Opinión

Diagrama sobre la filosofía del hombre a través de la historia de la filosofía

Por Juvenal Cruz Vega, docente de la academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

Πλάτων ὡρίζετο ἄνθρωπον, λέγων ὅτι ἄνθρωπός ἐστι ζῶον δίπουν καὶ ἄπτερον. Διὰ τοῦτο πάντες εὐδοκίμησαν τὸν Πλάτωνα. Ἀλλὰ Διογένης ἔτιλε ἀλεκτρύονα,  καὶ  ἔνεγκεν  εἰς  τὴν  σχολὴν  τοῦ Πλάτωνος,  καὶ  εἶπε  πρὸς  πάντων∙ Οὗτος ἀλεκτρύων  ἐστὶ ἄνθρωπος∙ δύο γὰρ πόδας ἔχει καὶ ἄπτερός ἐστι. Platón definió al hombre diciendo que el hombre es un animal bípedo y sin plumas. Por eso todos admiraron a Platón. Sin embargo, Diógenes desplumó a un gallo y lo llevó a la escuela de Platón y dijo a todos: este gallo es un hombre, porque tiene dos pies y no tiene plumas.

Platón y Diógenes, el Cínico. Citado por Luis Penagos. Antología griega del bachiller. Editorial Sal terrae. Santander, 1960, p. 37. Traducción de Juvenal Cruz Vega.

Advertencia.

Quiero compartir con los lectores de El Comunicador Puebla, un artículo del ámbito de la filosofía, pero con carácter interdisciplinario, su contenido viene de la antropología filosófica o filosofía del hombre, una disciplina del siglo XX, cuya temática es de más de veinte siglos de historia. Aquí hago una revisión de la historia del hombre, bajo la inspiración del pensamiento de José Rubén Sanabria, quien a su vez, también lleva una inspiración en la filosofía interiorista, especialmente en los siguientes autores: San Agustín, Martin Heidegger, Gabriel Marcel, Michele Federico Sciacca, Emmanuel Mounier, Juan Bautista Lotz y Joseph de Finance. Por esta razón, a fin de exponer una síntesis sobre su filosofía del hombre, voy a describir los tres periodos que dicho autor propuso para introducir y fundamentar la antropología filosófica, de tal modo, que podré exponer una noción descriptiva del hombre, al mismo tiempo, apuntando las principales tesis del estudio de la antropología filosófica.

En efecto, la filosofía como ciencia, sabiduría, aclaración del lenguaje y como una cosmovisión tiene como centro de su reflexión al hombre con todos sus componentes. No hay filosofía que no nos lleve al hombre. Sin duda alguna, la antropología filosófica es la disciplina por antonomasia, la cual tiene como estudio al hombre. En ella puede estudiarse al hombre como conocimiento, como libertad, comunicación, realización, perspectiva y trascendencia. El profundo pensamiento que nos dejó el trágico comediante Terencio, el Africano hace más de veinte siglos sigue tan actual como el hombre mismo: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”: hombre soy, y pienso que nada de lo humano es ajeno para mí. (Terencio, El Africano Heautontimorumenos 77).

Así, pues, en la historia de la filosofía occidental hay tres periodos en el desarrollo del hombre, esto es, cosmológico, teológico y antropológico. Veamos brevemente cada uno de ellos, con una conclusión, que sigue abierta, porque sobre este tema todavía no llega la última palabra.

1). Periodo cosmológico

En este periodo como lo dice el nombre del tema, se trata de explicar al hombre haciendo referencia al cosmos. Es justamente la ontología de los griegos ¿cuál es el fundamento de todas las cosas? El hombre tiene un lugar importante en el universo, “de manera que viene siendo un microcosmos, de micrós y cósmos, es decir, un universo en pequeño, pues en él convergen los grados del ser, lo que distingue al hombre de todas las demás cosas es el alma – ψυχή (Sanabria Tapia José Rubén, Filosofía del hombre. Editorial Porrúa, México, 1987, p. 29. Hay una explicación más actual en Mauricio Beuchot, Microcosmos. El hombre como compendio del ser. Universidad Autónoma de Coahuila, México, 2009, 2007).

