Opinión

Cuatro figuras humanistas para la historiografía poblana: José Tapia Zúñiga, Mario Bretón Romero, Domingo Acosta Sil y Eduardo González Fuentes

Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

Advertencia.

En mi reciente libro Grandeza y miseria del humanismo, publicado en Tinta Sangre Ediciones. Puebla, 2026, escribí un fragmento sobre los oficios del humanismo y del humanista a través de la historia. Sin duda, encaja muy bien con los cuatro humanistas que estoy biografiando en esta disertación. Mi texto dice así: “Actualmente al maestro se le acusa con frecuencia que ya no es humanista. Y los que más acusan son periodistas. Pues tampoco ya no hay periodistas humanistas, aunque sí los hubo en el siglo XX en Puebla, cuando nació el periodismo en nuestra ciudad.

Pero vayamos a la historia. Si recordamos la historia del humanismo, también hay que apuntar los oficios de los grandes humanistas, por ejemplo, en Atenas los humanistas eran los filósofos. En Alejandría los gramáticos y sólo con Eratóstenes los filólogos. En Roma los humanistas fueron los poetas, los oradores, los abogados y muy rara vez los filósofos como Cicerón y Séneca. En la Edad Media los humanistas fueron los filósofos y los teólogos.

En el Renacimiento fue un caso extraordinario, porque fue una historia semejante a Roma y a Grecia clásicas, pues los humanistas tenían una formación interdisciplinaria, lo mismo los gramáticos, los filólogos, los artistas, los científicos, los filósofos y los teólogos. En la Nueva España los humanistas eran los poetas, los filósofos y los teólogos. En esto son magistrales los autores contemporáneos que dan muestra de esta tesis, por ejemplo, Gabriel Méndez Plancarte, Tarsicio Herrera y Mauricio Beuchot. (Véase Humanistas del Siglo XVIII. Gabriel Méndez Plancarte. Opu. Cit. 197 pp; Historia del humanismo mexicano. Tarsicio Herrera Zapién. Opu. Cit. 270 pp; Historia de la filosofía en el México colonial. Mauricio Beuchot Puente. Opu. Cit. 280 pp).

En el siglo XX resurgió el humanismo y los humanismos, tenían fama de humanistas los poetas, los abogados, los médicos y los sacerdotes (En los veinte siglos del humanismo cristiano siempre ha habido sacerdotes humanistas, desde los apologistas hasta los recientes autores del siglo XX y la primera mitad del siglo XXI, véase mi artículo El humanismo icónico analógico del sacerdote, en Revista Koinonía, Arquidiócesis de Puebla, Año VII, número 61, Marzo-Abril, 2008, pp. 6-22).  

Actualmente es muy extraño que a algún oficio se le diga humanista, salvo los políticos en México reciente, se llaman humanistas a sí mismos, pero esto no es más que moda y ocurrencia con diminuta conciencia de lo que realmente es el humanismo y lo que significa humanista. No obstante, el maestro desde la antigua Grecia, Alejandría y Roma con el nacimiento de la escuela ha sido el humanista por antonomasia, aclarando que los términos humanismo y humanista son recientes y datan del siglo XVIII, tal como ya ha sido expuesto en el capítulo primero de mi libro Grandeza y miseria del humanismo. (Véase mi artículo El humanismo a través de la escuela. Algunas consideraciones para su estudio. El comunicador Puebla. Ciudad de Puebla. 17 de noviembre de 2025).

