Mi testimonio con uno de los más grandes latinistas de México en el siglo XX.
Conversación el padre David López Jiménez (1917-2007)
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz
Advertencia
Comparto con los lectores de El Comunicador Puebla una entrevista que tenía guardada desde hace muchos años. Se trata de una conversación muy interesante con el padre David López Jiménez, sacerdote de la Arquidiócesis de Puebla (1917-2007), hombre polifacético, formado durante la persecución religiosa en Ciudad Serdán, Puebla, en el Seminario Palafoxiano de Puebla y en el Seminario de Montezuma, Estados Unidos. Fue un hombre del pueblo, muy querido en todos los lugares donde estuvo como sacerdote y maestro. Su vida es un tema de sumo interés para reconstrucción de la historia de la iglesia y del humanismo en México. Es una guía de lectura para las nuevas generaciones que necesitan conocer las grandes personalidades del siglo XX en México, sobre todo, la parte desconocida y menos comentada en los libros y en los medios de comunicación de nuestro tiempo.
He seleccionado la parte más interesante de la entrevista, quizá un poco larga, pero muy apasionante. Pues el lector encontrará datos que pueden ser utilizados para realizar estudios más especializados. Sin lugar a dudas, la entrevista es valiosa desde el punto de vista de la metodología, y como alguna ocasión escribí en el prólogo de uno de mis libros, hablando de otros personajes: “con esta reflexión, me vinculo a la historiografía al defender la tesis de que: entre más se conozca la vida de los hombres, se conoce la vida de un pueblo con mayor profundidad, sólo así, habrá mayor apertura a la verdadera historia de México”.
Que disfruten esta entrevista…
a). Noticia biográfica del padre David López Jiménez
Conocí al padre David López Jiménez en los primeros días del mes de septiembre de 1989, justamente cuando yo me iniciaba en las humanidades clásicas. Con él aprendí las primeras lecciones de latín y las cuestiones fundamentales de la gramática clásica. Con el tiempo pude ir teniendo un acercamiento más estrecho con el maestro, al grado que llegamos a ser buenos amigos. La relación de maestro y discípulo pronto se convirtió en sabiduría y en vida. Siempre que nos encontrábamos había algo qué decir, él sabía que yo quería preguntarle algo y yo sabía que él podía responderme sin prejuicios. Así surgió la idea de una conversación, de un diálogo, de un coloquio, de una homilía, de una entrevista. Un amigo de antaño, fiel apóstol de la palabra, el maestro Bernardo Rodríguez Campos, facilitó el entorno para poder conversar con el maestro.
Sobre el padre David se ha sabido tanto, unos lo llamaban maestro, otros músico, pintor, orador, poeta, escritor y médico, otros lo llamaban simplemente padre David, debido a su sacerdocio desde el 5 de enero de 1941. Nació en Ciudad Serdán el 29 de diciembre de 1917 y murió en la ciudad de Puebla el 11 de septiembre de 2007. Fue discípulo de grandes maestros y de grandes humanistas tales como los padres Pedro Jiménez, Julián Maldonado, Pedro Montero, Augusto Leyva, José Plancarte, Marcos Gordoa y, sobre todo, del eminente historiador de la iglesia, el doctor Daniel Olmedo Cotilla. Fue condiscípulo y coetáneo de grandes figuras eclesiásticas como el padre Miguel Nahuatlato Zempoaltécatl, Monseñor Ernesto Corripio Ahumada y Monseñor Anselmo Zarza Bernal. Igualmente fue maestro de grandes figuras y de grandes personalidades, por ejemplo del doctor José Tapia Zúñiga, quien fue investigador del Centro de Estudios Clásicos del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; de su hermano el reverendo padre Rafael Amador Tapia Zúñiga, uno de los sacerdotes poblanos más connotados y respetables de la Arquidiócesis de Puebla; del latinista y etimólogo sanandreseño, el maestro Mario Bretón Romero; del obispo de Chilpancingo, Guerrero ya finado, monseñor Efrén Ramos Salazar, y de una tabula de personajes dignos de mención que han servido a la patria en distintos sectores de la sociedad mexicana.
Trabajó como sacerdote 66 años y sus actividades fueron numerosas desde la dirección de la escuela apostólica de Matamoros, pasando por la docencia en el Seminario Palafoxiano Angelopolitano, las parroquias que dirigió como Tlachichuca, Acatzingo, Huejotzingo y san José en la ciudad de Puebla, hasta su última actividad como capellán de la iglesia de Capuchinas. Tuvo entre sus amigos más connotados, al arzobispo primado de México, Monseñor Ernesto Corripio Ahumada, el padre Flaviano Amatuli Valente, los padres Justino Cortés Castellanos, Ezequiel Fernández Téllez, Amador Tapia Zúñiga, Guillermo Hernández Flores, Maurilio Aguilar Máximo y Gregorio Nava Flores. Sin duda, uno de los más cercanos es el maestro Bernardo Rodríguez Campos, quien lo siguió y lo asistió hasta su deceso.
El padre David López Jiménez fue mi primer maestro de latín después de que yo había terminado la preparatoria. Fue un paradigma para mi vida y un entusiasmo para mi docencia, a partir de él comencé a distinguir y a elegir a los grandes maestros, pues solía repetir que un auténtico maestro no es solamente el que posee conocimiento, sino también el que tiene virtudes, talento y valor para enseñar, y por eso, había que estudiar cientos de veces el evangelio de Mateo, concretamente el pasaje 28, 18-20, para poder comprender el verdadero proyecto de la docencia y de la vida pastoral.
Después de varios años de haber conservado sus enseñanzas en mi mente y en mi corazón pongo a la luz gran parte de las notas que le grabé durante los últimos diez años de su vida. Estas entrevistas vienen a complementar aquellos artículos que escribí sobre él cuando todavía vivía; fueron fruto del diálogo que tuvimos durante varios años, y también, fueron fruto de mis pesquisas y de mi amor al humanismo clásico, cristiano y mexicano.