Algunos pensadores griegos fueron los maestros en este saber, por ejemplo los milesios que “investigaron los elementos simples y los primeros que dieron origen a todo” (Ibidem, p. 34). Después de sus reflexiones, “concluyeron que el principio o ρχή es la matriz originaria de todo y es de origen divino, y, por ello indestructible. No se trata de algo material, sino de una materia sutil, impalpable e invisible”. (Idem). 

El hombre es simplemente una parte de la naturaleza, una cosa entre las cosas, diferente de las cosas por razón del lógos–λγος; “pero al fin y al cabo cosa también” (Sanabria Tapia José Rubén, La dignidad de la Persona Humana, en “Manual de Doctrina Social Cristiana”, IMDOSOC, México 1991, p. 88). Anaximandro de Mileto fue el primero que trató de explicar racionalmente el origen del hombre. Luego le siguió Heráclito de Éfeso, cuya afirmación es la siguiente: “la vida y la esencia profunda de la realidad es divina e inmortal por ser materia sutil, pero es también, y sobre todo, inteligencia, sabiduría y racionalidad”. (Sanabria Tapia José Rubén, Filosofía del hombre, op. cit. p. 35).

En oposición a Heráclito, llega Parménides quien “afirmó que el hombre tiene la facultad de pensar- con la que puede penetrar la apariencia del mundo y llegar hasta la verdad del ser. (Ibidem, p. 36). Con este filósofo el hombre tiene la característica de ser, un ser racional. Aristóteles es el más grande filósofo de los griegos, y en él permanece “la idea de que el hombre supera a todas las cosas por ser racional. Como todo está compuesto de materia y de forma, el alma es la forma del cuerpo, que es materia, es el principio que constituye en viviente al cuerpo. La materia–el cuerpo es la potencia determinada por la forma a la que da individuación. El alma-forma y el cuerpo-materia unidos sustancialmente forman el cuerpo. En el hombre confluyen todos los grados del ser (Ibidem, p. 38). En Aristóteles lo supremo es el conocimiento racional. “El espíritu es: ante todo, razón-λγος, y conoce lo universal y lo necesario” (Idem). Es en Aristóteles, donde se le da supremacía al hombre gracias al saber – εἰδέναι-, el cual lo hace distinto a todos los seres de la naturaleza. Es de sobra conocido su hermoso texto, escrito en la “Metafísica”, el cual ha sido objeto de estudio por más de veinte siglos de pensamiento al estudiar la historia y la naturaleza humana. Veamos y deleitemos esta belleza en su lengua original: “Πάντες  ἄνθρωποι  τοῦ  εἰδέναι  ὀρέγονται  φύσει. Σημεῖον δ’ ἡ τῶν αἰσθήσεων ἀγάπησις. Καὶ γὰρ χωρὶς τῆς χρείας ἀγαπῶνται δι’αὑτάς, καὶ μάλιστα τῶν ἄλλων ἡ διὰ τῶν ὀμμάτων. Οὐ  γὰρ  μόνον  ἵνα  πράττωμεν ἀλλὰ καὶ μηδὲν  μέλλοντες  πράττειν  τὸ  ὁρᾶν  αἱρούμεθα  ἀντὶ πάντων ὡς εἰπεῖν τῶν ἄλλων”. (Aristóteles, Met; Libro I, 980 a. Todos los hombres desean saber por naturaleza. Por eso, el amor a los sentidos es la prueba. Y en efecto, independientemente de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, pero el más importante de los otros, de uno en uno, es el sentido de la vista. Pues no sólo cuando realizamos algo, sino también, cuando no queremos hacer nada, preferimos la vista en lugar de todos, es decir, de los otros sentidos).