 En México y Puebla durante el siglo XX y lo que vamos del primer cuarto del siglo XXI han figurado obras literarias, donde se hallan biografías de regular tamaño y sobre todo, bien documentadas sobre algunas figuras destacadas de poblanos humanistas. Por ejemplo, Diccionario Biográfico de Puebla, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 2 Vols. Puebla, 1972; Diccionario Porrúa: Historia, Biografía y Geografía, 6ª edición renovada y aumentada, Porrúa, México, 2004; De la Torre Villar Ernesto, (Compilador), Lecturas históricas mexicanas, 5 volúmenes, Instituto de Investigaciones Históricas, México, UNAM, 1998; Historia del humanismo mexicano. Tarsicio Herrera Zapién. Editorial Porrúa. México, 2000; Diccionario de Humanistas Clásicos de México. Compilación de Mauricio Beuchot. Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, 2001, 241 pp. Además, hay libros completos sobre algún pensador muy especializado.

Sirvan de preámbulo estas observaciones para saludar a los lectores de El Comunicador Puebla, y para desearles éxito con estas nuevas biografías: dos laicos humanistas y dos sacerdotes humanistas, recordados y bien valorados en otros entornos culturales a saber: José Tapia Zúñiga, Mario Bretón Romero, Domingo Acosta Sil y Eduardo González Fuentes. Seguramente vendrán numerosas biografías más de otros autores y en otros medios de comunicación y expresión cultural.

1). José Tapia Zúñiga (1936-2015). Un humanista latinista de Puebla para el mundo

Non omnis moriar: no moriré del todo (Quinto Horacio Flaco Odas, 30,6).

Hace diez años murió mi gran amigo y maestro, el doctor José Tapia Zúñiga, humanista poblano y por su obra en la literatura latina, conocido mundialmente, como un humanista mexicano. En el año 2015 le hice un homenaje en la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, y en el discurso de inauguración expresé algunos fragmentos en su memoria, he aquí algunos de ellos: Es una tristeza para muchos mexicanos, el hecho de haber perdido a uno de los más grandes humanistas de nuestra patria.

El doctor José Tapia Zúñiga fue un filólogo destacado mundialmente en la línea de la literatura clásica, tuvo una amplia experiencia en la docencia y en la investigación. Nació el 4 de marzo de 1936 en Axutla, Puebla. Su vida académica empezó en la Escuela Apostólica de Matamoros, donde realizó su educación básica, bajo la tutela del padre David López Jiménez. En 1951 ingresó al Seminario Palafoxiano de Puebla en el cual estudió humanidades, filosofía y teología; allí adquirió el deleite por las lenguas clásicas y por el humanismo, debido a la influencia de algunos de sus maestros, pero sobre todo, por el mayor de ellos, el poeta sanandreseño, el padre David López Jiménez, quien le enseñó a hablar y a escribir la lengua latina, y también por la cercanía, del padre Rafael Amador Tapia Zúñiga, hermano suyo y uno de los más grandes académicos y pastores que ha tenido la Arquidiócesis de Puebla en el siglo XX.

De 1966 a 1969 hizo la licenciatura en Letras Clásicas en el Institutum Altioris Latinitatis de Roma, donde se recibió con la tesis De poetarum graecorum locis ab Athenagora laudatis quaestiones selectae. De 1971 a 1973 realizó la maestría en la UNAM, y se recibió en 1976 con la tesis Julio Agrícola: Nacimiento del historiador. Introducción y notas. De 1976 a 1978 hizo los estudios de doctorado allí mismo, y se recibió en 1993, con la tesis La imagen del príncipe en las historias de Tácito, Introducción, traducción y notas.

Fue profesor de latín en la Facultad de Filosofía y Letras desde 1971 e investigador en el Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Clásicos de la UNAM. De 1983 a 1991 fue coordinador del Departamento de Letras Clásicas de la Facultad de Filosofía y Letras. Publicó muchos trabajos de investigación entre libros, traducciones, artículos, prólogos y reseñas. Perteneció al Sistema Nacional de Investigadores desde 1993 hasta su deceso, y fue miembro del Consejo editorial de la revista Nova Tellus.

