Mis vivencias del campo a la ciudad. Homenaje a mi papá Delfino Cruz Vázquez en el 95 aniversario de su natalicio
Por Juvenal Cruz Vega. Director de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz
El temor a Dios es la raíz de la sabiduría y sus ramas son larga vida. (Ῥίζα σοφίας φοβεῖσθαι τὸν κύριον καὶ οἱ κλάδοι αὐτῆς μακροημέρευσις). Ecc. 1, 11-20.
Es una alegría y un honor enorme para mí, dedicarle unas palabras a mi papá, al Señor Delfino Cruz Vázquez, debido a su reciente cumpleaños número 95. Él vive en Santa Inés Varela la Luz, en el Municipio de Tlachichuca, Puebla, al Oriente de la Ciudad de Puebla, al pie del Pico de Orizaba, el Volcán de San Andrés o Poyautecatl. El 14 de agosto del año en curso cumplió 95 años de edad; nació en la Hacienda de Santa Inés en 1930, justo cuando se fundó aquel hermoso pueblo, llamado Santa Inés Varela La Luz. Así llamado por la Hacienda de Santa Inés y la Luz, por la Planta de Luz que se encuentra al pie del Río Paso Nacional y más tarde Río Quetzalapa. (Datos tomados de mi libro inédito, Mis vivencias con mis padres en Santa Inés Varela La Luz).
Mi papá es clave para la historia del pueblo. Es hijo del Señor Delfino Cruz De Alfonso y de la Señora Carmen Vázquez Gutiérrez, de los cuales nacieron nueve hijos: José, Delfino, Carmen, Luis, Ángela, Porfirio, Alfredo, Hermelinda y Luz. Por supuesto, cada uno tiene una historia compatible, y a la vez, diferente.
Comento un poco de su historia. Siempre ha vivido en el pueblo de la Luz. Se casó con la Señora Rosa (Rosita) Vega Aburto, con la cual tuvo doce hijos. Mi papá siempre ha sido un hombre del campo, de allí viene uno de sus comentarios familiares, que hacen una autodescripción: “Delfino Cruz Vázquez, campesino trabajador, esposo de una mujer hermosa y padre de doce hijos, 7 hombres y 5 mujeres. Allí en el campo trabajó desde la edad de 10 años, primero en el Paso Nacional y luego en La Luz. Ha cultivado, entre otros frutos: maíz, haba, frijol, alverjón, calabaza, manzana, pera, tejocote, durazno. Además, ha sabido integrar su labor del campo con la cultivación de animales: puercos, ovejas, caballos, burros y acémilas. Todo esto sumado con los animales que cultivaba mi mamá Rosita: pollos, patos, guajolotes y aves de distintos tipos; y aunado a esto, la diversidad de plantas.
De mi papá guardo muchos detalles del campo de su época de madurez: solía cultivar los magueyes y el aguamiel. Por eso hacía su propia receta del pulque, al que él mismo nominó: “Pulque del fino (por su nombre Delfino), no del corriente”. Ese pulque era motivo de diversas reuniones de señores de edades diferentes. Allí hablaban entre otras cosas del campo, de los animales, de las personas, de la escuela, de la iglesia, y de lo que se aprende en la calle; de los dichos y refranes de los viejos, de las familias, y de los fundadores del pueblo. He aquí algunos dichos que recuerdo a menudo: “Cuando el arriero es estúpido, le echa la culpa a las mulas: de poquito en poquito se llena el jarrito; más vale un perro vivo que una rata muerta; a río revuelto ganancia de pescadores; arrieros somos y en el camino andamos; candil de la calle y oscuridad de su casa; nunca muerdas la mano que te da de comer; cría cuervos y te sacarán los ojos; el que nada le cuesta, todo lo vuelve fiesta”. (De estas conversaciones he venido escribiendo un libro, al que he titulado: Sobre refranes, dichos, sentencias, máximas y proverbios. La sabiduría estudiada en sus fuentes).