Del padre David, guardo un recuerdo que comenzó en las aulas del Seminario de Puebla y sigue produciendo eco en las aulas de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz, y que suelo transmitir a mis discípulos con gran celo apostólico: “No pienses nunca en descansar, ni en vacaciones, pues el sacerdote sólo tiene derecho a descansar y a vacacionar en el cielo. Debes prepararte muy bien y capacitarte de tal manera en ciencia y en virtud. Que cada uno de ustedes pueda trabajar como cinco, porque llegará el tiempo en que así será necesario, que trabaje el sacerdote”. (nota de la entrevista).
El padre David tuvo largas jornadas de trabajo, de estudio y de oración, allá en el cielo encontrará el verdadero descanso, allá en plenitud encontrará la definición de Dios. Padre David, sus amigos, sus discípulos y los discípulos de los suyos lo entendemos, lo queremos y lo extrañamos, allá nos vemos. Gracias, maestro.
b). Entrevista al padre David López Jiménez
1). Padre David, su personalidad en la Arquidiócesis de Puebla es muy conocida, pero para ahondar en la precisión me gustaría que nos comente algunos datos de su itinerario ¿Qué puede decirnos en esta tarde?
Con mucho gusto, nací el 29 de diciembre de 1917 en el barrio del Señor Jesús de San Andrés Chalchicomula, actualmente Ciudad Serdán. Mis padres fueron José de Jesús López García y Altagracia Jiménez Jiménez. Ellos sembraron en mí el amor y el respeto a las cosas de Dios. Fuimos tres hermanos, yo el mayor, luego mi hermano Sacramento, quien se dedicó muchos años a la fotografía y murió en la ciudad de México. Finalmente, mi hermana Merced, ella todavía vive en Tepeaca. Mi papá falleció cuando yo era párroco de Acatzingo, no estaba enfermo, nada más de repente murió. A su sepelio acudió mucha gente, fue la banda de guerra de una escuela a despedirlo y quedó sepultado en el atrio de la iglesia del barrio de las tres horas.
2). Mencionó su origen en Ciudad Serdán, ¿allí comenzó sus estudios primarios o cuáles fueron sus primeros pasos hacia las letras?
En ese tiempo solamente había dos escuelas en san Andrés, y la situación socioeconómica, política y religiosa era muy tenebrosa. Eran los primeros años de la persecución religiosa con el presidente Venustiano Carranza, por esa razón y debido a la pobreza de mis padres no fui a ninguna de las dos escuelas. La revolución mexicana había dejado al país desconcertado y la educación era incompleta. La primera escuela que recibí fue a través de mi mamá, ella misma me enseñó a leer en la casa. En ese tiempo se acostumbraba el silabario, es decir, el cajoncito de las vocales y de las consonantes. Después de conocer y de pronunciar las primeras letras del abecedario pasé al libro primero de Gregorio Torres Quintero, con el cual aprendí a leer, tenía algunos ejercicios en prosa y en verso. Cuando terminé de estudiar ese libro, mi madrina doña Elena que era panadera y que vivía cerca de mi casa, me puso una corona de flores en la cabeza. Le leí lo que necesitaba de ese libro y con ella conocí el libro segundo del mismo autor, para entonces ya podía leer perfectamente un texto en lengua española.
3). ¿Qué experiencia o anécdota recuerda de aquella etapa de su vida en Serdán?
De ese tiempo recuerdo una anécdota muy hermosa, tenía una catequista que venía de Cosamaloapan, llevaba un libro de poesías, las cuales me iba aprendiendo paulatinamente, y cuando era el santo de mi abuelita o de algunas personas conocidas, mi mamá me llevaba a felicitarlas y en su casa les declamaba algunas de mis poesías, me subía a una silla y con buen tono compartía algo de mi repertorio, igualmente les entregaba un ramo de flores, después de esto me daban mi aplauso, yo me bajaba de la silla y en seguida me ofrecían de comer.
Ahora lo pienso, aquel tiempo era como una especie de presagio de que algún día llegaría a predicar. Todavía recuerdo de ese tiempo algunas poesías, una de ellas se titula Habla el sol y una niña:
Oh sol refulgente,
Sol madrugador,
Cuán temprano sales,
Envía tu fulgor,
Ayer te ocultaste,
Después que jugué,
A dónde dormiste,
La noche que fue.
Yo no duermo niña,
A la India me fui,
Alumbré a los chinos,
Y a los negros vi.
4). Con esta anécdota que acaba de recordar nos transporta a Ciudad Serdán al primer cuarto del siglo XX, y justamente en la infancia de usted, ¿Pero aparte de su mamá y su madrina tuvo otros maestros que lo vincularon con la educación eclesiástica?
En mi tierra conocí al padre Pedro Jiménez, que era originario de Santa Ana Chiautempan, era buen maestro y un excelente latinista, en ese tiempo fungía como padre vicario de la parroquia de san Andrés Chalchicomula. Eran los años de la persecución religiosa, la de Carranza y la de Obregón, las misas eran celebradas a puerta cerrada y con mucho cuidado para que no nos sorprendieran los soldados o no hubiera algún problema. Cuando salía el padre y poco a poco iban saliendo las personas de las casas donde había pasado la santa misa, ya todo se veía con tranquilidad. Recuerdo que en ese tiempo yo era acólito y mi función consistía en ayudar al sacerdote para las cosas de la misa. Habiéndose acabado esa primera persecución, como te dije antes, la de Carranza y la de Obregón, me tocó ver el momento en que se abrieron las puertas de los templos, en ese momento yo era acolito y fue cuando empezó mi inquietud de formar parte algún día del grupo de sacerdotes. La razón fue, porque vi el empeño que ponía el padre Pedrito Jiménez cuando subía al barrio. Recuerdo que toda la gente llevaba su sagrado viático hacia unas personas que estaban allá arriba, entonces iba cantando, se juntaba mucha gente caminando atrás de él, ¡ya viene el padre Pedrito decía la gente! Pues de verdad, lo queríamos mucho.
5). El padre Pedro Jiménez fue una figura especial en su vida durante aquellos años sanandreseños ¿Qué recuerda de ese fragmento de su vida?