Asimismo, colabó en la Antología de autores griegos y latinos de la UNAM y en la Antología de Textos Clásicos Grecolatinos. Dentro de sus publicaciones, sobresalen los siguientes libros: Vida de Julio Agrícola, de Cornelio Tácito; Historias I-II; Historias III-V; En torno al género literario del Agrícola y ANALES I-II, III-VI, XI-XII de Tácito (Antología de autores griegos y latinos, UNAM, 1971; Vida de Julio Agrícola, UNAM, 1978; Historias I – II, UNAM, 1975; Historias III-V, UNAM 1999; En torno al género literario del Agrícola, UNAM, 1997; Anales I – II, UNAM, 2003).  

El doctor José Tapia Zúñiga, durante más de 30 años que permaneció en la UNAM, colaboró en la organización y conducción de grupos de investigación y en la elaboración y coordinación de proyectos de investigación. Entre sus asesorados se encuentran Bulmaro Reyes Coria, Martha Elena Montemayor Aceves y Susana Tello Garza. Fue estudioso de Tácito, Cicerón y Quintiliano. Formó junto con Tarsicio Herrera, Julio Pimentel, Roberto Heredia, José Quiñónez, Germán Viveros y Fernando Nieto Mesa, entre otros, el grupo de los mejores latinistas mexicanos de nuestra nación.

Del doctor José Tapia Zúñiga guardo un recuerdo singular que comenzó en la Universidad Nacional Autónoma de México en julio de 1993 y continuó hasta su deceso, el 2 de diciembre de 2015. Con él conocí muchos métodos sobre la enseñanza de la lengua latina y me enseñó a integrar la tradición con las metodologías y los métodos modernos. Aún más, guardo una experiencia excepcional sobre la conversación de tres grandes poblanos, que trataron asuntos de los acontecimientos más destacados de la cultura y de la intelectualidad de México y de Puebla en los últimos cincuenta años.

Qué hermosa conversación, digna de ser recordada, entre el padre David López Jiménez, el doctor Justino Cortés Castellanos y el doctor José Tapia Zúñiga. Esto ocurrió en la soledad del pintoresco pueblo de San Buenaventura al pie del Popocatepetl, el fruto de aquella sabiduría lo ha recordado a menudo el doctor Justino Cortés en el siguiente fragmento ya conocido entre mis discípulos y lectores: Aliquem cognovi populum, cuius ventus est semper tranquillus, ubi tempestas nunquam flores destruit. Solitudo optime apellatur (he conocido un pueblo, cuyo viento siempre es tranquillo, donde la tempestad nunca destruye las flores. Su nombre es soledad).

Mi querido maestro, José Tapia Zúñiga, recuerdo bien tus enseñanzas, tu amistad y tu amabilidad, cuando te visitaba en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Ahora que ya estás contemplando frente a frente a la eterna sabiduría, entiendes perfectamente la angustia y la actitud que tenemos los que te queremos y te recordamos cada instante de la existencia. Por eso, parafraseando a mi queridísimo maestro, a quién también tú conociste en México y en Roma, y que ahora está junto a ti, José Rubén Sanabria 1920-2001), “hay en mí una irrefrenable y radical aspiración a la plenitud y a la felicidad inacabable. No puedo no aspirar a la plenitud y a la felicidad inacabable: vivo en el tiempo y soy para la eternidad. Mi vocación humana es ser siempre”. 

2). Mario Bretón Romero. Medio siglo de latinidad en la ciudad de Puebla.

Cuando el eminente latinista poblano, el padre David López Jiménez hablaba incansablemente de la tarea imperiosa del seminarista de los años treinta en el destierro en Estados Unidos, al mismo tiempo yo vinculaba esa experiencia con la vocación ferviente del humanista de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz en nuestros tiempos. Esta es la nota: “Seminarista, no pienses nunca en descansar, ni en vacaciones, pues el sacerdote sólo tiene derecho a descansar y a vacacionar en el cielo. Debes prepararte muy bien y capacitarte de tal manera en ciencia y en virtud. Que cada uno de ustedes pueda trabajar como cinco, porque llegará el tiempo en que así será necesario, que trabaje el sacerdote”. 