Nunca escuché vulgaridades, pero sí, groserías, propias del pueblo y muy agradables al oído. Por ejemplo, este dicho: “En este mundo traidor nadie de cantar se escapa. Canta el cura y canta el papa. Y hasta la mujer más guapa hace su montón de caca”. Yo creo que esta historia podrá ser recordada por la multitud de entonces, de los años cuarenta, cincuenta, setenta, ochenta, noventa y más. Como el dicho de las canciones. Pues respecto a esto, mi papá siempre lleva la música por dentro. La música ranchera de buen gusto y con los mejores cantantes de México, sin dudad, era parte de la formación integral del pueblo. Su canción favorita es Máquina 501, con la voz de Francisco Charro Avitia, y después de cantarla dos o tres veces por semana, todos sus hijos pudimos cantarla casi con el estilo y el sentimiento particular que él mismo le impregnaba.
Mi papá y mi mamá fueron pioneros de la iglesia y de la escuela del pueblo. Se acercaban mucho a los sacerdotes y a los maestros; grandes maestros y sacerdotes, dignos de mención, de lo cual, guardo nombres de personajes célebres, anécdotas, cuentas, aportaciones culturales, económicas, políticas, y hasta críticas despectivas, pues esto se gana un personaje por meterse de redentor. Por eso nos enseñaban a todos a respetar las cosas escolares y eclesiales. Con ellos aprendí a sumar y no a restar. Pues en nuestro tiempo, cuando alguien habla en la educación, y singularmente de la educación religiosa y escolar, inmediatamente extrae la parte religiosa por un trauma personal o por la moda del momento, sin analizar lo valioso de esos valores y historias, lejos de las que estoy expresando. En sentido positivo, eso me recuerda la formación y la educación más fuerte de la historia: la familia, la escuela y la iglesia.
Así escuché desde muy temprano esa sabiduría, fundada en la filantropía del pueblo y en la Sagrada Escritura con San Lc. 2, 52 (y Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia delante de Dios y delante de los hombres); y luego yo mismo fui completando esa historia, haciéndola interdisciplinaria y universitaria al llevarla más allá de nuestras fronteras. Hoy impresa en el mayor de mis escritos y mis conferencias: “Defensa apasionada del humanismo”.
Hay una parte fundamental del pueblo, de todo pueblo, la salud. Como es el ambiente rural, la gente y los animales suelen a menudo lastimarse los huesos en todos los sentidos: fracturas, lesiones, dislocaciones, torceduras, y mucho más. Unas veces en el campo, otras en la escuela y otras más en calle debido al deporte más común del pueblo: básquetbol, fútbol, béisbol, voleibol, atletismo y travesuras entre los árboles. Al respecto, mi papá Don Delfino fue un excelente quiropráctico; benevolente, caritativo y muy humano; allá en el pueblo le llamaban curahuesos (sic). Pues curó a cientos de personas y animales. Guardo en el archivo familiar, muchos testimonios escritos, hay uno reciente de mi maestra, Luz María Ratoni Hernández, oriunda de Tlachichuca y muy respetada y querida entre los pueblos de la región, que escribe así: “Que hermoso es leer como expresas el amor, el respeto y el agradecimiento que le tienes a tú padre y por supuesto a tu mamá por darte la vida, educarte, darte estudio, guiarte con sus consejos por un buen camino y llegar a formarte hasta donde te encuentras hoy, como un gran maestro con su propia academia de lenguas y excelente hijo y hermano. Que Dios le conceda a tú papá una vida tranquila, en paz ya que es un hombre de mucha fe y este cumpleaños lo pueda disfrutar con toda su familia. Te falto decir que fue un hombre con sabiduría en curar a muchas personas de los huesos, muchos de mi familia fuimos favorecidos con sus curaciones favorablemente. Que Dios lo bendiga. Seguramente me recuerda. Dile que le mando un fuerte y cariñoso abrazo”. (Testimonio a propósito del cumpleaños número 95 de Don Delfino Cruz Vázquez, como respuesta a una nota mía en mi cuenta de Facebook).