El ánimo y el celo apostólico que pude contemplar en la personalidad del padre Pedro Jiménez fueron un motivo esclarecedor para impulsarme después a ingresar al sacerdocio. El contacto académico fue a través de él, pues profundicé lo que había estudiado con mi mamá y con mi madrina, quienes habían sido mis primeras maestras. Con el padre aprendí la gramática española con un método donde se conjugaba la memoria y la escritura; aprendí la fonética, la prosodia, la morfología, la sintaxis y la redacción en prosa y en verso, de algo elemental me elevaba hacia cosas más profundas del español.
Las clases eran en un cuarto de la propia parroquia, de un lado estábamos los gramáticos y de otro, los latinos. Como los dos grupos estábamos estudiando en el mismo lugar se me iba pegando algo de la lengua latina. Escuchaba con frecuencia las palabras que estaban recitando en latín, es decir, amo, amas, amare, amavi, amatum; amabam, amabas, amabat, amabamus, amabatis, amabant; amabo, amabis, amabit, amabimus, amabitis, amabunt. Escuchaba cómo enunciaban los verbos, los adjetivos y los sustantivos. Se oía muy bonito cuando conjugaban los verbos en presente, en imperfecto, en futuro y en los tiempos compuestos; además hablaban de las derivaciones y composiciones con sus posibles significados. O sea que desde antes de que aprendiera la lengua latina, mi oído ya se había acostumbrado a las conjugaciones latinas, pues al querer o no, el interior del espíritu va captando lo que uno va escuchando.
Por mi cuenta seguí estudiando el castellano, pero también escuchaba a los alumnos del padre Pedro Machorro que entonaban el canto de la conjugación. Más tarde quitaron al padre Pedro Jiménez y llegó a san Andrés el padre Sabino Soriano, con él entré de lleno a estudiar la primera declinación con el modelo de mensa, mensae, mensae, mensam, mensa, mensa. El padre Soriano no duró mucho, lo quitaron porque era muy enojón, además nos castigaba con frecuencia, a veces sin razón. Finalmente llegó otro vicario, el padre Julián Maldonado, él me enseñó con más calma la lengua latina, con este padre acabé de redondear el latín; le tuve gran admiración tanto que mucho tiempo después fue mi padrino de ordenación sacerdotal.
6). Puesto que en esta parte se ha referido a la formación de la lengua latina, viene a colación una interesante pregunta, ¿cómo era el método de enseñanza en aquellos años?
En ese tiempo yo era un niño de diez o doce años, la enseñanza se aprendía y se ejercitaba por mímesis, consistía en la imitación del maestro. A partir del texto de un autor latino de la época clásica o de la época tardía, se extraía el vocabulario, la fonética y sobre todo, la sintaxis. Era un estudio donde se asimilaba la ortografía, la caligrafía y la memorización de los textos; además iluminábamos la lección con la técnica de la pintura que se nos daba de una forma magistral. Las clases eran en latín y en español mientras el oído se acostumbraba a todo el repertorio de la latinidad. Ya desde ese tiempo íbamos comprendiendo que la lengua latina prepara y ejercita la mente para pensar correctamente.
7). De acuerdo a estas experiencias y enseñanzas que acaba de narrar, me da la impresión, que en Ciudad Serdán había una especie de escuela eclesiástica o un colegio que servía de preámbulo para ingresar al Seminario. ¿Qué recuerda usted al respecto, padre David?
En San Andrés Chalchicomula durante muchos años ha existido un ambiente religioso de mucha tradición y respeto. En la parroquia los señores curas siempre se han preocupado de la formación de la feligresía, y para los que tienen mira hacia el sacerdocio ha estado la escuela de acólitos. Sobre lo que me preguntas, tiene relación mi respuesta, pues en ese tiempo no había algún seminario o alguna previa del Seminario de Puebla, que era el lugar donde nos formábamos los interesados en el sacerdocio. Entonces éramos un grupo de acólitos con estudio como si fuéramos parte de una escuela. La escuela eclesiástica comenzó más tarde cuando el arzobispo de Puebla Don Pedro Vera y Zuria abrió las escuelas apostólicas. Sin embargo, algo muy loable, es que los padres Pedrito Jiménez, Sabino Soriano y Julián Maldonado me prepararon bien y más tarde pude comprobar que sus enseñanzas eran respetables y reconocidas en el Seminario Palafoxiano. Quienes hacíamos esos cursos de gramática española y de latín en san Andrés, estábamos preparados para ir a la previa, la cual era un curso preparatorio para hacer los años de latín. Era una especie de escuela primaria con la supremacía de la formación de la lengua española y de la lengua latina. La previa ya era en Puebla y estaba a cargo del padre Roberto Escamilla.
8). Al oírlo me viene a la mente un tema fundamental sobre la enseñanza, el estudio y la escuela. Y por otro lado, cuando se habla de las fuentes de la literatura, educación, planes de estudio, método, ideario e instituciones, sobre todo, las antiguas, se ha debatido mucho sobre el latín como escuela y sobre la latinidad, ¿a qué se ha referido esa parte de estudios en la formación eclesiástica?
En la tradición de los estudios eclesiásticos se ha utilizado una rica nomenclatura sobre la cultura, concretamente las palabras latinidad y romanidad, traídas de la literatura latina antigua, pues es el estudio de las artes liberales, inspiradas en las escuelas de Grecia, de Roma, de la Edad Media y que recomendó el Concilio de Trento a través del estudio del trivium y del quadrivium, es decir, gramática, retórica y dialéctica; aritmética, geometría, música y astronomía. Nuestro estudio en el seminario no era tanto, no era ni latinidad ni romanidad. Era una especie de secundaria, pero se llamaba latín y eran tres años de estudio, después venía la formación de la filosofía y por último se coronaba con la sagrada teología.
9). Después de este largo itinerario que hemos venido reseñando sobre sus estudios en Ciudad Serdán, vengo deduciendo por analogía que lo que hizo allá fue algo equivalente a la escuela primaria, entonces, ¿usted ingresó al seminario para realizar los estudios de latín?