Esta sentencia es parte de la vida de un humanista en las catacumbas, un latinista que enseñó con amor, sabiduría, disciplina y pasión, pero más que todo,  con su silencio, su prudencia y su amor al humanismo clásico y cristiano, porque soñó despierto que así debía ser el maestro de nuestro tiempo. Su nombre es Mario Bretón Romero, destacado latinista poblano, nació en Ciudad Serdán, Puebla, el 29 de noviembre de 1935. Estudió la educación primaria en la Escuela Oficial Luz Esparza del mismo lugar. Los estudios de secundaria y preparatoria los hizo en el Centro Escolar Francisco I. Madero de Ciudad Serdán. Luego ingresó al Seminario Palafoxiano de Puebla en el cual estudió latín, griego y humanidades.

Fue su maestro, el insigne latinista y poeta, el Presbítero David López Jiménez, a quien el maestro Mario Bretón guarda especial cariño, admiración y respeto por haberlo iniciado y motivado suficientemente en el conocimiento y valoración de las lenguas clásicas. Han sido varias veces las que el maestro Bretón Romero reconoce que el maestro David López Jiménez le enseñó el arte de poder comunicar las lenguas clásicas y la literatura.

El ambiente académico del seminario le dejó sembradas las razones seminales de las humanidades.  Así se expresa en conferencia en la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz: “otros maestros a quienes recuerdo en forma especial por la huella que imprimieron en mi formación lingüística y literaria en el Seminario de Puebla fueron: el Padre Elías Hernández, Vicerrector del Seminario en esa época, el Padre Moisés Oropeza Reyes, eminente latinista y helenista, y el Padre Víctor Pérez Rendón, quien con sus bellísimas clases de literatura complementó mi conocimiento de entonces; y algunos otros de quienes guardo no sólo sus enseñanzas, sino también gratos recuerdos durante mi estancia en esa Casa de Estudios”.

El maestro Mario Bretón dejó el seminario para continuar su camino en la docencia. Por eso ingresó a la Normal Superior de Puebla donde estudió la especialidad de matemáticas y en seguida se incorporó a la Normal Superior Benavente de la Ciudad de Puebla, en la que estudió español y lingüística titulándose con la tesis: Lingüística y Redacción (algunos conceptos lingüísticos aplicables en la expresión escrita).

Desde su salida del seminario ha trabajado como docente en escuelas privadas y oficiales a saber: Colegio Central, Colegio América, Colegio Americano, Instituto Oriente, Seminario Menor Palafoxiano, Colegio Benavente, Normal Puebla, e Instituto Normal México. En la Escuela Preparatoria Benito Juárez de la BUAP, diurna y nocturna, enseñó latín y griego de 1966 a 1971 y simultáneamente fue coordinador de las Academias de ambas lenguas de 1968 a 1972.

Dentro del sistema oficial trabajó como docente en el Centro Escolar Lic. Miguel Alemán de Cholula, Puebla, en el Centro Escolar Presidente Francisco I. Madero de Ciudad Serdán, Puebla, en la Normal Superior de Puebla, en la Normal Superior Benavente de Puebla y en el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, en el cual está laborando desde 1967. En todas estas instituciones ha enseñado asignaturas que se relacionan con las lenguas clásicas, literatura, metodología y estilística literaria.

El maestro Mario Bretón ha combinado la docencia con la investigación. En la editorial Mabero de Puebla ha publicado: Español 3,4 (para escuelas normales), 1978; La técnica de la investigación bibliográfica, 1983; Lingüística y redacción 1. El signo lingüístico y el estilo literario, 1995; Etimologías latinas y griegas de la lengua española (teoría y práctica), 2000; Nociones de latín y griego (escuelas preparatorias), 1966; Cuaderno de trabajo (nociones de latín y griego), 1968; Introducción a la gramática histórica y práctica, 1973; Lenguaje 1, 1975; Actividades del lenguaje 1, 1976; Lenguaje 2, 1977; Actividades del lenguaje 2, 1978.

