicalmente qué sentido tienen las cosas y las acciones del hombre, qué sentido tiene el tiempo, la vida, la belleza, la política, el dinero, la filosofía”.
En este sentido él es un inadaptado, “un señor que no encaja en las filas del vulgo, exige para sí la augusta prerrogativa de una sociedad antecedente y consiguiente”. Pero también, “es el que -oye- es el oído de la verdad, según Parménides, y el oyente de la palabra -Höres des Wortes, según Karl Rahner, aún en las experiencias más intrascendentes sabe escuchar la voz del ser”.
¿Qué hace pues, el filósofo? Trata de comprender el problema desde la raíz, como un arquitecto en sentido etimológico y por eso especula el problema fundamental de la filosofía desde la raíz hasta el techo, como una casa bien edificada, porque sabe que él mismo es un problema, es decir, “una dificultad que es preciso descubrir y resolver, como un misterio atractivo y desconcertante cuyos orígenes y consecuencias se deben descubrir y determinar”. El verdadero filósofo siempre seguirá buscando la verdad; porque solamente Dios es sabio, porque es el único que conoce absolutamente todo. El filósofo sólo busca, persigue, sólo aspira a conseguir un saber que jamás obtendrá plenamente. Por ello el hombre jamás será sabio –σοφός– ni puede aspirar a serlo, él sólo será -y no muchos, por cierto- filósofo: amante del saber, enamorado de la sabiduría”.
Así, pues, el filósofo tiene una gran tarea; se expresa mejor en modo infinitivo presente, lo cual significa “ver la realidad como una luz ontológica que lo hace penetrar en lo más íntimo de la realidad, que lo hace ver el mundo con los ojos siempre nuevos, porque encuentra en él, la maravilla de los entes en el ser”. Pregunta, busca, contempla, espera, sabiendo que al saber nunca tendrá la sabiduría plena, porque es el que va asombradamente y con amorosa inquietud por un camino extraño que nunca tendrá fin.
En este largo y extraño camino tiene una auténtica vocación, porque su vida va de acuerdo con los principios que escucha con frecuencia en su interior, allí donde está el δαίμων de la sabiduría clásica, el maestro interior de la sabiduría cristiana, el magister, y por eso vive feliz, porque sabe que él no es sabio, empero, busca la verdadera sabiduría.
En síntesis, el filósofo “… va por los oscuros senderos de la vida, alegre y asombrado, porque sabe que filosofar significa vivir en forma tan absoluta y total, de modo que este silencio que oye no se ve perturbado, ni interrumpido por nada, ni siquiera por una pregunta”.
Muchas gracias.