Sí. Resulta que el padre Julián Maldonado me llevó al seminario y me consiguió como tutor al padre Samuel Manuel Centeno, quien era ya un catedrático esclarecido de varias asignaturas de todo el tronco común del seminario, principalmente de latín, aritmética, álgebra y geometría. Era el año de 1931, y me acuerdo porque el seminario celebró el centenario de la Virgen de Guadalupe. No entré a la previa ni a primero de latín porque las lecciones preliminares ya me las sabía, el padre Alfonso Espino Silva, quien más tarde llegó a ser el arzobispo de Monterey, y que en ese tiempo era el prefecto de estudios del seminario nos examinó a tres, es decir, a Daniel Estrada, a Epigmenio Bonilla y a mí. De los tres, fui el único que salió avante, respondí todo lo que nos preguntaba el padre Espino. Por esa decisión pasé a estudiar el segundo año de latín y lo aprobé sin dificultades.
10). Padre David, entre sus amigos, discípulos y conocidos tiene fama de conservar una excelente memoria, por mi parte lo felicito por cultivar este don de recordar todo casi como si fuera ayer, ¿cómo le ha hecho para mantener esta virtud y de paso, puede recordar alguna experiencia o alguna anécdota de aquella época de sus estudios de latinidad?
La receta para perseverar en esta virtud se halla estudiando latín, porque el estudio de esta lengua no sólo es el conocimiento de un solo punto de vista, sino también es el estudio de la estructura de la mente o de la lógica, la disciplina mental, la agilidad, la armonía de los sonidos, la vocalización de las palabras y la adquisición de la cultura, la cual se relaciona con todas las partes del cuerpo humano. La memoria tiene que ver con los sentidos, con las facultades, con las manos, con los pies, con el espíritu y con el corazón.
Respecto a la segunda pregunta, sí recuerdo una anécdota de ese tiempo. Como yo era pobre y Daniel Estrada era rico, y además, como insistía en continuar en el seminario, su mamá que me había hecho muchos favores y también a mi mamá, me dijo: “Oye, David, quédate por favor a repetir el segundo año para que ayudes a Danielito en sus estudios”. Entonces volví a realizar el segundo año de latín y allí pasó una cosa muy chistosa: cuando llegué al seminario estaba prevenido el padre Álvaro Cuautli porque yo iba como alumno de segundo de latín; era costumbre que todos los alumnos que llegaban tenía que ir con el padre Roberto Escamilla, esto es, a la previa. Fui a ver al padre Roberto y me encontré con un seminarista de los grandes y me dijo: “aquí es el lugar donde vas a estudiar con el padre”, en eso que llega el padre Álvaro Cuautli y que le dice el seminarista: padre Álvaro, aquí están unos muchachos que son de la previa, es decir, alumnos que deberían estar con el padre Roberto Escamilla. Recuerdo que estaban estudiando el tema del calendario romano, es decir, las kalendas, las nonas, los idus, los puntos cardinales, las estaciones del año, los meses y las reformas del calendario, pues ese tema ya me lo sabía.
Estábamos con eso, cuando de repente me dice uno de los muchachos: ¿Qué no eres tú de la previa? No, respondí. El padre Álvaro Cuautli me dijo que aquí voy a estar. Estaban en eso de resolver un caso de nonas y no pudieron. En ese momento respondí aquello que el maestro pedía. Desde ese momento se quedaron callados, allí estaban Ernesto Corripio Ahumada, Patricio Saola y Vicente Soconini y otros que no recuerdo. Varios tomaron la palabra y me dijeron: “¿Dónde aprendiste eso?”. Les contesté sin temor, “lo aprendí allá en mi tierra”. Me refiero a los padres de Serdán con quienes estudié latín. Me dijeron: “¡Ah qué bueno!”. Les cayó mucho de admiración que sin haberme visto en el seminario ni en la previa sabía correctamente ese tema difícil de la lengua latina.
11). En otra ocasión me comentó usted que el segundo año de latín le fue muy significativo, ¿Por qué fue clave esa experiencia en su vida, allá en su adolescencia?
Recuerdo muy bien el segundo año, porque es el más importante de la formación de la lengua latina. En ese curso se perfeccionan las concordancias, los regímenes y, sobre todo, las oraciones coordinadas, subordinadas y yuxtapuestas de todos los tipos, es decir, todas las partes específicas de la sintaxis latina. Por esta razón, aparte de pensar que fue un daño el hecho de haber repetido el año, ahora que vengo mirando todo el resultado de haber vuelto a estudiar el segundo de latín, doy gracias a Dios porque afiné bien mi latín. Iba a ser condiscípulo de Anselmo Zarza Bernal, quien más tarde llegó a ser obispo de León, Guanajuato, él estaba en tercero de latín y yo me quedé a repetir el segundo, te insisto, no porque me reprobaran, sino por ayudar a mi compañero. El mal que le hice a Daniel Estrada fue que al estudiar le resolvía las oraciones y cuando le preguntaban en las evaluaciones se quedaba callado. O sea, que en vez de ayudarlo lo perjudiqué, pues no me podía llevar en la bolsa para ayudarle a responder en el momento en que le preguntaban directamente; además los maestros se daban cuenta de que no sabía, por fin se fue mi compañero y yo seguí adelante.
En general recuerdo mis estudios de latín porque fueron muy bonitos. Los estudié con tranquilidad y calma, pues el saqueo y la primera persecución ya se habían acabado, y cuando eso sucedió yo era un niño y vivía en Serdán, en cambio, mis años de latín los hice en Puebla con excelentes profesores.
12). Cuando usted terminó los años de latín pasó a estudiar la filosofía. ¿Qué experiencia de esos años guarda todavía?
Al terminar los estudios de latín hice los tres años de filosofía. En ese tiempo era el rector del Seminario Palafoxiano el padre Lucio Torreblanca Tapia, quien era un hombre bien preparado y respetado en el presbiterio. En esta parte de la formación tuve maestros esclarecidos. En primer año me dio clase el padre Augusto Leyva; en segundo, el padre Luis Maldonado, y en tercero, el padre Pedro Montero. Todos ellos fueron grandes y reconocidos maestros. El padre Luis Maldonado era filósofo y teólogo, realizó estudios de esas asignaturas en Roma, sus clases eran muy amenas. El padre Pedro Montero era un gran poeta y un gran helenista, destacó como maestro de griego por varias generaciones. Los tres maestros ya murieron.