El maestro Mario Bretón a lo largo de cincuenta años de docencia ha formado varias generaciones en las humanidades, desde su paso por el Seminario Palafoxiano Angelopolitano y la Universidad Autónoma de Puebla hasta la Escuela Normal Superior del Estado de Puebla y el C.E.N.H.CH. Son varios alumnos ya formados que recuerdan sus enseñanzas y su amor por la lengua, entre ellos el Padre Juan de Dios Huerta Ruiz, ex director de la Preparatoria José Ignacio Márquez y Toriz del Seminario Menor Palafoxiano y  el prestigiado artista potosino Ernesto Vega Álvarez.

En efecto, en sus libros de filología, literatura latina, literatura hispánica y etimologías grecolatinas pueden extraerse las ideas eje de su especialidad, esto es, la diacronía de la lengua española, ya que su interés radica en la causa y razón de la palabra y no sólo en el efecto de la misma. En más de cuatro décadas ha difundido las lenguas clásicas a través de la cátedra de etimologías grecolatinas del español. Hoy forma parte de la galería que llamo con frecuencia, la generación de los latinistas más destacados de Puebla en los últimos 50 años.

Recientemente, falleció el maestro Mario Bretón Romero, sus últimos días los pasó en su casa, descansando y luchando contra la enfermedad, ayudado con su buen humor que siempre lo caracterizó. Me siento muy cercano a él por su amor al humanismo, por su espíritu palafoxiano, por sus raíces cerca del Popocatépetl, por su amor ferviente a México, y aunque en distintas épocas, por haber compartido la sabiduría del mismo maestro, del padre David López Jiménez.

En alguna carta que le dejé por amable conducto, le escribí lo siguiente: “Maestro Mario Bretón, recupérate pronto, tus amigos te extrañamos, monseñor Rosendo Huesca Pacheco preguntó por ti en sus últimos días, el doctor Justino Cortés Castellanos a menudo te busca, el doctor Guillermo Hernández Flores pregunta por su paisano, el humanista, el maestro de etimologías grecolatinas por antonomasia en Puebla, y el autor de estas líneas te recuerda a menudos en las cátedras de la academia. Pues antes del surgimiento de esta escuela, tus lecciones de griego, latín y literatura figuraban en toda la ciudad de Puebla. Todavía recuerdo esa larga charla en el aula magna de la academia sobre “la causalidad y el efecto de la lengua española”, “sobre la etiología lingüística y la pugna con las corrientes contemporáneas de las lenguas occidentales, y especialmente de la lengua española”. En Puebla, desde su fundación ha predominado el estudio de la lengua latina. El Seminario Palafoxiano de Puebla por más de 350 años formó humanistas y latinistas en todos los medios. Y sin duda, tú querido amigo, Mario Bretón, ya pusiste el dedo sobre la llaga, con tu obra, has dejado huellas imborrables en el espíritu de Puebla y de México.  Yo, solamente, he comunicado lo que he visto y lo que he constatado con los hechos, y eso verifica y comprueba tu aportación al humanismo en los últimos cincuenta años de latinidad en la ciudad de Puebla.

3). Padre Domingo Acosta Sil (1912-1990). Un cura que se hizo leyenda durante la persecución religiosa en Puebla

