Opinión

Piel

Por Ricardo Caballero de la Rosa

Pudor y liviandad son arquetipos que danzan sobre la piel. El aletear del día, la paciencia de la noche. En el roce de la brisa se topan, en la humedad tibia que deja un susurro sobre los hombros. Pudor que es niebla, diamantina que cubre y revela, velo que esconde el misterio sin negarlo del todo. Liviandad que es pluma, que roza, que insta el latido sin peso sobre los poros, secreto que apenas se atreve a pronunciar su nombre.

Respira el cuerpo y el pudor es perfección, eco de infancia que no desaparece. Exhala el cuerpo y la liviandad es río creciente, tacto sin prisa, sin huella, sin remordimiento.

Entre ambos transcurre la piel, territorio de excelso deseo que asoma y repliega, lucha y huye, exprime y expulsa, un aire que es frontera y puente a la vez.

La piel afiebrada es límite, umbral de pudor y liviandad, filo de lo indecible, pergamino de sombras, mapas de vértigo, miradas que se detienen para conservar el cristal de lo no dicho.


El pudor cose pliegues al respirar, inventa vestidos con el aliento, borda mitologías en los poros. La piel como templo cerrado, idioma cifrado en venas. Bajo la luna, cuando las puertas hacen oscuridad, la liviandad se cuela por ventanas y acaricia, desnuda chopos, salvaje polvareda que recorre clavículas y desliza espaldas por entre hierba.

La piel deviene pájaro, arte sin argumento, nombres, culpas tejidas como espinas. Liviana, escapa del puño, es risa del agua en vigilia. Pero el pudor insiste, mordiendo apenas el lóbulo de la oreja: recuerda que hay secretos que solo existen mientras se ocultan, dolores que son joyas en la penumbra.


Al final, las cicatrices, esas golfas que suturan lo leve y lo grave, el beso y el arrebato, huellas de un combate entre la tela que esconde y la luz que desarma. La piel, siempre la irascible piel, el traductor de tactos, humanidad sin identidad.

Mi correo es ricardocaballerodelarosa@gmail.com

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