Gracias, papá. Me enseñó usted a trabajar, a ser acomedido (sic), a platicar con la gente y a escucharla, a convivir con todos, y especialmente con la gente sencilla, en carne propia y lejos de los discursos políticos. Más que mi mamá, usted me enseñó a estudiar, ella con su ejemplo, su amor de madre y su ternura, y usted con su autoridad, la cual nunca vi debilitarse. Hoy su personalidad me recuerda aquel pasaje de Marco Tulio Cicerón, del año 80 a. C, que dice así: “Yo creo que ustedes están sorprendidos, qué motivo haya, que mientras permanezcan tantos oradores importantes y tantos hombres ilustres, me haya levantado, entre todos, yo que ni por mi edad, ni por mi carácter, ni por mi autoridad, deba compararme con estos, que están sentados”. (Credo ego vos, iudices, mirari, quid sit, quod, cum tot summi oratores hominesque nobilissimi sedeant, ego potissimum surrexerim, is, qui neque aetate neque ingenio neque auctoritate sim cum his, qui sedeant, comparandus. (Discurso en Defensa de Sexto Roscio Amerino. I, 1-15).
Efectivamente, mi papá, siempre defendió a la gente sencilla y humilde. Algunas veces denunció la injusticia de las autoridades del pueblo en sus diversas expresiones. No siempre era escuchado, pero como decía con otro de sus dichos: “ya puse el dedo sobre la llaga”. Así es, queridos amigos. Aquí les presento a mi papá, al Señor Delfino Cruz Vázquez: temeroso de Dios, fuerte, trabajador, alegre, inteligente, sugerente y longevo. El hecho de estar cumpliendo 95 años, yo lo considero un don de Dios, y más aún, una expresión viva del temor a Dios, lo cual me recuerda uno de los pasajes más hermosos de la literatura bíblica del Antiguo Testamento, el verso 20 de Ecc. 1, 11-20, cuya belleza cito así en la Septuaginta o Biblia griega: “El temor a Dios es la raíz de la sabiduría y sus ramas son larga vida”. (Ῥίζα σοφίας φοβεῖσθαι τὸν κύριον καὶ οἱ κλάδοι αὐτῆς μακροημέρευσις).
Este reciente 14 de agosto mi papá cumplió 95 años, vive casi en agonía, pero sigue luchando día a día. Sé que cada uno de sus hijos se ha hecho un padre a su medida, a su gusto y a su estilo. Así es la vida humana, así es la historia de los grandes hombres del pasado. Yo mismo, más que hacerme un papá a mi gusto, he sido testigo ocular y autorizado de la virtud de ser padre (hablo de mi padre), amigo, guía y maestro. Todos los días en mi silencio lo recuerdo: al cantar, al estudiar, al trabajar, al dar clases, al dictar conferencias y al ordenar el hábitat donde vivo. Con él aprendí algunos aspectos que llevo conmigo, al ser rector de una institución educativa de humanidades clásicas: experiencia, talento, amor, benevolencia, diplomacia y buenas relaciones personales con todos. De aquí deduzco tres principios del ideario que le he puesto a la escuela: amor a Dios, al hombre y a la patria.
Gracias, papá. A usted le debo todo. Un día se lo dije en una plática personal en el Camino viejo, su terreno favorito, la tierra más fértil, y cantando la canción de José Alfredo Jiménez: Camino viejo.
Felicidades por su cumpleaños. Desde mi cátedra le canto las mañanitas al estilo de Pedro Infante, recodando esas palabras que también usted repetía al cantarle a mi mamá Rosita: “En la fresca y perfumada mañanita de tu santo, recibe mi amada la dulzura de mi canto. Encontrarás en tu reja un fresco ramo de flores que mi corazón te deja, güerita de mis amores”. (Versión latina del doctor Tarsicio Herrera Zapién, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México).
Laudes matutinas.
Ecce laudes matutinas
Quas cantabat David rex
Ad personas tam divinas
Hic nunc cantabitur prex.
Exsurge, dilecta, exsurge
Vide: surrexit sol iam,
Iam cecinerunt volucres,
Lunaque occultata est clam (bis).