Este sacerdote merece un estudio especial, aparece en algunos escritos como un hombre ejemplar durante la persecución religiosa no abandonó su parroquia. Su nombre completo es José Domingo Guadalupe Acosta Sil, nació el 12 de mayo de 1912 en San Agustín Tlaxco. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Palafoxiano en plena persecución religiosa. Fue ordenado sacerdote el 8 de junio de 1930 por Don Pedro Vera y Zuria, en la Catedral de Puebla. Los nombramientos más importantes que tuvo son: Vicario Coadjutor del Sagrario Metropolitano el 14 de junio de 1930, Párroco de Teotlalco 5 de diciembre de 1932, Párroco de Teopatlán el 30 de septiembre de 1937, Párroco de San Nicolás Huehuetlán el 9 de enero de 1943, Vicario Ecónomo de Santo Domingo, Huehuetlán, el 26 de octubre de 1945, Párroco y Vicario foráneo de Santo Domingo, Huehuetlán, el 15 noviembre de 1945, Párroco y Vicario foráneo de Tecamachalco el 21 de febrero de 1955, Vicario Sustituyente de Yehualtepec el 9 de mayo de 1957.

En Tecamachalco duró 25 años como párroco y con la llegada del padre Eliseo Espinosa, el 30 de abril de 1981, se quedó a vivir en ese lugar hasta su deceso el 3 de mayo de 1990. Me impresionó desde que leí la tesis de doctorado de mi maestro el padre Guillermo Hernández Flores, sobre todo, porque aparece en la dedicatoria y eso ya indica una gran amistad.

El padre Guillermo lo recuerda mucho y lo considera un gran pastor. Se puede apreciar esa gran admiración en este bello testimonio: “Lo viví cuando él iba cumpliendo sus ochenta; Dios me permitió participar de su vida cuando yo iba cumpliendo mis treinta. Nunca supe qué admirar más en esa existencia, si su fe inquebrantable y a toda prueba o su amor fiel hasta la muerte. Era de esos hombres que viven grandes en el silencio y alegres en la austeridad. Hombres que vivieron su sacerdocio como un don y, así, como un don lo entregaron hasta el último día de su vida. Debió de ser un hombre muy fuerte; yo lo conocí cuando tenía ya la cabeza blanca. Su cuello era el de un toro, algo decía de su voluntad recia e indomable; sus pies eran ligeros como de quien está seguro y orientado en el camino; su corpulencia lo mostraba como un luchador invulnerable; y en sus ojos había siempre una chispa de ingenio que dejaban asomar una inteligencia ágil, penetrante, casi intuitiva. Es verdad, era muy exigente pero también era justo. Era disciplinado y pedía disciplina. Requería obediencia, pero daba libertad. Imponía respeto, pero daba confianza para reír con él. Incansable, responsable, empedernido de la viña del Señor. La luz que se prendía en su cuarto en la madrugada casi se juntaba con la que se extinguía por la noche, cuando ya todos dormían. Su mesa, siempre compartida era una fuente de generosidad inagotable. Su alegría, contagiosa, salía por sus manos vivas y vigorosas. No había nada en su casa que no fuera sencillo, humilde y pobre. Junto a él y no en los libros, aprendí el valor de la verdad. Él me enseñó, y no la Universidad, el conocimiento del hombre. Él sembró en mí lo que ahora, muchos años después, ha dado fruto: la fidelidad a la vocación, la firme convicción de que la felicidad sólo se alcanza por la donación de uno mismo y, sobre todo, esa otra convicción, rara en tiempos en que falta la fe, que a Dios se le encuentra en el silencio, en la pobreza y en el amor. Del P. DOMINGO ACOSTA guarda un recuerdo el camino que comenzó en Catedral y terminó en Tecamachalco. Y las huellas silenciosas que dejó en ese largo camino hablarán un día de que sigue siendo nuestra su vida” (Carta del padre Guillermo Hernández Flores a Juvenal Cruz Vega, 5 de marzo de 2004).