En suma, en este periodo hay una filosofía de la naturaleza o modernamente, suele decirse, una filosofía del mundo físico, porque “el hombre –animal racional– estaba sometido a las leyes de la materia inmanentes en la naturaleza, de la que todo procede y a la que todo tiene que volver, al hombre le basta conocer la naturaleza, pues así se conoce como parte de ella”. (Sanabria Tapia José Rubén, Dignidad de la persona humana, op. cit. p. 89).

2). Periodo teológico

En esta época el hombre se encuentra en el contexto del cristianismo y puede apreciar a Dios, como núcleo de la reflexión antropológica, porque el hombre “es creado por Dios, como una imagen suya, ya que lleva en sí los rasgos de la esencia divina, el hombre depende de Dios y por su existencia misma de imagen, se refiere a Dios fuente de sentido y dignidad”. (Idem. Esta idea permanece en San Agustín en sus Confesiones. Confesiones. I, 1, 1-15. Más detalles, véase mi artículo Perspectiva filosófica a través de San Agustín: acercamiento a su obra filosófica. El comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 20 de enero de 2025).

En este periodo hay dos maestros principales: San Agustín y Santo Tomás de Aquino. El primero es un filósofo “que se vale de elementos neoplatónicos para filosofar, él se preocupó sobre todo por el problema del hombre: ¿qué es el hombre? ¿cómo llegar a ser hombre? Y pregunta ¿Quién le puede dar la respuesta correcta? ¿Qué soy, pues, Dios mío? ¿Qué naturaleza soy?” (Sanabria Tapia José Rubén, Filosofía del hombre, op. cit. p. 39).

Uno de los textos más hermosos de la historia de la filosofía de san Agustín está en sus Confesiones, tal como ya lo aludí anteriormente. Porque allí se refiere al origen divino del hombre, al creacionismo y al retorno del mismo hombre a su origen.  Veamos esta belleza del mismo Agustín: “Magnus es, Domine, et laudabilis valde. Magna virtus tua et sapientiae tuae non est numerus. Et laudare te vult homo, aliqua portio creaturae tuae? Et homo circumferens mortalitatem suam, circumferens testimonium peccati sui et testimonium, quia superbis resistis? Et tamen laudare te vult homo aliqua portio creaturae tuae. Tu excitas, ut laudare te delectet, quia fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te. Da mihi, -Domine, scire et intellegere, utrum sit prius invocare te an laudare te et scire te prius sit an invocare te”. (Confesiones I, 1-1ss. Grande eres, oh Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu  poder y tu sabiduría no tiene límite. ¿Y el hombre, pequeña parte de tu creación pretende alabarte? Justamente el hombre, que al ser revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado, y sobre todo, el testimonio, por el cual, resistes a los soberbios? Y sin embargo, el hombre, una parte de tu creación pretende alabarte. Pues, tú mismo lo despiertas para que se deleite alabándote, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Enséñame, oh Señor, a conocer y a entender qué es primero, si invocarte o alabarte, y si es primero, conocerte o invocarte).

La dialéctica vital agustiniana es del hombre a Dios, por eso “el hombre es un misterio, es un abismo, una grandeza dinámica –magna enim quaedam res est homo– que tiene que vivir consigo para conocer la verdad” (Sanabria Tapia José Rubén, en Filosofía del hombre, Op .cit.  p. 41. Una reflexión más profunda y actual puede verse en su artículo recientemente publicado, Del misterio del hombre al misterio de Dios, en Diálogo con cuatro pensadores del siglo XX en México, Juvenal Cruz Vega, El Barco Ebrio Ediciones, Puebla, Pue; 2025, pp. 53-64).