Me acuerdo de una anécdota del primer año de filosofía, hubo tres sinodales para calificar el Acto Público, a mí me defendió el autor del libro con el que estudiábamos, el padre Luis López, sin haber sido mi maestro. A mi condiscípulo Miguel Nahuatlato lo defendió el padre Emilio Abascal Salmerón, quien más tarde llegó a ser obispo auxiliar de Puebla y obispo de Jalapa. A mi otro condiscípulo Ernesto Corripio Ahumada lo defendió el padre Augusto Leyva. Eso lo supe porque estaban platicando los tres sinodales y como había una puerta que conectaba con los dormitorios, un muchacho de nombre José Espinosa, escuchó la discusión respecto a quién se le iba a dar el Acto Público. Yo no tenía buena suerte para que se me diera ese premio, lo más que me ponían era tres excelentes; aunque preparara bien mis lecciones, la suerte no era para mí. Los primeros lugares eran para Ernesto Corripio y para Miguel Nahuatlato. Solamente menciono estos tres porque éramos los únicos que destacábamos en el grupo.
13). En esta trayectoria he venido rehaciendo las etapas de su formación sacerdotal: proto-previa, previa, latinidad y filosofía, pues como se sabe la revolución mexicana y la persecución religiosa vinieron a interrumpir los estudios eclesiásticos en todo el país. ¿Usted realizó la teología por supuesto, recuerda algunos datos y algunos nombres significativos que hayan tenido relación con su formación?
Sí. Recuerdo varios detalles. Terminados los estudios filosóficos se estudiaban cuatro años de teología. Debido a la situación de nuestro país, y como la persecución religiosa también estaba muy fuerte en Puebla, hice los dos primeros años de teología de una forma irregular y truncada. El estudio siempre fue bajo el cuidado de un maestro, nunca a título personal como es ahora, de plano de una forma autodidacta; los alumnos tomábamos apuntes con lo que pudiéramos aprender, ya que no había biblioteca para profundizar el tema que se nos enseñaba. También carecíamos de libros personales, pues como te dije, la situación política, religiosa y económica estaba color de hormiga.
Lo hermoso de esa época era que los pasajes y los acontecimientos bíblicos quedaban bien aprendidos, unas veces en griego, otras en latín y algunas veces en español. Estudiábamos los libros de la Sagrada Escritura con alegría y con fe. Eran los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, algunas veces redondeábamos las explicaciones con los comentarios de los padres de la iglesia que de repente los maestros nos proporcionaban.
La lengua latina ayudaba mucho en esto, porque en latín los libros pesan menos y en español pesan más. El padre Pedro Montero, que además de ser un excelente maestro de griego decía que el latín te sirve para ahorrar papel y saliva, así lo decía para que entendiéramos por qué la lengua latina es una lengua sintética y perfecta. Estudiábamos los textos de la santa biblia con la versión de san Jerónimo, la Vulgata, los que teníamos buena memoria nos apoyábamos en esa virtud para aprenderse los textos o los libros por si algún día se nos olvidaba la biblia, el misal o algún libro de valor.
14). Me había comentado usted, que en Puebla solamente hizo los dos primeros años de teología, ¿y los otros dos años dónde los hizo y cuál experiencia recuerda después de tantos años?
El tercero y el cuarto de teología fueron decisivos para determinar y profundizar los estudios eclesiásticos, los cuales fui a realizar al Seminario Mexicano de Montezuma en Estados Unidos. El papa Pío XI viendo que la persecución cristiana era un obstáculo para que los seminaristas de México hiciéramos los estudios que exigía la formación sacerdotal, apoyó a los obispos de nuestro país para hacer un seminario entre todas las diócesis de México. La idea la apoyaron varios obispos de Estados Unidos, se hizo un grupo bien organizado que representó a México.
En Montezuma estuvimos en un ambiente de paz y de tranquilidad, contábamos con una biblioteca muy brillante. El lugar donde se encontraba el seminario era muy hermoso, había tres casas, los teólogos estábamos arriba, en el castillo, los filósofos abajo y los latinos en un lugar más sencillo. Recuerdo que la gente de Estados Unidos nos recibió muy bien y con mucho gusto. Nos dio la bienvenida el señor arzobispo de Santa Fe, monseñor Rodolfo Gerken, quien fue uno de los fundadores del Seminario de Montezuma; además estaban las madres franciscanas que nos atendieron de lo mejor, eran doce religiosas muy atentas y trabajadoras.
El seminario estaba en buenas condiciones, en él había baños y lavandería y muchas otras instalaciones. Todos los seminaristas de entonces solíamos repetir un lema que compuso uno de nuestros profesores: “no pienses nunca en descansar, ni en vacaciones, pues el sacerdote sólo tiene derecho a descansar y a vacacionar en el cielo. Debes prepararte muy bien y capacitarte de tal manera en ciencia y en virtud. Que cada uno de ustedes pueda trabajar como cinco, porque llegará el tiempo en que así será necesario, que trabaje el sacerdote”.
En mis ratos de oración recordaba todas las penurias que había pasado en Puebla con los presidentes perseguidores y con las autoridades civiles de Puebla que tenían órdenes de matar a seminaristas y a curas que se encontraran. Recordaba también a ese general llamado Mucio que le placía matar por montones de gente y por eso nos íbamos durante el día a esconder a las barrancas de Cuautichán para hacer los estudios y regresábamos a la parroquia de Amozoc para descansar y hacer los rezos y la oración. En ese ambiente de paz en Montezuma, pedía mucho por los sacerdotes de Puebla y por los seminaristas que no tuvieron la fortuna de ir a Montezuma o a Roma y, que tuvieron que seguir sufriendo y luchando mientras terminaba la persecución.