4). Padre Eduardo González Fuentes. Un cursa sabio y rebelde en la iglesia, en la escuela y en el pueblo

El Padre Eduardo es de los últimos alumnos de la Universidad Católica Angelopolitana, nació el 11 de octubre de 1904, ingresó al Seminario Palafoxiano el 1º de febrero de 1919, fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1929. Duró muchos años como párroco en Ciudad Serdán, de 1945 a 1969. En 1970 empezó a colaborar como profesor en el Seminario de Puebla, impartiendo la asignatura de Teología Pastoral. Entre sus discípulos se cuentan el exgobernador de Puebla, Licenciado Melquiades Morales Flores y el Dr. Guillermo Hernández Flores. Falleció el 12 de agosto de 2000 en la ciudad de Puebla. Buena parte de su personalidad la da a conocer el Padre Guillermo Hernández, en el siguiente comunicado: “El Padre Eduardo era alto y fuerte, se parecía a los cedros y a los robles. Su presencia imponía y su mirada doblegaba al más osado. La barba le añadía a la fuerza de su voz la tonalidad del trueno. Muchas generaciones vieron su figura impresionante cruzar la calle, del cuarto al templo, cuando su paso vigoroso obligaba al viento a agitar, sobre la sotana, su larga capa negra. La vida, sin duda, le había enseñado la aspereza y la bravura porque el carácter riguroso, recto y noble lo traía de la cuna. Hasta su risa, amplia y explosiva, invitaba menos al humor que al respeto. Parecía que todo en él exigía obediencia. Sin embargo, el fondo de su alma, claro, limpio y sereno, flotaba en sus manos cuando le hacía declamar al piano el Claro de luna de Beethoven. Pero, más que todo, el Padre Eduardo González Fuentes era un hombre sabio y culto. Todos los días a las cuatro de la mañana, la luz de su cuarto se encendía y el Padre Lalo leía, estudiaba. La Universidad Católica Angelopolitana le había concedido en 1923 la licenciatura en Filosofía y sólo por una decisión suya no había conseguido el doctorado; sin embargo, su ciencia era admirable. Decía que Vasconcelos, el filósofo de la raza cósmica, le había enseñado el secreto del pensar. Hombre profundamente reflexivo, predicador incisivo, sugerente e inquietante. A algunos nunca les gustó su carácter severo y su lacerante franqueza. A otros les cautivó la amenidad de su palabra y la picardía de su expresión. Desde su retiro de San Andrés trató con personalidades de la política, el magisterio y la Iglesia y, frente a todos ellos, mantuvo el espíritu férreo del profeta, la sabiduría incontestable del maestro y la voluntad inquebrantable del pastor. Habría que leer sus discursos y volver a oír sus homilías. Enseñó filosofía y latín a quince generaciones de jóvenes sanandreseños. El actual gobernador del estado, que le escuchó en la cátedra, le llamaba Maestro. El pueblo se acostumbró a llamarle “Señor Cura”y nosotros, los que lo vivimos de cerca, le llamábamos “Señor” en el momento del respeto y “Padre” en el momento del amor. En la cátedra era exigente y disciplinado, muchos de nosotros aprendimos a pensar con él. En los asuntos de la Iglesia era riguroso, estricto y adusto. Pero a todos nos quería con un amor, sin halagos y sin mimos, vigoroso y fuerte. Muchos años después, cuando ya sus piernas se resistieron a caminar, recordaba en la soledad, con cariño y con nostalgia, sus caminos de San Andrés y le pedía a Dios que fructificara la semilla que le permitió sembrar. Muchos de nosotros hemos vuelto a caminar por esos caminos que fueron suyos y sus huellas, aún vivas, nos han vuelto a señalar la dirección del amor, de la verdad y de la paz. El Padre Eduardo tuvo también un Cirineo que le ayudó a cargar su Cruz. El Cirineo guarda, en el recuerdo de su hombro, el amor que, con el peso de esa cruz, el Señor quiso dejar en él. Se dice que, cuando se estaba apagando, con un movimiento de cabeza indicó la inutilidad del esfuerzo humano frente a la vocación final. Era su voluntad, humana, inquebrantable y coherente, que se arrodillaba ante Dios”. Carta del P. Guillermo Hernández Flores al autor de este libro, 15 de marzo de 2004.    

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