La visión antropológica de San Agustín se centra “en el amor, de tal manera que filosofar es amar a Dios –hoc est philosophari, amare Deum– por lo que si filosofía es amor a la sabiduría, y si la sabiduría es Dios, entonces el verdadero filósofo es el que ama a Dios”. (Ibidem p. 42). (Si sapientia Deus est, verus philosophus est amator Dei). (De Civitate Dei, libro VIII, Cap. I, BAC. Sobre Pitágoras véase “Vida de los filósofos más ilustres”, Diógenes Laercio, Libro I, 8, Porrúa, Colección Sepan Cuantos, número 427, México, 1998, p. 12.). Pitágoras y san Agustín hablan de Dios. Pero el Dios de Pitágoras no es personalizado, mientras que el de Agustín lo es. De allí se puede extraer una filosofía del amor, porque “Si Dios es sabiduría, entonces un verdadero filósofo es un enamorado de Dios”. Sobre este tema, véase el libro de Pedro Gasparotto: (Guía de lectura de las Confesiones de san Agustín, Universidad Pontificia de México. México, 1994, pp. 168).

José Rubén Sanabria es magistral, cuando se refiere a san Agustín en este punto: “la filosofía de san Agustín se centra en el amor, de tal manera que filosofar es amar a Dios. Hoc est philosophari, amare Deum. (Antropología filosófica, José Rubén Sanabria, Porrúa, México, 2000, p. 42). Una de las nociones más hermosas de la filosofía sanabriana es de carácter existencial (Agustín, Sciacca, Marcel, Heidegger), “la filosofía es un saber. Pero no un saber por saber, sino un saber para vivir. Para saber vivir y para saber morir. La filosofía enseña a vivir como hombre cabal. Porque el hombre es demasiado grande para bastarse así mismo” (Introducción a la filosofía, Porrúa, 1976, p. 303). Otro especialista en san Agustín, es el italiano Pedro M. Gasparotto, se fija en la vida de los dos grandes pensadores: Pitágoras y Agustín, y ve en Agustín el tema del verdadero filósofo-verus phiosophus– el cual es el santo, el congruente, el hombre que vive o que piensa, lo que dice y lo que hace. De Gasparotto hay un hermoso apéndice sobre la amistad en los filósofos presocráticos, “Introducción a la cultura y a la filosofía de Grecia Antigua, UPM, México, 1993, 83-102. Y respecto a Pitágoras cito algunos pasajes: “Nunca Pitágoras fue visto en cosas venéreas, ni en embriagueces. Absteníase de burlas y de toda chanza, como son dichos y motejos pesados. Hallándose airado jamás castigaba a ningún esclavo o liberto. A la enseñanza mediante el ejemplo la llama cigüeñizar”, p. 89. Hay dos hermosas citas donde San Agustín valora la originalidad de Pitágoras: (De Civ. Dei, VIII, 1; De Civ. Dei. VIII, 2.).

El otro maestro en este periodo es Santo Tomás de Aquino, quien a partir del pensamiento aristotélico, continuó la corriente boeciana y la completó, él estudia la persona a partir de la sustancia. Su definición ha sido muy conocida: “un individuo de naturaleza racional: del mismo modo, pues, que el nombre hipóstasis, según los griegos y el de sustancia primera, según los latinos, son el nombre especial del individuo, en el género de la sustancia, así el nombre persona es el nombre especial del individuo que tiene una naturaleza racional”. (Sanabria Tapia José Rubén, Hacia una ontología de la persona, en “Sapientia”, Año XXXV, N°s. 137–138, Buenos Aires Argentina 1980, p. 311). La persona es lo más perfecto que hay en la naturaleza. Esta afirmación es una verdad indubitable y nadie la puede negar.

Así, pues, en el periodo teológico, “por ser imagen de Dios, el hombre supera con mucho a todo el mundo infrahumano;  esta relación a Dios es un dinamismo que lo impulsa al Absoluto. Si procede de Dios, debe volver a él, viene de Dios y va a él. Tenemos así un teocentrismo en oposición al saber cosmológico”. (Sanabria Tapia José Rubén, La dignidad de la persona humana, op. cit.  P. 89).