15). He leído tres libros de distintos autores sobre la historia de seminarios de México y todos coinciden en lo que me comenta sobre la calma que había allá en Montezuma, ¿pero usted cómo aprecia el ambiente cultural y académico, y de qué modo lo influyó al completar sus estudios eclesiásticos?
En Montezuma había un ambiente cultural y académico de primera. Por petición del santo padre se pusieron los mejores maestros, al principio se discutió entre sacerdotes jesuitas y sacerdotes misioneros de la orden del Espíritu Santo, finalmente se optó porque fueran jesuitas. Hubo varios maestros jesuitas dignos de mención como los padres: Marcos Gordoa, José Bravo Ugarte, Manuel García, José Plancarte, José Cornaglia, Daniel Olmedo, Luis Vega y otros más.
A mi gusto sobresalía el padre José Plancarte, que por cierto era tío de los dos humanistas de la arquidiócesis de México, de los padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte. El padre José Plancarte era conocido por su erudición tanto en la latinidad, la filosofía, la historia y por la teología. Me recordaba la sabiduría de algunos de Puebla como los padres Pedro Montero y Samuel Manuel Centeno. Con él perfeccioné mi latín, mi prosa y mi verso.
Uno de los maestros que más recuerdo fue el padre Daniel Olmedo Cotilla, era un perito en la historia como ciencia, daba la historia muy amena y sabía construir los diversos criterios de la historia desde Grecia y Roma con el fin de que entendiéramos bien la historia del cristianismo. Nos daba la materia de historia de la iglesia, su clase era de las más emotivas. También recuerdo al padre Marcos Gordoa, parece que era mexicano, pero había estado 16 años de profesor en la Universidad de San Salvador, era un gran literato y conocedor de la Sagrada Escritura, así como de las lenguas bíblicas, nos enseñaba los salmos y sabía hacer exégesis de cada texto, sabía enseñar muy bien y era un ejemplo para todos los que estudiábamos entonces.
16). Cuando usted me ha comentado de sus estudios y cualidades de la música, ¿hubo en Montezuma algo singular que recuerde todavía?
Sí. Hubo algo extraordinario. La clase de canto era un complemento para las demás asignaturas, teníamos un buen maestro de música, era el hermano Nicanor González, había otros dos hermanos, no eran sacerdotes, Carlos Lira y Rodolfo Mendoza, pero el hermano Nicanor era el director del coro, que él mismo formó. Resulta que nos reunieron a todos los seminaristas que sabíamos de canto, había de todas partes: de Veracruz, de Puebla, de Guadalajara, de Colima, de Zacatecas, de Oaxaca, de Morelia, de Aguas Calientes, de México, de san Luis Potosí y de otras partes. Fuimos seleccionados 35 y muchos quedaron eliminados, el examen fue muy difícil y el maestro de canto eligió nada más a quienes pasamos la prueba, la cual consistía en saber la partitura, el solfeo, la vocalización, la voz, y sobre todo, la seguridad y la armonía del cuerpo. A mí me tocó estar en los tenores primeros. El maestro Nicanor nos preparó muy bien y gracias a eso, conocí a otros cantores a donde nos tocaba debutar. Fuimos a las Vegas y a Colorado, para entonces ya teníamos buen repertorio tanto del canto gregoriano como de la polifonía clásica y moderna, también teníamos un buen repertorio de canto popular. Hay una cosa chistosa que pasó allí: resulta que en una presentación estábamos cantando muy emocionados, nuestro deseo era deleitar a muchos sacerdotes americanos, pero no nos hacían caso, tanto que se pusieron a fumar, en eso que nos dice nuestro profesor, “estamos tirando margaritas a los cerdos, mejor vamos a cambiar de música”. Inmediatamente comenzamos a cantar música del folclor mexicano, con esas canciones hasta se levantaron y empezaron a aplaudir, a chiflar y a gritar. El director de nuestro coro nos dijo: “esta gente no sabe apreciar lo que es bueno”. Cantamos de Palestrina, de Orlando di Lasso, de Victoria, cantamos nuestro mejor repertorio.
17). Veo que la formación que usted recibió en el Seminario de Montezuma le dejó huellas imborrables. ¿Qué otras experiencias hermosas recuerda de ese tiempo?
Mi estancia en Montezuma fue muy hermosa y agradable. Algunos de los testimonios los confirmo con las fotografías que conservo de ese tiempo, otros los confirmo con la memoria y el recuerdo. Conocí pocos lugares en Estados Unidos, pero sí, muchos compañeros y maestros. Me quedó grabada la imagen del coro, la caridad y la atención de las madres franciscanas. Me dieron clases buenos maestros en ese tiempo. Con esto es donde puedo aplicar aquel hermoso fragmento de Marco Tulio Cicerón: O tempora, o mores, ubinam gentium sumus? En ese tiempo conocí a dos rectores, ambos fueron jesuitas, el primero fue el padre Ramón Martínez Silva, era un hombre muy inteligente, tenía buenas relaciones sociales, diplomáticas e intelectuales propias de un señor rector. El segundo fue el padre Agustín Waldner, también era un hombre muy inteligente, sabía bien de las técnicas del canto, tocaba con facilidad el órgano, él también nos ayudaba a mejorar las técnicas de nuestro coro.
En general guardo hermosos recuerdos de varias personas y de grandes acontecimientos. Recuerdo la atención del episcopado norteamericano que nos visitaba, especialmente monseñor Rodolfo Gerken, del episcopado mexicano de ese tiempo eran nuestros dos obispos, monseñor Pedro Vera y Zuria y monseñor Ignacio Márquez y Toriz.
Lo valioso de la persecución religiosa y aunque nunca lo asimilaron las autoridades de México que presidieron este acontecimiento, es que aprendí como muchos compañeros de ese tiempo a valorar la vida, y principalmente, a amar a Dios en el dolor, aprendí a estudiar más rápido en tierra ajena. Después de muchos años he podido apreciar el valor de aprender y de enseñar en la iglesia de Puebla donde he servido más de cincuenta años. Redondeando toda la experiencia de Montezuma, doy gracias a Dios por esa oportunidad que me dieron las autoridades eclesiásticas de entonces, fue muy hermosa mi estancia de dos años, los cuales califico como una apoteosis.
