Una coyuntura internacional de ajuste gradual.
México con implicaciones ambivalentes.
Por Ricardo Caballero de la Rosa
El informe provisional de la OCDE sobre perspectivas económicas traza un ajuste gradual en la economía global, donde las previsiones para 2026 se han moderado respecto a estimaciones previas, en contraste con un 2025 marcado por tensiones y con una expectativa de mayor estabilización hacia 2027.
En 2025, la economía global mostró una resiliencia relativa, aunque dentro de un entorno todavía tensionado. El crecimiento del PIB mundial se situó en torno al 3.2%–3.3%, impulsado por la demanda acumulada y ciertos efectos de recuperación post-crisis. Sin embargo, este desempeño se vio limitado por precios energéticos elevados, tensiones comerciales y, de manera crucial, por los efectos persistentes de conflictos geopolíticos —particularmente la guerra en Europa del Este y otras tensiones regionales— que alteraron los flujos de energía, encarecieron insumos estratégicos y elevaron la incertidumbre global.
Para 2026, la OCDE ha ajustado sus previsiones a un tono más moderado. El crecimiento global se proyecta en torno al 2.9%, lo que implica una desaceleración respecto al año previo. Este ajuste refleja tanto la persistencia de riesgos geopolíticos como el impacto acumulado de políticas monetarias restrictivas. No obstante, el supuesto técnico central del informe es que las perturbaciones en el mercado energético comenzarán a disiparse gradualmente a partir de mediados del año. Se espera una reducción progresiva de los precios del petróleo, el gas y los fertilizantes, lo que contribuiría a moderar la inflación. Aun así, la trayectoria de la guerra sigue siendo un factor crítico: una escalada o prolongación del conflicto podría interrumpir la caída de los precios energéticos y revertir parcialmente las expectativas de estabilización.
La moderación de 2026 refleja, en este sentido, una fase de transición: la economía global deja atrás los picos de tensión, pero aún no consolida un ciclo expansivo robusto. Los beneficios de menores costos energéticos se trasladan primero a la inflación y solo posteriormente al consumo y la inversión. Este desfase explica la cautela en las previsiones de crecimiento.
Hacia 2027, el escenario mejora ligeramente. La OCDE anticipa un crecimiento global cercano al 3.0%, sugiriendo una recuperación moderada conforme se estabilizan los mercados energéticos y se flexibilizan gradualmente las condiciones monetarias. Este escenario, sin embargo, está condicionado a una disminución sostenida de las tensiones bélicas y a una recomposición más estable del orden económico internacional.
Para México, estas dinámicas tienen implicaciones ambivalentes. Por un lado, la volatilidad derivada de la guerra ha beneficiado temporalmente a las finanzas públicas vía mayores ingresos petroleros, dada la condición del país como productor de crudo. Por otro, el encarecimiento de energéticos y fertilizantes ha presionado la inflación interna, afectando tanto a la industria como al sector agroalimentario. Además, la desaceleración global impacta la demanda externa, particularmente de Estados Unidos, lo que incide directamente en las exportaciones manufactureras mexicanas.
En suma, el periodo 2025–2027 se configura como una secuencia clara: un crecimiento relativamente sólido en 2025, una desaceleración moderada en 2026 y una recuperación gradual en 2027, donde la estabilización energética depende en gran medida de la evolución de los conflictos geopolíticos. Para México, el desafío radica en gestionar esta dualidad: aprovechar las oportunidades coyunturales y, al mismo tiempo, mitigar los riesgos estructurales derivados de un entorno internacional todavía incierto.
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