3). Periodo antropocéntrico

Este periodo es una reacción a los dos anteriores, propiamente es un saber acerca del hombre moderno y contemporáneo. Aquí hay varios maestros, por ejemplo, Descartes (1596–1650), quien para dar su respuesta acerca del hombre, recurre al mismo hombre, a la autocerteza de la conciencia –ego cogitans– filosofía del hombre, desde el hombre. Otro maestro, es Emmanuel Kant (1724–804), quien reduce la filosofía a antropología, por eso la cuestión acerca del hombre es el fundamento de toda la filosofía. Con Kant aparece “la pregunta fundamental ¿qué es el hombre? Él tiene el mérito de haber destacado la primacía del sujeto en el proceso del conocimiento”. (Sanabria Tapia José Rubén, Filosofía del hombre, op. cit. p. 49). En Kant “se ve al hombre en sus aspectos ético y axiológico”. (Sanabria Tapia José Rubén, Dignidad de la persona, op. cit. p. 92).

En el pensamiento contemporáneo hay varios maestros que son considerados los innovadores de la antropología filosófica. No obstante, me referiré a dos. Uno de los principales es Martín Heidegger (1889–1976); el filósofo alemán, más que hacer una antropología filosófica, pretendió elaborar una ontología, una filosofía del ser, es decir, la pregunta fundamental de la antropología filosófica; él se plantea la pregunta fundamental de la metafísica ¿por qué hay ente y no más bien nada? El hombre tiene que desconfiar de todo lo que le han dicho que ofrece seguridad. (Hay un interesante artículo de José Rubén Sanabria en el cual hace un estudio muy profundo sobre la metafísica de Martin Heidegger, véase Sólo un Dios puede salvarnos todavía, en Revista de Filosofía, Año XXIX, No. 87, UIA, México, 1996, pp. 409-437).  

Por su parte Max Scheler (1874–1928), quien aplicó la fenomenología a la axiología, es el creador del término moderno antropología filosófica. En su reflexión asegura “que la persona no se logra ni desde el yo individual ni desde el alma. El yo solamente es la percepción íntima. Por eso el yo siempre se refiere a la percepción y al sentimiento. En cambio, la persona no dice referencia a otra cosa, es algo absoluto, tiene consistencia en sí misma. El yo no actúa ni piensa, ni quiere, lo hace la persona. Las características de la persona son: autonomía, individualidad, trascendencia y madurez”. (Sanabria Tapia José Rubén, Ontología de la persona, op. cit. p. 312).

Conclusión.

Ciertamente, independientemente de todas las especulaciones y vertientes filosóficas de nuestro tiempo y del pasado, el hombre ha sido el centro de la historia, el tema central de la filosofía, y mientras el hombre siga permaneciendo en la historia, seguirá actual la pregunta por el hombre, por su naturaleza, por su existencia concreta. Porque como dice José Rubén Sanabria al final de su “Introducción a la filosofía”: “El hombre es demasiado grande para bastarse a sí mismo”. Y a pesar de la crisis mundial en la que estamos sumergidos, el hombre mismo es el centro de la crisis. Por eso san Agustín sigue siendo actual al decir: “Mala tempora, laboriosa tempora dicunt hoc homines, nos sumus tempora, quales sumus, talia sunt tempora”. Malos tiempos, tiempos difíciles. Dicen estas cosas los hombres, nosotros somos los tiempos, como somos nosotros, así son los tiempos. (Citado por José Rubén Sanabria, “Ética y postmodernidad”, en Revista de Filosofía, Año XXVI, núm. 80, UIA, México, 1994, p. 96. Hay dos artículos del mismo autor muy interesantes sobre el mismo tema: El hombre contemporáneo frente a la temporalidad y a la muerte, en Revista de Filosofía, Año XII. No. 34, UIA, México, 1979, pp. 107-139; La crisis de valores en la sociedad secularizada, en Nueva Generación, Año I. No. 6, México, pp. 2-3).

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