18. Terminada su labor en el Seminarios de Montezuma, supongo que regresó a Puebla. ¿Qué actividades vinieron después?
El resto del año de 1940 lo pasé en Puebla apoyando en algunas actividades pastorales, acompañaba a algunos sacerdotes y seminaristas. Viví en la 9 oriente 5, donde era la sede del Seminario Mayor Palafoxiano, estaba esperando la ordenación sacerdotal, pues tenía 23 años y no me podían ordenar hasta que el señor arzobispo lo dispusiera debido al mandato del derecho canónico.
Por fin, el 5 de enero de 1941 me ordenó monseñor don Pedro Vera y Zuria, junto con un sacerdote franciscano, cuyo nombre ya no lo recuerdo. Fue mi padrino de ordenación el padre Julián Maldonado, uno de mis primeros profesores de latín en Ciudad Serdán y con quien tuve una amistad muy estrecha. Hice la primera misa como es la costumbre en el pueblo de origen, en el barrio del señor Jesús, allá en san Andrés Chalchicomula, invité a todos mis paisanos sacerdotes y la predicación la hizo el Señor rector del seminario, el padre Lucio Torreblanca Tapia. Por su parte el Señor cura, padre Augusto Leyva ofreció una espléndida comida a toda la gente que me acompañó. De ese día hay una anécdota.
19). A lo largo de varias conversaciones me ha dicho que fue párroco de Tlachichuca. Y por otro lado al preguntar en las comunidades de ese lugar le guardan mucho cariño, ¿qué recuerda de su estancia allá en las faldas del Pico de Orizaba?
Tlachichuca fue mi primera parroquia y fue muy apropiado el cambio. Pues como te dije los días pasados, después de ordenado había servido como vicario en Cholula y en Matamoros, luego vino el cambio a profesor tanto en la Escuela Apostólica de Matamoros como en el Seminario Menor en San Pablo Apetatitlán. Llegué a mi primera parroquia en el año de 1955 y allí estuve diez años, hasta el año de 1965. En ese tiempo ya era el arzobispo de Puebla Don Octaviano Márquez y Toriz, me envió a Tlachichuca, porque yo andaba enfermo y me dijo que el clima de ese lugar me iba a beneficiar mucho. Era algo extraordinario porque la naturaleza viva siempre me ha deleitado, además estaba cerca de mi tierra Ciudad Serdán. Como tú eres de esa zona debes conocer perfectamente las comunidades. Yo recuerdo todos los pueblos y a la gente: Río Valiente, Tepetitlán, Cárdenas, El Paso Nacional, La Colonia, Quetzalapa, El Cajón, La Jícara, La Capilla, La Luz y muchos más. Allí apliqué todos los conocimientos de mi formación y mi experiencia como maestro. De modo que hice cosas de pintura, de poesía, de teatro, de música, de oratoria, de diseño, de formación de acólitos, catequistas, de arreglos de alfombras y construcción de capillas, tanto en la parroquia como en las comunidades. Formé un excelente coro que competía con Serdán y con Atzitzintla. Pues yo tenía de vecinos a dos grandes músicos, al padre Eduardo González Fuentes, que era un erudito en todo y era el párroco de mi tierra, y por otro lado, al padre Álvaro Ramírez Hernández, quien era el párroco de Atzitzintla, también tenía un buen coro y una radio donde transmitía desde las montañas. Nuestros coros tenían fama en todos los rincones de la arquidiócesis de Puebla, debido a que don Octaviano nos difundía entre todos los conocidos del canto. En una misa solemne nos reunió a los tres coros en la Basílica de Guadalupe, y a pesar de que el señor cura de Serdán no quería que cantáramos con su coro, lo hicimos muy bien, al grado que nos encomiaron en México, principalmente varios padres cantores de la arquidiócesis de México, y el mismo señor arzobispo primado.
20). En la parroquia de Tlachichuca hubo un acontecimiento muy importante, el 28 de mayo de 1959, allí se congregaron grandes multitudes de distintos lugares, debido al cantamisa del primer sacerdote de ese lugar, el padre Eliseo Espinosa Rodríguez. ¿Usted qué recuerda de aquél momento?
En esa fecha nos preparamos organizadamente porque fue la celebración del Corpus Christi y empabezaron todas las calles. Se pusieron alfombras de aserrín y de marmaja blanca con hermosas figuras de grecas y arriba se adornó todas las partes de las calles. A todo esto llegaron el señor rector del Seminario Palafoxiano don Bartolomé Carrasco Briseño y varios seminaristas acompañándole. Así también se preparó el banquete para toda la gente que acudió. Para el canto que fue una de las partes más importantes del desarrollo de la santa misa, tenía yo un coro de treinta y cuatro integrantes a cuatro voces mixtas, de manera que se cantó, en ese tiempo se acostumbraba a cantar en lengua latina. Con ese motivo preparamos con tiempo el canto a cuatro voces de Salve Regina de Stel y lo ejecutaron muy bien acompañados del órgano que teníamos allá en Tlachichuca. Una vez terminada la Santa Misa, se hizo el banquete en donde ayudaron las personas de ese pueblo para dar de comer a los seminaristas, a las personas familiares del padre y a los padres superiores que estaban presentes. Con motivo de eso, en el patio del curato, se entonaron unos cantos, uno fue El Ruiseñor del padre Velázquez, otro fue La Batalla mundanal. Todo salió con éxito y todo se realizó después del besamanos, pasó mucha gente, pues el padre Eliseo era muy conocido allá en su tierra.
Aunque esta experiencia tiene más de cuarenta años es digno de mención. Recuerdo una vivencia muy hermosa que fue encomiada por la gente que sabía de poesía. Distribuimos un cartel entre las personas y entre las parroquias vecinas, en el cual juntamos dos ceremonias: el Corpus Christi y el Canta Misa del padre Eliseo, y fueron fruto de mi inspiración poética. Dice así:
Solemne Corpus y primer Canta Misa de un hijo del pueblo de Tlachichuca.
El altar de la naturaleza
Como altar de blancura sempiterna
Adornado con la gaza de los cielos
Fija el volcán en la alabanza eterna
La soberbia muralla de sus hielos.
Los altares de Corpus
Sobre alfombras de pétalos de rosa
Hay altares magníficos, triunfales
Pasa Cristo en espléndida carroza
Dejando bendiciones a raudales.
Sacerdote de Dios: entre tus manos
Tlachichuca coloca sus anhelos
Guarda siempre un recuerdo a tus hermanos.
21). Padre David, su vida y su testimonio han sido muy interesantes, seguramente a muchos nos ha conmovido su pensamiento y su obra. Justamente, ha sido mi apreciación al revisar la respuesta de los artículos que he publicado sobre usted. Sospecho que es verdad lo que le dije en lengua latina: pater David semper ante suos discípulos et fideles in schola atque ecclesia peritiam, sapientiam curamque ostendit. Ita qui adhuc prope eum adsumus, confitemur sumus: hodie is pater laetus est, aliquando autem sui amici magna cum veritate exprimemus: noster dilectissimus David ad summam beatitudinem pervenit. ¿Usted cómo ha visto la respuesta después de la publicación?
Me ha gustado mucho lo que has escrito sobre mí, y también lo que escribió Alba Juárez en la revista Koinonía, es la verdad y ha salido del corazón. De lo que me dices en latín es una especie de epitafio con un latín sencillo y entendible, dos palabras me llaman la atención para estar feliz como dice tu texto, la palabra aliquando, porque no sé cuando me llame el señor para el momento definitivo. Yo sé que la muerte es cierta y universal, pero también sé que es incierta, porque no se sabe, ni el día ni la hora en que ha de llegar. La segunda palabra es el verbo conjugado pervenit, porque la fe y el amor son las únicas virtudes que vienen a confirmar la certeza de la verdadera felicidad, pues llegar hasta la más alta felicidad sólo se dará con el verdadero encuentro con Dios, frente a frente con Él.
Hay una hermosa oblación que hice en latín y que te doy bilingüe para que la gente lo pueda leer, lo hice en mis bodas de oro sacerdotales, celebradas el 10 de enero de 1991, siendo párroco de San José. Es un regalo para mi condiscípulo Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo primado de México y para mis hermanos sacerdotes de la arquidiócesis de Puebla. En el encabezado dice: Cordialmente dedico a Usted esta composición de mis Bodas Sacerdotales de Oro.
Nuntiae factae sunt (Jn. 2-1)
Integra vita non sunt colluctationes et pressurae, haud nubila taetra. Deus enim, rerum opifex vitae nostrae puncta dulcedine replet, anteparans aliquid voluptatis sperandae.
Quod ad me attinet, nuntias meas sacerdotales aurulentas concelebrare eiusmodi est: Atigisse vitae meae altiora cacumina. Ab illo culmine speculor pelagus miserationum et bonitatum quas mea longa vitae labente, digitis conditoris sunt attextae.
Ex illa meorum quinquaginta annorum specula, respicio funalium accensorum seriem: sunt quidem hostiae meae totiens et millies litatae. Ex alto canores ausculto animarum, coelo iam adepto, fuerunt quidem per christum redemtae et dimissae, attamen mea voce, mea manu, mediantibus.
Pauli sodales, una mecum, ad privilegium quinquaginta annorum Sacerdotii commemorandi, pervenerunt. Hocce me confundit: alio malitia et mea indignitate, alio, impossibilitate laetitiam irruptam ex primendi, quoniam mensura humani verbi impos fit capiendi. Quantum praestarem, si mihi esset cor flagrans, proclive ad rite exsolvendum ingens debitum gratitudinis erga Deum!
In causa nuntii huius exarati: Mille et milliens opitulationem flagitare tuarum praecum ut affatim Deo gratias retribuam. Pergratum mihi feceris, si tuum cor eximium comes mihi praebueris, exsolvendi causa grates deo! Tu fultus secure, praestantissimo corde, spero Deo gratias redditurus. Et quum absint a me verba quibus tibi luculenter gratitudinem exhibeant, qua parte mea est, polliceor, ut vere dicam, concremare granulum turis exiguae meae supplicationis pro commoda salute hodierna, et tuo bono spiritale aeterno consequendo.
Ad multos annos vivas!
Se celebraron unas bodas (Jn. 2-1)
“En la vida no todo son luchas y penas; ni todos son nublados oscuros. Hay momentos en que Dios endulza nuestra vida y nos anticipa algo de la dicha que esperamos.
Por cuanto a mí me toca celebrar: mis Bodas de Oro sacerdotales es haber escalado la cumbre más alta de mi vida. Desde esa altura puedo contemplar todo un panorama de bondades y misericordias que se fueron entretejiendo, a lo largo de mi vida, por los dedos del Divino Creador.
Desde esa atalaya de mis cincuenta años, veo hacia atrás una interminable hilera de cirios encendidos: son mis hostias ofrecidas tantas veces, a millares. Oigo en lo alto cánticos de almas que ya entraron al cielo y que fueron redimidas y absueltas por Cristo, a través de mi voz y de mis manos.
Pocos compañeros han llegado al privilegio de celebrar, como yo, los cincuenta años de vida sacerdotal. Esto me confunde, por un lado, mi indignidad y malicia, y por otra parte, me invade una alegría que no puedo expresar, porque no cabe en los moldes del humano lenguaje. ¡Cuánto diera por tener corazón ardiente, inclinado a pagar como conviene la enorme deuda de gratitud que tengo para con Dios!
Tal es el motivo de este mensaje escrito: Rogadle una y mil veces me ayude con su plegaria a dar gracias al Señor. Sé que contaré con su nobilísimo corazón que me ayudará a dar gracias rendidas al Señor y, al no tener palabras que le expresaran a Usted, mi gratitud, a decir verdad: le ofrezco de mi parte quemar el grano de incienso de mi débil plegaria por su salud y bienestar temporal y espiritual ¡Viva Usted por muchos años!”.

